Nico Quinteros

Dentro del gran repertorio de películas de Woody Allen, Desmontando a Harry es probablemente la comedia más ácida del director neoyorquino y, al mismo tiempo, una de las menos reivindicadas por el público general.

Ya desde la introducción, los cortes abruptos en el montaje nos advierten sobre la caótica personalidad de los personajes, un recurso que inevitablemente recuerda a la genial Stardust Memories (1980). Allen rompe las reglas del raccord —la continuidad cinematográfica propia de la escuela clásica estadounidense—. Los jump cuts no son aquí un capricho moderno; representan la fragmentación mental de Harry Block. Harry está literalmente roto, y el celuloide se rompe con él.

Pero lo que realmente destaca de esta película es la forma en que utiliza el formato de historias episódicas. A diferencia de, por ejemplo, A Roma con amor, donde las distintas tramas son independientes y solo comparten el escenario de la ciudad, en Desmontando a Harry las minihistorias conforman el tejido de la mente del protagonista. El desorden estructural está dramáticamente justificado: funciona como una auténtica radiografía psicológica del personaje.

Estas ficciones se integran en la trama principal de manera brillante. En una escena, cuando Harry Block se encuentra amenazado a punta de pistola por una de sus exparejas, decide narrar sobre la marcha uno de sus relatos para calmar la situación: la historia de Harvey (interpretado por un joven Tobey Maguire), un chico dominado por una insaciable obsesión sexual que suplanta la identidad de otra persona para utilizar su apartamento y acostarse con una prostituta. En pleno encuentro, la Muerte llama a la puerta para reclamar su vida por error. Es, sin duda, mi historia favorita. Tampoco se queda atrás la de Mel (Robin Williams), un actor que, literalmente, está desenfocado en la vida real. Mítica.

Precisamente, lo que más me atrae de Woody Allen es esa capacidad para hacerte sentir parte de su universo, logrando que quieras atravesar la pantalla para compartir la vida con sus personajes. Aunque pertenezcan a una burguesía intelectual muy concreta, nunca resultan ajenos.

En definitiva, Desmontando a Harry es un retrato crudo de un creador atrapado en sus propias neurosis, donde la línea entre la realidad y la ficción se desdibuja por completo.