Ainhoa Escarti

 

Había una vez un caso muy citado en los estudios de lingüística y antropología, el de la lengua hopi, que Benjamin Lee Whorf utilizó como ejemplo para reflexionar sobre cómo la estructura del lenguaje influye en la forma en que percibimos el tiempo. En su descripción, se plantea que esta lengua no organiza la experiencia temporal del mismo modo que las lenguas occidentales, donde el pasado, el presente y el futuro funcionan como categorías claramente separadas.

A partir de ahí surge una idea más amplia: la forma en la que usamos el lenguaje puede determinar la sociedad en la que vivimos. La manera en la que comprendemos nuestra propia forma de expresión nos condiciona.

Desde el vientre materno, nos “hacemos a la voz de nuestra madre”, la oímos, aprendemos su lengua y lo que va a significar. Durante el primer año de vida es fundamental hablarle mucho al bebé para que no solo comprenda lo que se dice, sino también cómo se dice. De hecho, si afinamos la percepción del lenguaje, un bebé puede anticipar la intención de lo que se dice incluso antes de comprender el significado literal de las palabras.

Ese aprendizaje temprano no es neutro. El lenguaje que se adquiere en la infancia puede influir en nuestra fisonomía vocal, ya que de adultos resulta más o menos sencillo pronunciar determinados sonidos según el idioma en el que nos hayamos formado. Todo se va ajustando para permitirnos habitar el entorno lingüístico que nos rodea.

Podemos llegar a pensar, por tanto, que el idioma nos condiciona física, mental y emocionalmente. En las etapas de mayor plasticidad cerebral es cuando se consolidan estructuras que afectan de raíz a nuestra forma de entender el mundo, tanto a nivel lingüístico como metalingüístico.

En este sentido, hasta que el niño no desarrolla el lenguaje, la comunicación con él es necesariamente limitada. Al principio no comprendemos sus llantos, después sus sílabas son ambiguas, y no se establece una comunicación bidireccional clara hasta que el lenguaje empieza a organizar su experiencia.

Si somos incapaces de comunicarnos desde el inicio con algo que está hecho con nuestros mismos genes, ¿cómo comprender entonces a los animales? ¿Cómo reconocer otras formas de inteligencia que no funcionan bajo nuestros mismos códigos?

Han existido casos de “niños salvajes” que, tras una infancia aislada, al reincorporarse a la sociedad han sido vistos como una suerte de puente entre mundos. Sin embargo, en ellos también se han observado conductas adquiridas de su entorno previo que no desaparecen del todo. Porque el lenguaje no es solo comunicación: es comportamiento, es cultura compartida en el sentido más antropológico, es un modo de construir un microcosmos para interpretar el mundo. En estos casos, la identidad queda suspendida entre dos sistemas, sin encajar plenamente en ninguno.

Lo invisible del lenguaje nos determina y transforma nuestra manera de ver las cosas.

Justamente la película La llegada (Arrival, 2016) trabaja esa idea, pero la lleva un paso más allá: propone una experiencia del tiempo en la que pasado y futuro se integran en una misma estructura, como si la vida pudiera leerse de principio a fin en un solo gesto.

Así, los heptápodos, que tratan de comunicarse mediante manchas de tinta, son conscientes de que, hasta que no logren entender sus respectivas formas de comunicación, no podrán estrechar lazos. El director, basándose en el galardonado relato La historia de tu vida (Story of Your Life, 1998), una novela corta de ciencia ficción escrita por el autor estadounidense Ted Chiang, trata de resolver la cuestión de la comunicación con más ficción que ciencia ficción; es decir, con más teoría que praxis realista.

De este modo, los dos científicos protagonistas, interpretados por Amy Adams y Jeremy Renner, conquistan la aparente imposibilidad de unir dos formas de comunicación que, evidentemente, entienden el mundo de manera distinta. Sin embargo, más allá de la resolución narrativa, el hecho de hacer hincapié en la metalingüística nos lleva a plantearnos algo que ya habían explorado algunos de los grandes autores de la ciencia ficción dura, como Stanisław Lem, donde la sombra de la imposibilidad de comprender al otro se proyecta de forma alargada sobre gran parte de su obra.

Porque en la realidad, donde todo sería ciencia sin ficción, nosotros solamente veríamos manchas tras el cristal; solo manchas contempladas con la fascinación y el miedo que despierta aquello que resulta hermoso a los ojos de la incomprensión.

El metalenguaje —lo invisible de nuestra forma de comunicarnos— nos recuerda nuestros propios límites. Sin embargo, con frecuencia, en lugar de salir de esas estructuras para comprender lo diferente, intentamos forzar lo que no encaja para que se adapte a nuestra forma de pensar el mundo.

Villeneuve solventa de forma apresurada un final que se torna ciertamente empujado, hecho a trote de caballo que cojea. Pero es tan diestra la mano del director y su poder visual, que podemos perdonarle los pecados que no es capaz de resolver de forma solvente. El peso recae sobre todo en la protagonista una Amy Adams demasiado humana para la ciencia ficción común en la que normalmente los personajes carecen de la profundidad de ella, pero es tremendamente gozoso admirarla mientras trata de ser coherente.

La película sin duda consigue filosofar sin ser tediosa (todo un logro) y logra además crear un interés constante cuando realmente son dos seres tratando de hablar. Dos seres comunicándose aun sabiendo que ello debería ser imposible.