Juan Carlos Sales
¿Debería un festival generalista, centrado en dar voz a directores jóvenes, tener alguna línea temática homogénea? Si me centro ahora en los largometrajes, que es donde principalmente acudí durante este Cinema Jove 2026, y teniendo en cuenta únicamente el modo temático de las obras, la respuesta es que no tuvo tal línea, y eso, a decir verdad, está bien. Existen más festivales preferentemente categorizados por su naturaleza: cine asiático, cine fantástico, cine de terror, cine de animación… Este es de los otros, aquellos en donde todo cabe tras una criba de exigencia y una especial dedicación a quienes todavía proyectan sus primeras obras, llegando incluso a verse alguna ópera prima, como fueron los casos de la directora Julia Thelin (The Patron) o del director Rafael Manuel (Filipiñana).

Y si bien durante el Cinema Jove quedamos temáticamente huérfanos en este sentido, ofreciéndosenos un cine sin estandartes, aun así algo se podía percibir, algo se podía descubrir en la naturaleza íntima de las obras que permitiera segregarlas intencionalmente. Sin duda esto no fue debido al visionado solamente, sino al invaluable acompañamiento que los creadores y ejecutores de las obras ofrecían tras las proyecciones en los coloquios de días concretos.
Sí, pero ¿qué se percibía exactamente? El caso es que aquí hablamos de cine, y aun así: ¿de qué hablamos realmente cuando hablamos de crear arte a través de películas? ¿O de qué hablamos cuando el mismo reto del guion y la escenografía consiste en reflexionar acerca de ese monstruo llamado «creación»? El cine, ¿se constituye mejor como un intento de volver al lugar seguro desde donde se tiene una identidad, o es un paso decidido hacia la tiniebla?

Tirando de este hilo, en la sección oficial convivieron cintas despojadas de herrajes inamovibles, más bien entregadas a los movimientos espontáneos en búsqueda probable de algo incierto. Títulos como I Heard That They Are Not Going to See Each Other Anymore y When We See Each Other More Often apuntaban ya, junto al bautismo de su nomenclatura, a un compadreo de ideas estilísticas, así como a procesos narrativos voluntariamente desestructurados. El propio realizador de este díptico de la cotidianeidad dejaría claras sus intenciones al declarar que, con su largometraje, buscaba «hacer una película que deba menos a las estructuras de la narrativa convencional y más a los movimientos accidentados e incognoscibles de la vida misma».

Esta especie de renuncia a la rigidez se manifiesta, desde otra perspectiva, en The Patron (Mecenaten), la cinta que abrió el festival tras una gala que volvió por su cuenta a un lugar sí seguro y también manoseado: la cultura pop de los años ochenta. Con el filme de Thelin pareciera que solo es necesaria la intención, cumplir un pequeño trámite —una mentira, un malentendido, un posterior despliegue sobre un suelo falso— para llegar a sentir la vida, la creación y un enloquecimiento entremedias. Asistimos a la experiencia de una protagonista tomando prestada una vida y a los engañados descubriéndose impulsados por un juego de promesas y pronósticos delirantes. La mentira social es vista como el vínculo para alcanzar una verdad emocional, aunque el suelo bajo los pies de los personajes sea puro artificio en una casa jet set.
En el otro lado se alza la revelación que fue No Good Men. Insistía su directora, Shahrbanoo Sadat, en que si su intención original hubiera sido hacer una película feminista le habría salido otra cosa, y que descubrió que su trama hablaba de patriarcado mucho más tarde, durante la etapa final del guion. Con buen coraje ofreció en Valencia una frase explicativa donde «todo ese lapso» de filmación transcurrido hasta encontrar su clave «bien podía justificar la palabra arte».
Admiro esas palabras porque siempre he entendido la creación verdadera en ese sentido: como un sigiloso camino de perdición cuya etapa final es el desvelamiento de algo que no estaba en absoluto previsto y que nos puede llegar a aterrar.
Esta joven directora, sin contar con nada marcado de inicio ni basarse en una idea dictadora, había permitido una fluidez azarosa dentro de esos espacios de espontaneidad, como dejando que la cinta fuera configurándose de acuerdo con la profundidad alcanzada en su continua reflexión personal. La protagonista —también Shahrbanoo, desdoblada y repartida como meritoria actriz principal— parece estar de acuerdo en que el arte apremia a realizar justamente aquel movimiento de conquista ante lo incierto y lo errante.
¿Qué es crear y qué justifica, como consecuencia, su acción real en el mundo? ¿Constituye el arte el acto mismo de quedar expuesto a ello, a lo que deba llegar, al resultado necesariamente desconocido? La directora no puso su empeño en corroborar una teoría previa, sino que la dejó fluir por entre sus mimbres artísticos e ideológicos que, luego sí, se trazan con mayor representatividad en la cinta. El mensaje final —y esto es fundamental, en mi opinión— ha surgido desde la misma dinámica de creación más que desde las premisas de una conciencia ideológica rígida: hay un mensaje en el trasfondo, es cierto, pero este ha quedado enmarcado al servicio de lo que la inspiración iba desarrollando durante la escritura y el rodaje. Solo así se explica que la película sea capaz de regalar un hito histórico —el primer beso del cine afgano, dijeron— filmado en una inesperada comedia romántica que, a mi juicio, se pareció más a un drama talibán romántico.

En el lado opuesto tuvimos, por su parte, películas como Filipiñana (de Rafael Manuel) o Chronovisor (de Kevin Walker y Jack Auen) presentándose a sala con unos objetivos a cumplir. Sin esa tendencia hacia la desestructura, o más bien todo lo contrario, en estas otras películas no queda espacio libre para el accidente afortunado. Son obras de diseño teselado, especialmente obsesivas en el caso de Chronovisor, y con metas conceptuales mucho más estrictas. Películas que no buscan descubrirse a sí mismas sobre la marcha: ya fueron descritas, analizadas y reflexionadas hasta el máximo rigor permitido, restando únicamente su ejecución con la soberbia de una tesis formal preexistente. Nada de encanto dialéctico. Lo cual, claro está, tampoco es malo forzosamente.
Se cierran pronto las puertas de este Cinema Jove 2026, quizá sirviéndonos de virtud su orfandad temática. Lo acojo con agrado: que no nos fuercen a un tema celular, que nos presenten mejor las múltiples formas de domesticar —o rendirse ante— ese monstruo que es la creación. Puede ser un fraude calculado, si el deseo es poder sentir; un descubrimiento como un accidente bendito donde se asoma, sigiloso, un romance; o la fascinación por una máquina perfecta pero improbable, formal más que realista, pero hecha de cine al fin y al cabo.

