Por Javier Gallego Dueñas.
En El relato último de la nieve (Premio Internacional de Poesía Escrita por Mujeres «Ana María Iza». 2025), Patricia Iniesto de Miguel no busca narrar una experiencia, sino convertirse ella misma en experiencia: respiración, descenso, grieta. Desde el primer verso, la autora nos sitúa frente a una promesa y frente a un umbral: «Voy a revelarte, presta atención, / el final de todos los cuentos que nunca se acaban» («Preámbulo»). Ese preámbulo funciona como una invocación y como una advertencia. La poesía aquí no será refugio, ni ornamento, ni siquiera confesión; será un territorio donde el símbolo y la intemperie se confunden. El lenguaje todavía no ha terminado de nacer y hay que avanzar hacia él como quien tantea una herida en la oscuridad.
Hay algo profundamente órfico en este libro. Algo que remite no solo al descenso mítico hacia las sombras, sino también a esa tentativa imposible de recuperar mediante la palabra aquello que ya se ha perdido. La nieve, el invierno, la niebla, los animales muertos, los charcos, los tranvías, las medusas… Todo el imaginario del poemario parece articulado alrededor de una poética de la desaparición. Y, sin embargo, no se trata de una poesía elegíaca en el sentido convencional. Patricia Iniesto no escribe desde la nostalgia, sino desde la conciencia de la fractura: «Jamás regresamos a los lugares / donde el pasado es un mapa demasiado viejo» (VII). El verso recuerda inevitablemente a ciertos pasajes de Antonio Gamoneda (por ejemplo, Libro del frío), donde la memoria ya no es reconstrucción, sino residuo; o incluso a Paul Celan, para quien el lenguaje debía atravesar la ceniza para volver a nombrar el mundo.
Pero, si hay un elemento que vertebra todo el libro, es, quizá, la interrogación constante sobre el acto mismo de decir. La autora parece preguntarse una y otra vez qué significa hablar cuando las palabras ya no garantizan ningún sentido estable: «Un precipicio se oculta / tras el pulso de los verbos» (XIII). En esa imagen se concentra buena parte de la tensión del poemario: el lenguaje como abismo, como borde peligroso, como materia inestable que amenaza con desmoronarse. La poesía de Patricia Iniesto avanza precisamente en esa frontera donde las palabras todavía arden, aunque apenas puedan sostener el mundo.
Resulta imposible leer algunos fragmentos sin pensar en la tradición simbolista y surrealista, en esa forma de concebir la imagen poética como una revelación súbita, casi visionaria: «Soñar también consiste en descifrar la partitura muda del vuelo» (II). El verso posee la delicadeza de un haiku y, al mismo tiempo, una hondura metafísica que recuerda ciertos momentos de Valente. El sueño aparece aquí no como evasión, sino como método de conocimiento. Descifrar el vuelo implica escuchar lo inaudible, interpretar aquello que carece de sonido. Toda la escritura del libro parece fundada sobre esa paradoja: escuchar la música muda de las cosas.
Las imágenes se suceden con una intensidad casi hipnótica: «El horizonte es solo una grieta de humo, un océano quebrado por la hendidura que no quema / o un trazo que mordisquea el latido sordo de todos los peces». Hay en estos versos una densidad de imágenes que rehúye cualquier comodidad interpretativa. La autora no busca la transparencia; prefiere trabajar desde la opacidad, desde el fulgor oscuro de las asociaciones inesperadas. La realidad aparece constantemente desfigurada, atravesada por un temblor que la vuelve extraña. Y quizá sea precisamente ahí donde reside la belleza del libro: en esa capacidad para convertir lo cotidiano en una materia alucinada.
No obstante, reducir El relato último de la nieve a un mero ejercicio de virtuosismo verbal sería profundamente injusto. Bajo la complejidad de sus imágenes late una reflexión persistente sobre el tiempo, la pérdida y el cuerpo: «Tu voz es el reloj que sostiene el tiempo / de los otros» (IV). La voz se convierte aquí en una forma de resistencia frente a la disolución. No se trata únicamente de hablar; se trata de sostener, de mantener viva una temporalidad ajena. Hay algo ético en esa concepción de la palabra poética: la voz como responsabilidad.
El libro entero parece habitado por cuerpos vulnerables, desgastados por el frío, por la memoria o por la intemperie: «Amanece / y los andamios del sueño tiemblan / como las grietas que hacen arder / el corazón de los tranvías» (V). La ciudad aparece deshumanizada, casi espectral, y, sin embargo, conserva todavía una respiración secreta. Los tranvías tienen corazón; las grietas arden; el sueño posee andamios. Patricia Iniesto dota a los objetos de una vida subterránea, como si el mundo material estuviera siempre al borde de pronunciar algo.
Hay una conciencia muy aguda de la fragilidad: «Has memorizado todos los adverbios / que sobreviven al bostezo del agua / al relato último de la nieve. / /…/ No podrá esta vez el hombre / anidar en nuestros huesos» (VI). Una extraordinaria manera de asociar el lenguaje con la supervivencia. Los adverbios —esas partículas menores de la gramática— son aquí restos, fragmentos que logran resistir al desgaste. El título del libro aparece inserto en medio del poema como una suerte de núcleo helado alrededor del cual gira todo lo demás.
Y luego está el invierno. No solo como estación, sino como estado del alma, como clima moral: «El invierno aún murmura / tras la ventana / desde la que planteas tu huida. / /…/ Para reconocer la fractura / hace falta quizás renombrar la herida» (XVI). La tradición literaria del invierno es inmensa: desde Trakl hasta Alejandra Pizarnik, pasando por la desolación luminosa de Louise Glück. Pero en Patricia Iniesto el invierno no es únicamente símbolo de muerte o esterilidad; es también un espacio de revelación: «Para reconocer la fractura / hace falta quizás renombrar la herida». El dolor exige un nuevo lenguaje. Nombrar ya no basta: hay que renombrar.
Esa necesidad de reconstruir el idioma atraviesa todo el poemario: «Nos acomodamos a la norma / y con lenguaje áspero / de nuevo / volvemos a nombrar el mundo» (XX). El verso parece dialogar, de algún modo, con la idea heideggeriana de que el lenguaje es la casa del ser, pero también con la sospecha contemporánea de que esa casa está en ruinas. Volver a nombrar implica aceptar que las palabras heredadas ya no sirven del todo. La poesía aparece entonces como una tentativa de refundación.
Quizá por eso el libro está lleno de figuras míticas. Ícaro, Eurídice, los dioses sonámbulos. Ícaro no representa aquí únicamente la caída; representa, sobre todo, el deseo de atravesar los límites impuestos: «Me llamo Ícaro / contestas. /…/ Tu boca muerde las jaulas / que dieron nombre a la tragedia» (X). La tragedia nace de esa tensión entre impulso y fracaso. Del mismo modo, cuando la autora escribe «No hay retorno posible para ti / Eurídice. / Ya acunas el polvo / y el abrazo de las medusas» (XIX), no está simplemente evocando el mito clásico, sino reformulándolo desde una sensibilidad contemporánea: la imposibilidad del regreso, la conciencia de que toda pérdida es irreversible.
En algunos momentos, el libro alcanza una intensidad casi visionaria: «En tu garganta se enreda / el bramido de los animales muertos / la palabra que diluye / la voz de los astros» (XII). Hay aquí una imaginería cósmica y corporal al mismo tiempo. La garganta se convierte en un espacio donde confluyen la muerte animal y el silencio de las estrellas. El poema parece situarse siempre en una zona intermedia entre lo terrestre y lo sideral. Una dimensión que se instaura en el camino que no nos sirve para avanzar: «Que el camino sea ya solo / piedra entre los ojos / y el viento una canción de escarcha» (IX).
Precisamente el órgano de la visión adquiere una relevancia paradójica: más que ayudarnos, se revela inútil: «De nada sirve abrir los ojos / allí donde has empezado a sentir el frío» (XV). Más nos conviene olvidarnos de ellos: «Cierras los ojos y calculas / cómo habitar los paisajes que duermen / en la pupila árida / de todos los dioses» (XXI).
También el agua ocupa un lugar central en el imaginario de la obra: «Descifrar el oficio del agua / es quizás también reconocer el mar / atreverse a describir la melodía / que clausura la memoria de la tierra» (XI). El agua aparece como lenguaje originario, como memoria líquida de la tierra. Resulta inevitable pensar en José Ángel Valente y en su búsqueda de una palabra anterior al discurso racional. Pero, mientras en Valente el silencio tiende hacia la depuración, en Patricia Iniesto el lenguaje conserva una dimensión tumultuosa, llena de materia y de sombras: «No soportarás / la cruda embestida de los charcos / no contarás los pasos / que avivan su lengua tibia» (VIII).
Hay versos que parecen quedarse resonando mucho después de cerrar el libro: «Hace tiempo que habitas / entre los pliegues descarnados / de la niebla» (XIV). La niebla, como la nieve o el humo, es otra forma de indeterminación. Habitarla significa aceptar una existencia sin contornos precisos. En este sentido, el poemario puede leerse también como una exploración de la identidad contemporánea: fragmentaria, movediza, atravesada por la pérdida de referentes.
Y, sin embargo, pese a toda la oscuridad que atraviesa sus páginas, el libro nunca cae en el nihilismo. Hay una búsqueda persistente de sentido, aunque ese sentido sea precario: «Perderse dentro / no deshabitarlo / es quizás la única forma / de enfrentarse al laberinto» (XXII). El verso posee una sabiduría casi filosófica. No se trata de escapar del laberinto, sino de aprender a permanecer en él.
Esa permanencia exige atravesar la intemperie: «Será preciso entonces / arrancarle las costras al viento / desenterrar las ramas de los cerezos / disimular la caricia del trueno» (XXIII). La escritura de Patricia Iniesto trabaja constantemente con elementos naturales convertidos en símbolos de desgaste y resurrección. El viento tiene costras; los cerezos deben ser desenterrados; el trueno acaricia. Todo está vivo y herido al mismo tiempo.
Uno de los aspectos más admirables del libro es su capacidad para sostener una atmósfera coherente sin caer nunca en la repetición. Cada poema parece prolongar el anterior y, al mismo tiempo, abrir una fisura nueva: «Llegaron más tarde los cuadernos de cuadrículas sucias, / las ventanas desde las que colgaban las nubes como ropa mojada. /…/ Y la de dioses que señalaron con su dedo sonámbulo / el último rayo de sol» (XXIV). La memoria infantil aparece de pronto atravesada por una imaginería doméstica y melancólica. Hay algo profundamente cinematográfico en estas escenas, como si el libro entero estuviera compuesto por secuencias borrosas iluminadas desde dentro.
Quizá por eso la lectura deja la sensación de haber atravesado un paisaje más que un conjunto de poemas. Un paisaje de hielo, humo y ruinas donde todavía es posible escuchar una respiración humana: «No es el grito quien habita esta sed / ni la urgencia insomne de los huesos» (XVIII). La sed de la que habla el poemario no es simplemente física o emocional; es una sed ontológica, una necesidad de comprender qué queda del ser cuando el lenguaje y la memoria empiezan a resquebrajarse.
El epílogo cierra el libro con una intensidad desoladora y luminosa a la vez: «Ya terminó el tiempo de la luz prohibida / y la ceguera de los alacranes / ya terminó la agonía del que ignora / el espeso alarido de las bestias». La sensación es la de haber llegado al final de una travesía. Pero no hay resolución plena, ni consuelo. Solo la persistencia de una imagen: «Bajo tus párpados reposó un día / la geometría azul de todos los inviernos» («Epílogo»).
Esa geometría azul resume quizá la poética entera de Patricia Iniesto de Miguel. Una poesía que trabaja con formas quebradas, con estructuras emocionales hechas de frío, de memoria y de fulgor. Azul como la distancia, como la nieve al amanecer, como ciertas heridas que nunca terminan de cerrarse.
En tiempos dominados por la velocidad y por el desgaste instantáneo de las palabras, El relato último de la nieve reivindica una escritura lenta, exigente, profundamente sensorial, una sensación omnipresente del frío: «El invierno es sucio / en esta ciudad donde el frío magulla / las canciones de cuna / y donde las ramas nunca ceden / bajo el peso de la nieve» (XVII). Una poesía narrativa que no teme la dificultad porque entiende que algunas experiencias solo pueden expresarse desde la fractura.
Patricia Iniesto escribe como quien excava en la nieve buscando no un refugio, sino una verdad mínima: el temblor que todavía sobrevive bajo el hielo. Y acaso esa sea la verdadera revelación del libro. No el final de los cuentos que nunca se acaban, sino la conciencia de que seguimos contándonos historias para resistir al frío. Para seguir nombrando, incluso entre ruinas, aquello que todavía late.

