Por Jesús Cárdenas.

María Antonia Ricas Peces (Toledo, 1956) es una de las voces más personales y sólidas de la poesía española contemporánea. Poeta, ensayista y colaboradora con ABC, su trayectoria ha estado avalada por numerosos reconocimientos, entre ellos el Premio RABACHT de Literatura (2014), y por una obra que, desde El gato sobre el árbol (1988) hasta sus libros más recientes —Menhir (2024), Riostres (Premio Internacional Paralelo Cero, 2025), Signos de una antigua diosa (Premio Álvaro de Tarfe, 2025) y Pequeños y perfectos (IV Premio de Ecopoema Puente del Guadiana, 2026)— ha ido construyendo un universo de extraordinaria coherencia estética. Su poesía transita entre el verso y la prosa poética, y levanta una cosmovisión donde confluyen el arte, la memoria, la naturaleza, el símbolo y una constante indagación en lo sagrado femenino. En sus páginas, la pintura dialoga con la arqueología, la música con la historia, y los objetos cotidianos adquieren una dimensión ritual que convierte la contemplación en una forma de conocimiento.

 

 

Desde la publicación de De la rosa al ídolo, esa espléndida antología que permitía recorrer varias décadas de tu escritura, han visto la luz cuatro libros —Menhir, Riostres, Signos de una antigua diosa y Pequeños y perfectos— que, aun conservando una inconfundible unidad de voz, parecen intensificar algunos de los grandes ejes de tu poesía: la presencia de lo sagrado femenino, la naturaleza asumida como un organismo simbólico y la belleza del arte como lugar de revelación. Da la impresión de que ya no escribes únicamente sobre el mundo, sino que procuras interpretar los signos ocultos e inscritos en él con fósiles de épocas pasadas. ¿Te parece que estos tres libros son la manifestación de un nuevo ciclo en tu trayectoria, una etapa en la que la poesía ha dejado de buscar respuestas para dedicarse, sobre todo, a desentrañar los símbolos que la realidad va dejando a su paso?

Quizá sí sea un nuevo ciclo en mi escritura porque he abandonado algunos elementos que acompañaban a mi poesía (los niños, por ejemplo) y he ido incorporando otros que se unen a los ya constantes y que tú has mencionado muy bien (el arte, lo femenino, la naturaleza…). O quizá, simplemente, aquello que escribo va evolucionando según mis nuevas realidades (perdona la pedantería, pero es que me he acordado de las nubes azorinianas, siempre las mismas y siempre tan distintas…; pues igual con la realidad, igual con los cambios…).

En el poema que da título a Signos de una antigua diosa preguntas: «¿Has contemplado alguna vez / un bodegón de Carmen Laffón?». Después invitas al lector a penetrar literalmente en la pintura: «Déjate coger / por una mano. // Déjate morder por esa mano / que antes te acaricia». Esa invitación me parece extraordinaria porque ya no se trata de contemplar una obra de arte, sino de habitarla, de dejarse transformar por ella. Algo semejante sucede en Menhir, donde se presentan Turner, Homer, Kandinsky o Caspar David Friedrich. ¿Qué encuentras en la pintura que la poesía por sí sola no puede ofrecerte? ¿Es el arte una forma de resistencia frente al caos contemporáneo o constituye, más bien, una manera de recordar que todavía existe un orden secreto bajo el aparente desorden del mundo?

Es que a veces no sé mirar al mundo directamente; cuando digo mirar me refiero a contarlo. Necesito aproximarme a la mirada de artistas que me fascinan, sobre todo pintores; es como si ellos lo hubieran pintado (contado) por primera vez y, de algún modo, los entendiera. Hay una correspondencia: yo los miro, miro su obra, claro (a veces es mejor no conocer la biografía de muchos), y la obra me mira también. Y, francamente, no sé si el arte o la literatura señalan un orden secreto, no sé si poseen ese cometido mesiánico de «poner orden» … Creo que el arte, la literatura nacen de la necesidad de nombrar el mundo (… a lo mejor sí, para poder ordenarse y ordenar algo, algo…).

Leyendo tus últimos libros, uno tiene la impresión de que cada cuadro, cada escultura, cada objeto artístico funciona como una puerta hacia otra dimensión temporal. En Menhir escribes: «Separaciones / de un dios. Desvíos / en las pinturas de Caspar David Friedrich». No parece que el tiempo transcurra igual ante una obra de arte que en la vida cotidiana; más bien se suspende, adquiere otra densidad, otro ritmo. ¿Crees que el arte tiene la capacidad de alterar nuestra experiencia del tiempo y de hacernos sentir, aunque sea durante unos instantes, que la belleza constituye una forma de permanencia frente al desgaste inevitable de la existencia?

Tus preguntas son a la vez respuestas con las que estoy totalmente de acuerdo… ¡Qué suerte poder percibir ese cambio de ritmo en la cotidianeidad! ¡Qué suerte que la belleza no sea ni siquiera una verdad trascendente o universal, y sea, más que nada, el tesón por respirar de otro modo! ¡Que la belleza ni siquiera redima o haga esas otras cosas sublimes o teologales! ¡Viva la belleza! Me estoy acordando de los versos de Piedad Bonnett: «No hay cicatriz, por brutal que parezca, / que no encierre belleza».

En Riostres, especialmente en la sección «En la almoneda de Xem», aparecen objetos humildes cargados de una poderosa dimensión simbólica. Pienso en el poema «Lebrillo de Juana Tamayo. 1893», donde una sencilla pieza doméstica termina convirtiéndose en depositaria de la memoria de una mujer, de un linaje y de una manera de habitar el mundo. Lo cotidiano deja de ser un simple utensilio para convertirse en patrimonio espiritual. Me pregunto si esa atención hacia los objetos también responde a una forma de resistencia contra el olvido. ¿Escribes para rescatar aquello que la historia oficial suele considerar insignificante, convencida de que precisamente en esas pequeñas vidas y en esos enseres humildes permanece la verdadera memoria de una comunidad?

Es uno de mis poemas favoritos del libro; además, ¡el objeto existe de verdad!, en la almoneda de mi amigo. Mi actitud ante la insignificancia de las cosas es la misma que cuando contemplo una pintura y me hace guiños. Todo, todo habla, de verdad, pero hay que estar en silencio para escucharlo y, claro, también hay que aprender a ello. Referirse a esos enseres humildes no es nuevo, ni mucho menos: por un lado, la escucha (que también podría llamar mirada) oriental hacia las cosas que nos rodean y, por otro, esa visión machadiana que siempre nos acompaña. ¿Sabes? No me canso de repetir que se puede escribir poesía sobre cualquier cosa; la diferencia está en el modo de contarlo; es decir, en el lenguaje…

Hay algo muy llamativo en tu poesía: el tiempo nunca aparece únicamente como una fuerza destructora. Incluso cuando comparecen la pérdida, la desaparición o la ruina, el poema encuentra siempre una posibilidad de continuidad. En los versos del «Lebrillo de Juana Tamayo» el horno canta, la masa crece, las semillas esperan. La historia personal parece integrarse en un ciclo mucho más amplio de permanencias y renacimientos. ¿Dirías que tu relación con el tiempo está más cerca de la resistencia frente al olvido o de la aceptación de que todo cuanto desaparece termina encontrando otra forma de permanecer? 

Pues es que tú mismo lo has dicho… Recuerdo que, hace años, le pedía a algún amante que otro: «No me olvides…». Ahora soy menos arrogante; ahora lo que pretendo es no olvidar yo. Hay cierta magia, o cierto pensamiento mágico, en el hecho de pretender que la memoria resista en el poema… Decir «pensamiento mágico» parece que es infantilizar, puerilizar, la poesía frente al pensamiento científico… Pero ¿quién no se rodea de la promesa de la magia para hacer soportable tanta fragilidad… o tanto dolor? Me refiero a los rituales, a la fiesta, a los momentos que intuyen algo inminente…

Uno de los aspectos más singulares de tu escritura es la constante presencia de figuras femeninas que parecen desbordar el marco biográfico para convertirse en auténticos arquetipos. La mujer aparece asociada al origen, a la fertilidad, al conocimiento, a la tierra y a la creación. Sin embargo, nunca da la impresión de que esa simbología sea un programa ideológico previo; nace de una intuición profundamente poética. ¿Cómo ha ido construyéndose en tu obra esa presencia de lo sagrado femenino? ¿Sientes que la poesía posee una capacidad especial para recuperar voces y símbolos que durante siglos permanecieron silenciados?

Es que das en el clavo, chico… Ni mucho menos lo mujer tiene un afán ideológico en lo que escribo, pero permanentemente, sin cesar, está presente; primero, por lo obvio: mi condición (que no suene rarito el apelativo); y, segundo, porque considero que, por tal condición, lo sagrado femenino es una herencia que me responsabiliza. Me encanta, es que me encanta nombrar tanto a la Diosa como a mujeres con nombres propios, ya sean familiares, anónimas salvo para mí o conocidas, maestras. Federico de Arce, al que admiro y que, como tú, por lo que veo, tiene buen ojo para desenmascarar mi poesía, dice que yo no soy feminista y que me da igual no serlo, y que, curiosamente, no hay elemento mujer que no deje de aparecer: desde Alicia y su asombro, pasando por el mito o Giovanna Garzoni, hasta llegar a mi madre y su manera de coger dos guijarros del arroyo entre sus dedos, a modo de castañuelas, para hacer que canten…

En uno de los poemas en prosa de Menhir escribes sobre las futuras misiones Artemis de la NASA y concluyes con una imagen inesperada: «Seguro que en su cara oculta se esconde una canción. Seguro que aún viven allí las liebres mágicas». Me fascina ese modo de hacer convivir la exploración científica con el imaginario mítico. Parece como si el conocimiento racional nunca lograse agotar el misterio del universo. ¿Crees que la poesía sigue siendo hoy uno de los pocos lenguajes capaces de proteger aquello que la ciencia explica, pero no necesariamente alcanza a comprender?

Es que creo que pueden convivir sin mal rollo el razonamiento científico, la experiencia científica y ese pensamiento mágico que te decía antes y que necesariamente ha de habitar el lenguaje poético. Y no es que sea una pose estética; es que creo que podría ser así… Opino que no todo puede razonarse o, al menos, no sabemos cómo hacerlo aún; que hay sincronicidades, azares que no lo son… Cuando escribí La luna se aleja (y es cierto que se está alejando de nosotros), estaba terminando de leer La luna, de Jules Cashford (Atalanta, 2018)… ¡Madre mía, madre mía, ¡cuánta sabiduría! Es un libro maravilloso, denso, inagotable (hay que descansar de su lectura y luego volver a él) que, al contar sobre la Luna y su influencia en la humanidad, está contando, sobre todo, cómo somos y por qué somos lo que hemos sido… El mito, lo antropológico, lo social, el tabú… Uff, un libro increíble…

Tu escritura oscila entre el verso y la prosa poética sin que el lector perciba una verdadera frontera entre ambos registros. En tus libros recientes esa alternancia parece responder a una necesidad interna del propio poema. ¿Cómo decides que una imagen o una experiencia necesita el cauce del verso y cuándo, por el contrario, reclama la respiración más abierta de la prosa poética? ¿Son dos maneras distintas de pensar el mundo o dos modulaciones de una misma voz?

Ays, no sé muy bien por qué elijo el verso o la prosa poética; yo creo que el poema, tal y como fluye, pide una cosa u otra, pero no podría decirlo con exactitud… Aunque sí que es cierto que no cambio de posición, que no es más que una elección (semiconsciente) para contar… Vamos a ver, si todo se pudiera explicar sobre la poesía, ¿para qué escribirla, si ya se está explicando?

De vuelta al topos de la naturaleza ocupa un lugar central en toda tu obra. Los árboles, las piedras, el agua, los jardines o las aves parecen participar de un lenguaje anterior al ser humano, de una gramática silenciosa que el poema intenta descifrar. En ese sentido, tu poesía recuerda algunas tradiciones antiguas para las que la naturaleza constituía un inmenso libro simbólico. ¿Crees que hemos perdido la capacidad de leer ese lenguaje y que la poesía puede ayudarnos a recuperar una relación más atenta y más humilde con el mundo natural?

Sí, hemos perdido esa capacidad (diría yo, cualidad) … Y, simplemente, sin simbolismo, hemos perdido la comprensión de las nubes, de dónde viene el viento, por qué los cientos de vencejos que rasan mi cabeza todas las mañanas desaparecen, de pronto, un día de julio… Claro está, los zoólogos, naturalistas, meteorólogos dan cuenta con sus respuestas, es evidente, pero creo que convivir y conocer el idioma de lo natural se ha desvanecido… o casi. Ojalá sea cierto que la poesía pueda recuperar ese diálogo.

Resulta difícil leer Menhir sin pensar en la piedra como uno de los grandes símbolos de la memoria. El menhir permanece inmóvil mientras las generaciones desaparecen; observa el paso de los siglos sin dejar de ser él mismo. Frente a una cultura marcada por la velocidad, por la fugacidad y por el consumo inmediato de las imágenes, tu poesía parece reivindicar la lentitud, la permanencia y el arraigo. ¿Es el menhir una metáfora del propio poema, de esa palabra que aspira a permanecer en pie cuando todo lo demás ya ha desaparecido?

Bueno, lo titulé Menhir porque me veía, me veo, como un menhir: piedra ya antigua resistiendo, en pie, aunque dolida y doliéndome por las ausencias, resistiendo y resistiendo (y sí, lo que escribo, resistiendo también). Hay un menhir en el patio del Museo de Santa Cruz (que da pie a la segunda parte del libro, “Museo”) con relieves apenas visibles, de granito, que, de alguna manera, me iluminó: ahí, casi inquebrantable, viendo pasar a los turistas y los días, aguardando a que alguien se detenga para contarle su circunstancia y, a la vez, indiferente… No es tanto cuestión de permanecer sino de resistir…

Quienes conocemos tu trayectoria advertimos que cada libro dialoga con los anteriores. Hay símbolos que regresan —el jardín, la piedra, el agua, la pintura, el cuerpo femenino, la naturaleza— desde una nueva perspectiva. Más que una sucesión de títulos independientes, tu obra parece construirse como un único gran libro que va creciendo con el tiempo. ¿Escribes con esa conciencia de continuidad, de que cada nuevo poemario prolonga una conversación iniciada hace décadas, o prefieres afrontar cada libro como una búsqueda completamente distinta de la anterior?

Pues mira, cierto, y además me gusta que sea así… Últimamente hasta suelo hacer guiños, referencias a pasajes de libros anteriores… Siempre recuerdo (repito siempre que puedo porque me definen bastante) los versos de Linda Pastan (como ves, no puedo evitar mencionar gustos lectores). Escribo mucho por si acaso llega el momento de tocar «los árboles que / siempre he tocado, / pero esta vez no ocurre nada».

En tus poemas la belleza nunca aparece desligada del conocimiento. Contemplar un cuadro, una piedra milenaria o un humilde objeto doméstico implica siempre aprender algo sobre nosotros mismos. Esa concepción recuerda la antigua idea de que la belleza es, ante todo, una forma de verdad. En un momento histórico en el que la belleza parece haberse vuelto incluso prescindible, ¿crees que la poesía sigue teniendo la responsabilidad de recordarnos que la contemplación también constituye una forma de pensamiento?

No sé si la poesía tiene alguna responsabilidad, o sirve para algo, o consuela, o tal y tal… Y, como decía antes, creo que la belleza se ha despojado de esa carga monstruosa que es la verdad; menos mal. Que se ha vuelto subjetiva, casi fugaz y, la mayoría de las veces, intransferible… Solo sé, y no siempre, lo que me concierne: que la poesía es una necesidad, mi necesidad; que se puede escribir sobre cualquier cosa y que esto, a la larga, es secundario para definir la poesía como tal; que es lenguaje y el juego con él y, quizá sí, una tenaz actitud contemplativa, un modo de construir el pensamiento… mágico (jajajaja, a pesar de Joan Didion) … Aunque mira, lo que sí he aprendido al cabo de los años es a diferenciar, como lectora, lo que es poesía de lo que no lo es.

«Y aunque sólo son bichos, ella, a solas, cercana a lo salvaje, se cubre la cabeza con el manto, igual que en la pintura de Singer Sargent, quema en el platillo una porción de ámbar gris para que las palabras mágicas le sean propicias y, después, sosegada, comienza a escribir». En este fragmento de la última página de Pequeños y perfectos, el universo de los insectos termina convirtiéndose en una poética de lo mínimo, donde memoria, arte y misterio confluyen en un mismo espacio simbólico. ¿Qué hallaste en ese mundo diminuto para indagar en la condición humana y en el propio acto de escribir poesía?

Una manera de exorcizar el miedo (y el asco) que me dan los bichos…Bueno, todo el libro es un divertimento y también un modo de ejercitar la ironía (un ejercicio para afilar-afinar la mente) y sí, afirmar que lo mínimo ocupa un lugar.

Para concluir, la lectura de estos cuatro últimos libros me ha dejado la impresión de que tus poemas pretenden despertar una disposición en el lector; invitan a mirar de otra manera, a escuchar los silencios de las cosas. Quizá esa sea una de las funciones más altas de la poesía. Me gustaría terminar preguntándote si, después de tantos años de escritura, sigues creyendo que el poema puede modificar nuestra manera de estar en el mundo. ¿Es esa, en el fondo, la esperanza secreta que sigue impulsando tu trabajo como poeta?

Ojalá la poesía pudiera transformar el mundo, otorgarle otros matices, que le hacen falta, que está pidiendo el meteorito a gritos; pero me conformo con seguir sintiendo el impulso por escribir: me confirma que estoy viva de verdad… Y si me leen, pues maravilla de maravillas… ¿Es esto la esperanza? Por favor, que no deje de ser activa, que diría John Berger…

 

Selección de poemas

 

Aunque hincada en tierra, de firme
mudez oyente, soportando
la carne el agua, grietas, fila-
mentos de tiempo con sus uñas
raspantes, mi granito se iza
en su peso, lenguas me aúpan,
expresiones intransferibles
que repites: son jeroglíficos,
pero se deletrean como
códigos mágicos… Tú déjate
llevar por tal hechicería.
(Mírame igual que a una escultura
incesante de Giacometti).
Y aunque me vaya endureciendo
mientras me erosiono, prefiero
que me recorran las palabras,
serpientes subiendo a las ramas
más altas. Y aunque me recubra
el liquen comedor de gozo,
alfileres en huequecillos
habitados, soy vertical,
lunar, resisto, observo, soy
un aflechado verbo: acoge
la seducción de los sentidos.  

(De Menhir, Editorial Celya, 2024)

 

Kintsugi en Gaza

Estábamos hechos de loza
finísima; si nos poníamos
al trasluz un leve perfil
aparecía en nuestras pieles,
era la preciosa señal
de la fragilidad, el arduo
vivir.

Hasta que nos tiraron
al suelo, hasta que, derramados,
conocimos el peligroso
modo de los escarabajos.

Nos hicimos añicos,
brazos, quebradas piernas, bultos
de dolor.

Pero más tarde, casi mágica-
mente, fuimos recomponiendo
nuestras ruinas de cuerpos: hilos
de resina dorada
restañaban los trozos;
abrazábamos
cada una de nuestras partes,
las revivíamos, besábamos
sus áureos bordes
y volvíamos a contener
el líquido de sed,
la carne hambrienta.

Algunos no pudieron:
demasiadas astillas, pechos
desmenuzados, maxilares
sin dientes.

Y bebimos por ellos
antes de volver a morir
bajo las bombas.           

(De Signos de una antigua diosa. Ápeiron Ediciones, 2025)

 

Lebrillo de Juana Tamayo. 1893

Del ajuar.
Se enorgullece, aporta buenos
enseres a la casa.
En el lebrillo, blanca, dulce
sustancia almendrada, manteca
con miel, azúcar no, escasea.
Amasa joven, se emociona.
(Crecerá su barriga. La aman
como se ama lo necesario,
sin zalamero roce, escasos
de azúcar los abrazos, rápido
el sexo, engorda, vientre mío,
sexo de jabalí, de macho
aliviándose).


Amasa joven. De la nada
surge la masa fina, ven,
canción de la esperanza,
pide. No es Piel de asno, no deja
caer su anillo en la textura,
la adelgaza, la esponja, pizcas
de sueños claros le han manchado
la cara.
Luego da forma a la avidez:
estrellas gruesas, mediaslunas
tiernas, esferas chatas.
                                     Canta
el horno, lo único que canta
en el amanecer. Quizá
corre diciembre con semillas
y la canción del fuego corre
con la esperanza que ella ansía.


En el lebrillo del ajuar,
mantecados, auspicios.
Engorda, vientre mío,
nata con miel. Regalaré
la más mullida golosina.  

(De Riostres. El Ángel Editor, 2025)