Por Jesús Cárdenas.
Desde una sensibilidad que remite al existencialismo de Sartre, aunque también afectada por la profunda claridad contemplativa, el sujeto poético de José María Higuera entiende que vivir se dignifica haciéndose preguntas; permanecer en ellas y aceptar que la incertidumbre es una forma de conocimiento. Este talante ético recorre Desechos (Premio del XXVI Certamen de Poesía Rosalía de Castro, Averso), un libro que convierte aquello que la sociedad desecha —los objetos inservibles, las pérdidas, las grietas, los silencios o los márgenes— en el verdadero centro de gravedad de la experiencia.
Tallista ornamental en madera, Higuera traslada a la escritura una habilidad parecida a la de su oficio. Como quien rescata una veta escondida bajo la superficie de la madera, el poeta va trabajando el lenguaje por medio de una paciente labor de poda y ensamblaje. Tras Proyecto de interiorismo y Manzanas, este tercer libro da cuenta de una voz cada vez más depurada, reconocible por su sobriedad expresiva y por una mirada capaz de descubrir sentido allí donde parecían permanecer únicamente los restos.
Los dieciocho poemas que componen el volumen, al igual que la anterior entrega poética, Manzanas, se distribuyen en cinco apartados —«Materia orgánica», «Recogida de enseres», «Envases no retornables», «Textiles y ropa usada» y «Punto limpio»— cuya organización responde a mucho más que un guiño al reciclaje doméstico. La estructura aumenta una forma de ir avanzando en una suerte de itinerario simbólico: desde los desperdicios cotidianos hasta una reflexión no sólo sobre la fragilidad humana, sino también el camino que desemboca en una tentativa de restitución. Cada sección amplía la anterior y convierte la clasificación de los desechos en un mapa moral. Lo que empieza siendo inventario deviene en una ética del cuidado.
Las dos primeras partes conforman el núcleo germinal del libro. En ellas se deduce una poética de la precariedad donde los objetos hablan de quienes los habitaron. Higuera muestra una enorme capacidad para desplazar el centro simbólico desde el sujeto hacia las cosas, por lo que los objetos ya no son muestras de la experiencia sino que atesoran la experiencia.
Así sucede en «A veces las cosas», donde los objetos terminan interrogando la posibilidad misma de la convivencia: «No sabemos si tienen su envite / dos cepillos de dientes / distantes en un vaso». La imagen doméstica adquiere una inesperada profundidad. En el poema deja que sean los propios objetos quienes revelen la separación sentimental. La pregunta posterior —«si queda un hueco intacto en la basura / donde pasar la noche»— convierte el residuo en metáfora del desamparo contemporáneo.
Ese procedimiento recorre todo el libro. La realidad nunca aparece explicada, sino insinuada mediante desplazamientos simbólicos. En «Condición de incertidumbre», el verso «Quizás la única razón de la insistencia / sea el calor que da una mano» parece sencillo, pero desplaza el centro del poema hacia una afirmación de extraordinaria densidad: en un universo erosionado por la incertidumbre, el contacto humano constituye el último refugio posible. No hay sentimentalismo; hay una ética de la proximidad.
La segunda sección prolonga esa misma mirada. «Amortiguar el golpe» comienza con uno de los mejores arranques del libro: «Como un hombre constante en mi caída, / he bajado de nuevo la basura / separando por bolsas mis miserias». La imagen cotidiana se transforma inmediatamente en alegoría. Separar residuos equivale a intentar ordenar la propia biografía. La basura deja de pertenecer a la cocina para instalarse en la conciencia.
En «Trastos olvidados» la reflexión alcanza una intensidad casi elegíaca. El poema contempla el destino último de los seres humanos como fragmentos destinados a integrarse en otras vidas. La extraordinaria sucesión de imágenes —«desflorando almanaques», «el sabor azul del todavía», «la saliva de los muertos»— construye una atmósfera donde la metáfora no embellece la realidad, sino que la vuelve más compleja. El tiempo deja de ser una abstracción para adquirir espesor físico.
Especialmente significativo resulta «La mesa». A partir de anuncios de Wallapop o de viviendas en Fotocasa, Higuera construye una reflexión sobre la ausencia. El verso «Es cuestión de equilibrio» termina convirtiéndose en una formulación casi filosófica: aquello que falta termina siendo más visible que aquello que permanece. El vacío adquiere presencia material.
Las tres últimas secciones desplazan el foco hacia una dimensión de la conciencia social. Sin abandonar la intimidad, el poeta incorpora una mirada crítica sobre una sociedad consumista que ha normalizado el descarte de objetos y personas. Lo hace, sin embargo, evitando cualquier tentación panfletaria. Su poesía nunca denuncia desde la consigna; interroga desde la compasión.
«La hora del almuerzo» constituye un magnífico ejemplo. El gesto aparentemente banal de retirar los restos de comida se convierte en un encuentro silencioso con quien vive de aquello que otros abandonan. La escena apenas necesita desarrollo narrativo. Basta una mirada cruzada para que aparezca toda la desigualdad del mundo.
En «Aviones de papel» la imagen adquiere una violencia inesperada: «los suicidas devoran las aceras / tratando de imitar / lo roto de los pájaros». El vuelo infantil queda invertido en caída. La metáfora concentra buena parte del imaginario del libro: todo lo que cae conserva, paradójicamente, un resto de belleza.
Algo semejante ocurre en «Yogures», donde las decisiones mínimas modifican la existencia ajena sin necesidad de gestos heroicos. La ética del poema nace precisamente de esa discreción.
Formalmente, Desechos confirma la madurez expresiva de Higuera. El verso libre aparece muy controlado por el ritmo en sexta sílaba, con frecuentes encabalgamientos que ralentizan la lectura y obligan al lector a demorarse en cada imagen. La sintaxis rehúye el artificio, pero despliega una notable riqueza de desplazamientos semánticos. Predominan las construcciones declarativas, apenas alteradas por preguntas retóricas que introducen una dimensión meditativa. La repetición de campos léxicos —restos, grietas, bolsas, objetos, fragmentos, heridas— genera una poderosa isotopía que vertebra el conjunto y convierte el reciclaje material en símbolo de una posible reconstrucción interior. También destaca el empleo de imágenes objetuales como correlato emocional. Frente a una poesía apoyada en la efusión sentimental, Higuera prefiere dejar que las cosas piensen por nosotros. Esa contención expresiva intensifica el efecto emocional de los poemas. Cada objeto conserva una memoria latente, como si el mundo siguiera hablando incluso después de haber sido abandonado.
En «El luthier de espantapájaros» aparece quizá una de las formulaciones más hondas del libro: «Nadie tiene la culpa de lo efímero / ni de que aún no exista la palabra / que defina / la herida que te ofrezco». La imposibilidad de nombrar plenamente el dolor enlaza con una larga tradición de pensamiento que va de Rilke a María Zambrano. El lenguaje apenas consigue rodear la herida.
Esa dimensión alcanza su culminación en la sección final. «Un lugar para lo roto» propone una auténtica poética de la reparación. La grieta deja de ser un defecto para convertirse en lugar de revelación: «¿A cuál la bautizamos como herida / sin verla más hermosa?». La belleza nace precisamente de la fractura. De manera semejante, «Obsolescencia programada» traslada el concepto tecnológico al destino humano: «Quizás solo consista en eso, / en no saber, / en no querer saber, / que estamos programados». La obsolescencia deja entonces de ser una característica de los objetos para convertirse en metáfora de nuestra condición mortal. No resulta casual que el libro concluya contemplando a un hombre que recompone aquello que otros desechan. Ello resume el sentido profundo del poemario. Higuera propone una cultura de la permanencia y de la dignidad de lo aparentemente inútil.
En Desechos resuenan, de manera soterrada, algunas de las grandes tradiciones del pensamiento contemporáneo: el existencialismo de Sartre, la atención moral de Simone Weil o la razón poética de María Zambrano. Sin embargo, esas huellas nunca eclipsan una voz propia, reconocible por su sobriedad, su inteligencia simbólica y su capacidad para convertir la materia más humilde en una interrogación sobre el sentido de vivir.

