Concha Badía Fraga (Málaga, 1971) cursó la licenciatura de Filología Hispánica en la Universidad de Granada, donde también se doctoró con la tesis titulada “Estudio teórico sobre la poesía de Luis García Montero”, realizó el Máster de Enseñanza del Español como Lengua Extranjera y actualmente cursa el Máster Gemma- Erasmus Mundus en estudios de género.
Es profesora de español como lengua extranjera en programas norteamericanos en Granada y Madrid, donde también imparte la asignatura Lorca y la tradición literaria andaluza. Ha publicado trabajos de crítica literaria y reseñas literarias en diversas revistas como Clarín, Cuadernos Hispanoamericanos y Letra Clara, así como artículos, entrevistas y conferencias sobre literatura del siglo XX. Es autora del libro Siervos con sangre diferente: Relectura de la modernidad a través de la obra de Luis García Montero, de una edición de la obra de relatos Por la primavera blanca, de Aurora de Albornoz y del prólogo a la antología de Juan Carlos Friebe titulada Escrito en lo que dura una canción de amor.
Algunos de sus poemas, relatos y microrrelatos han sido galardonados y otros han sido publicados en revistas como Letra clara, Farsalia o Atentado Celeste y en antologías de relato breve. Desde 2019 colabora con la revista digital bikiniburka.org. Su libro Barro fue galardonado con el Primer Premio en la XLIII edición del Certamen de Poesía Manuel Garrido Chamorro organizado por el Excmo. Ayuntamiento de Martos (Jaén) en 2022 y ahora ve la luz en la colección “Sacratiff” de la Ed. Puerta Granada.
Javier Gilabert: Concha, sé bienvenida a esta sección de Culturamas. Es una verdadera alegría conversar contigo. Inauguras la colección «Sacratif» de la editorial Puerta Granada con Barro, un libro breve pero de una fuerza telúrica incontestable. ¿Qué significa para ti ser la encargada de abrir camino a este nuevo proyecto editorial granadino?
Muchas gracias por esta oportunidad que me brindas, es un placer.
Haber publicado Barro en Puerta Granada ha sido algo inesperado y un verdadero honor. Ciertamente, era un libro muy especial por varias razones: su brevedad, la concisión de su lenguaje y el estilo con el que se trataba un tema muy ligado tanto a la tradición como a la cultura judeocristiana como lo es la biografía de un alfarero y la relación entre padre e hijo. Todo esto hacía que fuera arriesgado para cualquier editor acometer su publicación, dado que aparece un poco al margen de los temas y formas de la poesía más actual. Cuando supe de la intención de Gerardo Martín no sólo de publicarlo, sino también de hacer de él el primer número de Sacratif no pude por menos que sentirme muy agradecida, dado que, en sus palabras, era el libro perfecto para inaugurar esta colección que había estado proyectando durante mucho tiempo sin acabar de encontrar la obra que le sirviera de punto de partida.
El verso necesita de una atención en ocasiones exclusiva
Posees una amplísima trayectoria en la crítica literaria, el ensayo y la docencia. Sin embargo, Barro llega en 2026 como tu primer poemario individual. ¿Por qué has decidido resguardar tu voz poética durante tanto tiempo?
En realidad, Barro no es el primer poemario que he escrito como tal, sino el tercero, además de otros muchos poemas sueltos que en alguna ocasión han aparecido en diversos medios. Por lo general, me he sentido mucho más segura en el ensayo por razones obvias, dado que mis primeras publicaciones fueron fruto de la investigación y mi labor docente me facilita bastante las cosas. La poesía fue ocupando cada vez más el estatus de un cuartel de invierno y durante décadas la escribí con una periodicidad bastante caprichosa, según el momento vital en el que me hallara y el tiempo libre del que dispusiera. Asimismo, considero que el verso necesita de una atención en ocasiones exclusiva y de unos tiempos de espera y revisión que la prosa no me exige tanto; por esta razón tardé bastante en dar el paso de centrarme y tomar la decisión de publicar poesía.
El libro obtuvo en 2022 el Primer Premio del Certamen de Poesía Manuel Garrido Chamorro en Martos (Jaén). Desde aquel galardón hasta su publicación actual en Puerta Granada, ¿existió alguna edición en formato plaquette o publicación local, o es esta la primera vez que los lectores pueden acceder de forma íntegra a tu obra en formato físico?
Sí, el premio incluía la publicación de la obra en el número 50 de la revista Aldaba del Ayuntamiento de Martos con motivo de la semana cultural de la localidad. Acompañó al poemario un dibujo del alfarero Juan Pablo, Tito, realizado ex profeso para la revista que aparece también en esta edición de Puerta Granada.
En poesía, como la música, el sentido se suele encontrar escondido en los silencios
En uno de los poemas del libro nos sitúas en el espacio del taller de alfarería: «Mi madre ríe, / Padre para el torno para escucharla. / … una luz intuye la callada renuncia / de un rey destronado». ¿Quién es ese rey destronado? ¿Simboliza el padre que interrumpe su labor o el propio niño que empieza a descifrar las renuncias silenciosas de los adultos?
Evidentemente, en el contexto del poema el rey destronado alude al padre, cuyo triunfo sobre el tiempo al asegurar la continuidad de su estirpe con el nacimiento de su hijo implica que este habrá de destronarlo un día al hacerse cargo del alfar. Por su parte, a lo largo del poemario, el niño —y más tarde adulto— parece observar la realidad con una perspectiva sorprendida y limpia, ajena a lo acostumbrado: tal es lo que ocurre en uno de los primeros poemas, cuando afirma: «Qué fórmula extraña mezcló a Padre y madre,/ me pregunto,/ que, siendo tan distintos/ a mí me hicieron solo uno»; o en el que el niño aprende a escribir y observa las líneas de la cartilla como los barrotes que mantienen prisioneras a las palabras. Así, en estos versos sobre los que me preguntas, quizá siento que el niño simplemente expresa lo que observa a su alrededor y deja que los lectores imaginemos el resto muy libremente. En poesía, como la música, el sentido se suele encontrar escondido en los silencios y nunca se revela de la misma manera para todxs. 
La mitología ha sido excluida de los planes de estudio con mucha ligereza
También acudes a la mitología clásica: «No tuve alas de cera. / Padre me ató a una columna de angustia / y me hizo guardar el fuego»», para terminar comparando la soledad de un niño insomne con el suplicio de Prometeo. ¿De qué forma dialogan en tus versos la dureza física del oficio artesano y la dimensión mítica que le otorgas?
Bueno, para esto hay que hablar primero de la persona que inspiró Barro: Juan Pablo, Tito, que regenta el alfar familiar en Úbeda. Tuve ocasión de conocerlo en una visita improvisada en la que me explicó el proceso de creación, el barro que prefiere para el modelado, los colores que utiliza para ilustrar las piezas y el momento crucial, que es el de la cocción. En relación con esto último, contó que comenzó a aprender el oficio de niño y que su padre, para instruirlo en el uso del horno, lo obligaba a pasar la noche con él en el patio y a permanecer en vela para cuidar los tiempos y controlar la temperatura. La narración de esta historia y la confesión del miedo que la oscuridad y el silencio de la noche le provocaban inspiraron el poema.
La mitología ha sido excluida de los planes de estudio con mucha ligereza sin tener en cuenta que es un mapa fidedigno de los talantes y pulsiones de la condición humana. No creo que sea muy atrevido decir que hay una representación mitológica para todas y cada una de las pasiones y episodios vitales a los que nos vamos a enfrentar a lo largo de la vida y que en este sentido la mitología puede ayudarnos a entender la dimensión de las elecciones que tomamos y de todo lo que hacemos. La elección de la figura de Prometeo no fue casual, ya que está estrechamente relacionada con el castigo que viene aparejado al conocimiento, tradicionalmente representado por el símbolo de la luz: en un alarde de justicia y protección hacia la humanidad, Prometeo robó el fuego y lo entregó a los hombres, que así comenzaron a desarrollar la civilización; sin embargo, este gesto le valió la ira de los dioses, que lo condenaron a ser atado a una roca donde cada noche un águila habría de devorarle el hígado, que se regeneraba por la mañana, y así durante toda la eternidad. En este poema, la identificación del niño con Prometeo está clara por cuanto el aprendizaje del oficio trae consigo no solo un sacrificio demasiado doloroso para su corta edad, sino la predestinación de ser el continuador de la tradición familiar y de un porvenir ligado a los muros del alfar y las vueltas infinitas del torno bajo las manos.
La consciencia es una decisión personal que la vida nos invita a tomar con la madurez
En el libro, la voz poética pasa de ser moldeada por los padres a moldear a sus propios hijos: «Con mi barro y su agua… lo hicimos a él… y a ella…», descubriendo el terror solo al asomarse a sus ojos. ¿Es la maternidad el espejo definitivo donde comprendemos, por fin, los miedos y silencios de quienes nos precedieron?
Realmente no creo que haya que pasar por la experiencia de la maternidad para tener la capacidad de mirar atrás y releer la historia de nuestros padres desde una perspectiva distanciada, más comprensiva y empática que la que tenemos desde nuestra condición de hijas o hijos. La consciencia es una decisión personal que la vida nos invita a tomar con la madurez y hay quien la asume y quien la deja de lado, como otras muchas cuestiones. No tengo descendencia, pero sí he visto un temor primigenio y confuso dibujado en la mirada de familiares y amigos que han tenido en sus brazos a su hijx por primera vez. La intuición desgarradora de hallarse frente a un espacio tan desconocido y abismal como es el de la paternidad es algo que cada vez más hombres reconocen haber sentido y que, al igual que ocurre con otros aspectos propios de la vida, abren un espacio de diálogo con nuestros antecesores y con nuestra parte más instintiva y animal.
Había considerado la poesía como un hecho sagrado e incontestable
Tu tesis doctoral y tu posterior ensayo Siervos con sangre diferente abordan minuciosamente la poesía de Luis García Montero. ¿En qué medida ha influido su concepción de la Poesía de la Experiencia, de lo cotidiano y de la utilidad del poema en la construcción de tu propio universo lírico?
Durante los años de escritura de la tesis realmente no hice otra cosa que leer a poetas españoles de la segunda mitad del siglo XX y los poemarios de Luis García Montero fueron el paisaje cotidiano de mi mirada. Como cualquier otra persona de mi generación, había considerado la poesía como un hecho sagrado e incontestable y el movimiento de La otra sentimentalidad vino a romper con esa idea romantizada del verso y del poeta. Asumir la práctica de la escritura como un producto ligado a las condiciones sociales, ideológicas e históricas en las que se produce dio un vuelco a mi manera de entender la literatura. Ese “diálogo de un hombre con su tiempo” que defendía Antonio Machado para el verso y que Egea, Salvador y García Montero alzaron como santo y seña de su quehacer creativo fue revolucionario porque nos permitió a muchxs poder relacionarnos con la práctica poética desde un lugar más cotidiano y personal en el que los aspectos e inquietudes de la vida diaria transcendían lo íntimo para señalar su naturaleza colectiva.
Inevitablemente, mi escritura está atravesada por todo esto, aunque en ella confluyen las voces de otros movimientos y autores muy dispares y también alejados de los presupuestos de la Poesía de la experiencia. Una figura clave, especialmente en lo que a la escritura se refiere, es la de Federico García Lorca: el concepto del duende, por su materialidad corporal y su apelación al instinto, está definitivamente ligado tanto a mi labor investigadora como a la poética. Por otro lado, es de justicia citar a Nieves Chillón, dado que la lectura de La casa de la piedra iluminó el camino para la creación de Barro sin lugar a dudas. La fuerza de su voz poética y la originalidad de sus libros se han convertido en un lugar de referencia necesario para mi escritura.
Lorca no es un autor fácil, pero sí asequible
En tu labor docente enseñas a estudiantes norteamericanos en Granada y Madrid materias tan delicadas como la figura de Lorca y la tradición literaria andaluza. ¿De qué manera logras transmitir la hondura trágica, la tierra y el «duende» de nuestra poesía a jóvenes que provienen de horizontes culturales tan diferentes?
Lorca no es un autor fácil, pero sí asequible, porque apela a la capacidad universal de transformar la realidad a través de la mirada: ya en el prólogo a su primera obra publicada, Impresiones y paisajes, afirma «La poesía existe en todas las cosas, en lo feo, en lo hermoso, en lo repugnante; lo difícil es saberla descubrir, despertar los lagos profundos del alma». En su propuesta de corte romántico, ya solo con 20 años, Lorca invita a «interpretar siempre escanciando nuestra alma sobre las cosas», y este es el punto de partida de todo, una puerta entreabierta a la interpretación del mundo desde una perspectiva diferente.
Existe todavía un temor popular hacia la poesía como algo difícil e imposible de entender y una imagen demasiado bohemia y estereotipada de los poetas; si añadimos, como es el caso, un total desconocimiento de la figura lorquiana y las barreras propias de una lengua y cultura extranjeras, la dificultad está servida. Sin embargo, mi labor docente consiste crear un espacio de diálogo abierto entre lxs estudiantes y Lorca, porque si algo queda claro en su obra es que habla de cuestiones que atañen a todo ser humano, muy especialmente en lo que a la libertad y el instinto se refieren. A lo largo de las clases, es muy bello comprobar cómo poco a poco lxs estudiantxs se van familiarizando con el verso y hacen suyas las nociones de “duende” y “tierra”, e incluso comienzan a utilizar los mismos símbolos que usaba Lorca para las tareas creativas que les pido hacer. Al final de curso muchxs confiesan que entraron en la asignatura con reticencias y que sin embargo están determinados a continuar leyendo poesía debido a que encontraron en el verso un modo diferente de pensar la realidad y de expresarse a sí mismxs.
Enseñar es, sin duda, un camino de ida y vuelta
Enseñar español como lengua extranjera obliga a desmontar el idioma, a observar sus engranajes más pequeños y cotidianos. ¿Crees que este ejercicio constante de análisis de te ayuda a la hora de buscar la palabra exacta, limpia y directa que define a tu poemario?
Sin duda es así, y de una manera muy placentera. Enseñar la lengua propia implica realizar un ejercicio crítico y casi detectivesco de disección de las estructuras gramaticales y hasta de la cultura de origen. Es fascinante explicar determinados contenidos y ver cómo en la mente de los estudiantes se realiza un proceso de reflexión metalingüística que reestructura todo su sistema de pensamiento, pero la parte más desafiante es cuando plantean dudas gramaticales o preguntan cómo se dice determinada palabra en español para la cual no tenemos una traducción literal. Enseñar es, sin duda, un camino de ida y vuelta en el que lxs profesorxs también aprendemos, y eso hace que, inevitablemente, a la hora de escribir, nos pongamos a la caza de la estructura perfecta y la palabra precisa por pura deformación profesional. Muchas veces esto convierte el proceso de escritura en una verdadera lucha contra el lenguaje muy al estilo juanramoniano en la que lo complicado es poner el punto final.
Escribir es un ejercicio de libertad muy corporal
Colaboras con medios de crítica literaria como Clarín o Cuadernos Hispanoamericanos, y has prologado antologías de poetas como Juan Carlos Friebe. Al haber ejercido tanto tiempo como lectora profesional y analista, ¿cómo conseguiste desactivar ese «bisturí crítico» para dejar que el poema fluyera de manera intuitiva y libre durante la escritura de Barro?
Eso forma parte de la decisión personal de dejar de leer con perspectiva exclusivamente investigadora que tomé el mismo día que realicé la defensa de mi tesis; con ello abrí un espacio de libertades en las que todo podía tener cabida desde un punto de vista amable y receptivo, de verdadera curiosidad lectora. De alguna manera, con esta decisión también partí en dos mi escritura: de un lado quedó la práctica investigadora, supeditada a los dictados propios de la academia; y del otro, la creatividad, a la que concedí un espacio y una continuidad más relajada, menos sometida a la exigencia o las normas. Considero que escribir es un ejercicio de libertad muy corporal —y en esto estoy muy de acuerdo la noción de “escribir con el cuerpo” de Luisa Valenzuela y también con Lorca cuando dice «al duende hay que despertarlo en las habitaciones de la sangre»— porque la creación es ponerse frente al vacío y producir algo con sentido que transcienda lo meramente racional, hacer material lo que aún no existe ni siquiera en la imaginación; pero también, como decía Gloria Anzaldúa, creo firmemente en que «el acto de escribir es el acto de hacer el alma, alquimia», y esto solo se puede conseguir ocupando un espacio de libertad interior ganado a las demandas que nos rodean, muy especialmente —como la propia Anzaldúa señaló— a las mujeres. En definitiva, escribí Barro desde un lugar muy personal y protegido, ese cuartel del invierno al que aludía en la segunda pregunta, custodiado por la libertad crítica y el instinto creador.
Es fácil caer en clichés y perder de vista el cimiento sobre el que descansa la lucha feminista
Actualmente cursas el Máster Erasmus Mundus Gemma en estudios de género y colaboras en bikiniburka.org. En Barro hay una fuerte presencia de figuras femeninas marcadas por el silencio. ¿De qué modo se proyecta tu perspectiva feminista y de género en la construcción de las voces de este libro?
No hay que perder de vista que Barro es un libro biográfico en el que el protagonista, Juan Pablo, Tito cuenta su vida en primera persona. Como yo, él pertenece a la Generación X y nuestra infancia estuvo marcada por un patriarcado muy severo con un estricto reparto de roles en la estructura familiar que todavía hoy persiste con fuerza en determinados espacios y en las relaciones cotidianas entre personas de nuestra edad. Todo esto queda puesto de relieve en el respeto a los hechos reales que sostienen el poemario, en donde la agencia femenina aparece aludida en forma de una discreta astucia, la que Dolores Juliano señaló en las mujeres tradicionales, verdaderas pioneras del feminismo actual.
Por otra parte, considero que tener una perspectiva feminista no implica el deber de elegir por norma protagonistas femeninas o forzar la escritura para que encaje en la idea que se tiene de un compromiso activista; en este sentido, es fácil caer en clichés y perder de vista el cimiento sobre el que descansa la lucha feminista, que es una igualdad jurídica, política, económica y social entre hombres y mujeres. A lo largo de la historia, los escritores varones han tenido la total libertad de elegir a sus protagonistas independientemente de su género o extracción social o racial, y, sin embargo, a las mujeres se nos ha supeditado a escribir de “lo nuestro” o a confeccionar nuestras obras desde una “voz femenina”. En el caso de Barro, en el medio está el mensaje: no tuve ninguna duda a la hora de utilizar una primera persona masculina porque la obra así lo requería y mi condición de mujer no iba a ser en modo alguno un obstáculo.
Llegamos a la pregunta obligada de nuestra sección. Si tuvieras que elegir únicamente tres poemas de Barro para presentar tu voz literaria a un lector que te descubre por primera vez, ¿cuáles serían y por qué motivos?
Una decisión compleja. Después de mucho pensar, creo que me quedo en primer lugar con el ya aludido “En la escuela aprendo que las palabras…” porque narra el proceso de escribir y de manera velada insinúa cómo la educación nos estructura de la misma manera que las líneas de un cuaderno hacen con las grafías. En segundo lugar, “No tuve alas de cera…” que también ha sido citado previamente, por la intensidad del temor que evoca; y finalmente “De la misma arcilla…” porque el protagonista hace un delicado retrato de su madre con palabras que evocan la fuerza telúrica de su esencia.
Barro se presentó recientemente en la Feria del Libro de Granada. ¿Hay alguna otra presentación a la vista?
Sí, el 22 de julio se presentará en la Librería Mandolina de Madrid, en una conversación con Leonardo Alonso que será muy especial porque además estaré acompañada de Daniel Sancho a la guitarra, Pedro Morote al cajón flamenco y contará con la proyección de fotografías del Club de Foto L2Q2. El 16 de octubre realizaré otra en Martos con motivo del Festival Mosaico y se prevé que haya alguna otra más que todavía está pendiente de concretar.
Con este primer poemario ya en el mundo y tu incesante labor de investigación y docencia, ¿estás trabajando actualmente en algún nuevo proyecto creativo o ensayístico?
Continúo con una investigación sobre la menopausia desde una perspectiva feminista que inicié al calor del máster. También estoy concluyendo otro poemario bastante distinto de Barro en el que me embarqué hace poco más de un año y una novela que es más un proyecto personal que literario.
Para cerrar esta conversación, ¿de qué autor o autora te gustaría conocer su “Primera impresión”?
Sin duda alguna, la poeta Carla Friebe. Recientemente ha publicado una compilación de poemas titulada Escrito en lo que dura una canción de amor también en la editorial Puerta Granada. Esta obra marca el punto final de una etapa poética y vital que asimismo es un punto de partida hacia un espacio anhelado y sorpresivo. Nada en ella es casual ni fruto del azar: tanto la selección de los poemas y textos como su organización dibujan una cartografía clara de las coordenadas que han determinado la trayectoria creativa de Friebe y envuelven a quien se adentra en sus páginas con una melodía exquisita y familiar marcada por un sustancial amor a la expresión artística y a la amistad que hace de hilo conductor del libro.
***
Tres poemas de Barro
I
Ya mi boca de aire
pellizca un pezón oscuro.
Mi madre ríe,
Padre para el torno para escucharla.
Yo aún no entiendo lo que dicen,
pero en mi breve cuerpo
una luz intuye la callada renuncia
de un rey destronado.
II
No tuve alas de cera.
Padre me ató
a una columna de angustia
y me hizo guardar el fuego.
“Cuida del horno”, dijo
mientras él dormía a mi lado.
Ni el mismísimo Prometeo,
el de las entrañas consumidas,
podría imaginar cuánta oscura soledad
es capaz de empapar de dolor
las horas frías de un niño insomne.
III
Con mis propias manos
hice la paridera.
Con mi barro y su agua
-como mis padres me hicieran antes-
lo hicimos a él,
el que es fuerte de raíz,
y a ella,
la mujer que camina lentamente.
Durante el parto
gritó como nunca oí gritar a nadie;
la imaginé mirando al abismo cara a cara,
y comprendí su terror
solo cuando por fin
pude asomarme
a los ojos de mis hijos.

