Víctor Roque González
He aquí uno de esos curiosos casos en los que un producto que podía haber salido muy mal termina saliendo muy pero que muy bien. La maldición de Widow’s Bay cuenta con nada menos que 9 guionistas, una combinación a menudo peligrosa; entre ellos la creadora de la serie, Katie Dippold (Parks and Recreation [2009]), quien realmente no ha tenido —hasta ahora— ningún éxito prominente en su carrera en solitario: la versión femenina de Cazafantasmas (2016) o la última Mansión Encantada (2023) no fueron precisamente trabajos muy celebrados.
Sumado a ello, el resto de guionistas tampoco arrastra grandes proyectos a sus espaldas, aunque quizá podamos rescatar tres: Colton Dunn, uno de los escritores detrás de Key & Peele (2012), la serie de sketches que nos descubrió a Jordan Peele (Déjame salir [2017], Nosotros [2019], Nop [2022]), y de The Eric Andre Show (2012), parodia de los late night shows estadounidenses en clave de comedia absurda; Kelly Galuska, detrás de BoJack Horseman (2014), Big Mouth (2017) o The Bear (2022): de nuevo, mucha comedia, aquí de la mano del drama; ¡y…! —¡y-y-y!— Bobak Esfarjani, quien a todos oídos resultará desconocido, pero que ha participado en los guiones de la tristemente cancelada Archivo 81 (2022) y de la curiosa Alien: Planeta Tierra (2025), es decir, terror sobre todo.
Por otra parte, salvo excepciones (pienso en Mike Flanagan y su “Hill House” [2018], su “Bly Manor” [2020] o su estupenda Misa de medianoche [2021]), cuán difícil es construir y llevar a buen puerto una serie de terror…
Pero, entonces, ¿es La maldición de Widow’s Bay (2026) una serie de terror? Quizá esté aquí la clave de todo.

Apple TV, que puede coronarse como la mejor plataforma en cuanto a relación calidad-contenido-variedad (Servant [2019], Separación [2022], Silo [2023], The Studio [2025]…), produce esta serie cuya primera temporada consta de 10 capítulos. Su duración oscila entre los 35 y 40 minutos, siendo esta la primera de muchas buenas decisiones, porque si algo es Widow’s Bay es ligera. Sí, se ve como un tiro. No os dejéis engañar por su episodio piloto, tal vez el más flojo de todos, aunque buen indicador de su mejor baza: un impresionante malabarismo entre terror y comedia.
¿Y de qué trata? Su título hace referencia a la isla homónima en la que transcurrirá toda la acción, donde su alcalde, Tom Loftis (un maravilloso y desternillante Matthew Rhys, al que un servidor desconocía), intenta desesperadamente atraer turistas para revivir una localidad moribunda con un pasado dantesco. Sin embargo, su propósito no tardará en virar bruscamente hacia un objetivo mucho más vital, pues “la isla ha despertado”, y eso no puede significar nada bueno.

Me atrevería a decir que, incluso si nunca habéis consumido el género, os sentiréis a gusto visitando este pintoresco islote, dejado de la mano de Dios pero con personajes geniales por doquier (destacando Patricia y todo su arco), porque lo que consigue la serie de Katie Dippold es digno de alabanza; parece haber sido estudiada y moldeada siguiendo una máxima en todo momento: renunciar a cualquier rastro de pretenciosidad en el terror de su narración, limitándose a abrazar el género en todas sus variantes casi a modo de celebración lúdica.
Cada capítulo aborda un subgénero distinto con sus reglas características (casas encantadas, terror folclórico, slasher…), lo que dota a Widow’s Bay de una atmósfera envolvente y un dinamismo efervescente, más rico cuanto más mitos dispares se le ocurren, porque, no nos equivoquemos, su historia atrapa, y lo que es más importante: es divertidísima.
Ojalá todas las producciones —sin duda vivimos un momento de exceso en el catálogo de estrenos, mediocres en gran parte— estuviesen imbuidas con el mismo mimo, pero, sobre todo, con la misma inteligencia que esta, lo que se traduce en un divertimento mayúsculo para el espectador.
Pongamos un ejemplo sin spoilers para entender la mezcla de tono: en cierto capítulo, un personaje descubre una faceta dura y triste de un ser querido y lee cartas inquietantes frente a otro personaje que ya conocía la información, reprochándole su ocultación. Inicialmente es un momento serio. Pero la serie abandona la escena durante un cuarto de hora.
Cuando vuelve a ella, descubrimos a carcajada limpia que el personaje no ha dejado de leer cartas grotescas, mientras el otro permanece impasible, casi con sorna. El impacto no se pierde: se transforma.

Widow’s Bay convierte lo grave en hilarante sin traicionar la emoción. Ese es su verdadero logro: un control absoluto del tono. Algo así como contar un chiste que empieza siendo risa segura y acaba generando una ligera incomodidad… sin dejar de hacer gracia.
En definitiva, La maldición de Widow’s Bay podía haber terminado en tierra de nadie y, sin embargo, toca todas las notas correctas. Apple no ha escatimado en nombres como Ti West (La casa del diablo [2009], Pearl [2022]) o Hiro Murai (Atlanta [2016]), que dirige buena parte de la temporada.
Es muy satisfactorio encontrar una serie que parece sencilla pero que engaña constantemente al espectador. Si un capítulo funciona, el siguiente lo reutiliza contra ti. Y quizá ahí esté su inteligencia: en su aparente ligereza.
Y parece que será un verano muy caluroso…

