Cristina Osuna
Del éxito de Bohemian Rhapsody a Michael, el biopic musical demuestra que las historias de las grandes estrellas siguen despertando la misma fascinación.
Hay artistas que, con el paso del tiempo, dejan de pertenecer solo a sí mismos. Sus canciones sobreviven décadas, su imagen acaba convertida en un icono y su historia sigue despertando curiosidad incluso entre quienes nunca los vieron sobre un escenario.
Hay un momento que suele confirmar eso: cuando el cine decide contar su vida.
Es ahí donde entra en juego el biopic musical, un género que nunca deja indiferente. Con cada estreno vuelven las mismas preguntas: ¿es fiel a la realidad?, ¿idealiza demasiado al protagonista?, ¿qué episodios decide contar y cuáles deja fuera? El debate cambia de nombres, pero rara vez desaparece. Y, sin embargo, el interés del público tampoco.
En los últimos años, el género ha vivido una nueva edad de oro. Bohemian Rhapsody (2018), que rozó los 900 millones de dólares en la taquilla mundial, Rocketman (2019) o Elvis (2022) demostraron que las historias de las grandes estrellas de la música siguen llenando salas. Cada una con un estilo muy distinto, pero con un mismo objetivo: transformar una vida real en un relato cinematográfico capaz de emocionar.

A esa lista se ha sumado Michael, dirigida por Antoine Fuqua y protagonizada por Jaafar Jackson, sobrino de Michael Jackson. Lo que comenzó como uno de los estrenos más esperados de los últimos años ha terminado convirtiéndose en un fenómeno de taquilla.
Hace apenas unos días, la película se convirtió en el biopic más taquillero de la historia del cine tras superar a Bohemian Rhapsody y a Oppenheimer, con una recaudación mundial cercana a los 977,4 millones de dólares. Ahora está a las puertas de otro hito simbólico: ser el primero del género en superar la barrera de los 1.000 millones.
Pero las cifras, por llamativas que sean, no explican del todo el fenómeno.
La verdadera pregunta es otra: ¿por qué seguimos volviendo una y otra vez a la vida de artistas cuya historia creemos conocer de memoria?
El biopic musical no nació con Bohemian Rhapsody ni con Elvis. Mucho antes de que estas superproducciones devolvieran el género al primer plano, el cine ya había encontrado en las grandes figuras de la música una forma de contar historias capaces de emocionar al público.
Películas como La Bamba (1987), What’s Love Got to Do with It (1993), Ray (2004) o Walk the Line (2005) demostraron que una biografía podía ser mucho más que un simple recorrido cronológico por la vida de un artista. Lo importante no era enumerar hechos, sino encontrar una historia que mereciera ser contada.

Ahí reside una de las claves del género: un biopic no intenta sustituir a un documental ni ofrecer una verdad absoluta —si es que eso fuera posible cuando se habla de una vida—. Su objetivo es otro: convertir una trayectoria real en un relato cinematográfico. Para conseguirlo, selecciona momentos, concentra conflictos y reorganiza acontecimientos hasta construir una narración con sentido dramático.
Ese proceso tiene una consecuencia inevitable. Para muchos espectadores, el recuerdo de determinados artistas acaba mezclándose con la imagen que el cine ha construido de ellos. Rami Malek, Jamie Foxx o Joaquin Phoenix no solo interpretaron a Freddie Mercury, Ray Charles o Johnny Cash; también contribuyeron a la forma en que nuevas generaciones se acercan a esas figuras.
Por eso el biopic musical tiene un peso cultural que va más allá del entretenimiento. No solo recupera historias del pasado: también participa en la manera en que esas historias se recuerdan. Quizá ahí resida buena parte de su éxito. Hay pocos géneros que jueguen con una ventaja tan curiosa: el espectador entra en la sala sabiendo quién es el protagonista, cómo termina su historia y, en muchos casos, con la banda sonora sonando ya en su cabeza.
Pero esa misma ventaja también implica una responsabilidad enorme. Cuanto más conocido es el personaje, mayor es el debate sobre cómo se cuenta su historia. Qué episodios aparecen, cuáles desaparecen y desde qué mirada se construye el relato acaba siendo casi tan importante como la propia película.
Al final, esa es la verdadera particularidad del biopic musical. Más que contar la vida de un artista, acaba planteando una pregunta mucho más amplia: cómo construimos hoy nuestros mitos culturales y qué papel juega el cine en esa memoria colectiva.
Si el cine tiene el poder de influir en cómo recordamos a un artista, también asume una responsabilidad difícil: condensar toda una vida en apenas dos horas. Y ese es el gran reto de cualquier biopic.
Ninguna película puede abarcar todos los matices de una persona, y mucho menos cuando se trata de figuras que han vivido bajo el foco durante décadas. Siempre habrá episodios que queden fuera, relaciones que apenas se esbocen o decisiones creativas que simplifiquen una realidad mucho más compleja.
Por eso cada biopic es, en el fondo, una interpretación. Una mirada concreta sobre una vida. El director decide dónde empieza la historia, qué momentos merecen ocupar el centro del relato y cuáles quedan relegados a un segundo plano. No se trata solo de contar unos hechos, sino de darles un significado.
Esa libertad creativa es, al mismo tiempo, una de las mayores fortalezas del género… y el origen de muchas de las críticas que recibe.
Elvis (2022), dirigida por Baz Luhrmann, es un buen ejemplo. En lugar de recorrer toda la vida del cantante de forma lineal, la película optó por centrar buena parte de su relato en la relación entre Elvis Presley y su representante, el coronel Tom Parker. El resultado fue un espectáculo visual arrollador, fiel al estilo de Luhrmann, aunque también abrió el debate sobre todo aquello que se quedaba fuera.

Y eso, en realidad, no es una excepción. Es la propia naturaleza del biopic. Para construir una película con ritmo, emoción y un conflicto claro, hay que seleccionar, condensar y, en cierto modo, reinterpretar la realidad.
Quizá por eso estos filmes generan tantas conversaciones. No solo invitan a valorar una interpretación o una puesta en escena; también nos llevan a preguntarnos hasta qué punto una película puede explicar la vida de alguien sin reducirla a un único relato.
Si llevar cualquier vida al cine implica elegir qué contar y qué dejar fuera, pocas suponían un reto tan complejo como la de Michael Jackson.
Su historia reúne todos los ingredientes de un gran biopic: un talento extraordinario, un éxito sin precedentes, una exposición mediática constante y una figura que, décadas después, sigue despertando admiración, debate y preguntas a partes iguales. Hablar de Michael Jackson es hablar de música, pero también de la forma en que una celebridad puede acabar convertida en un fenómeno cultural mucho mayor que ella misma.
Con un personaje así, el desafío no consistía únicamente en recrear los hechos, sino en encontrar un equilibrio entre el mito y la persona.
Ahí entra en juego Michael, dirigida por Antoine Fuqua y protagonizada por Jaafar Jackson. Desde que se anunció el proyecto, buena parte de la conversación giró en torno a una cuestión evidente: el sorprendente parecido físico entre actor y personaje. Los primeros avances reforzaron esa impresión, mostrando una capacidad notable para reproducir los gestos, la forma de bailar e incluso algunas expresiones que hicieron reconocible al artista en todo el mundo.
Al fin y al cabo, reproducir un paso de baile o una forma de hablar puede aprenderse. Lo verdaderamente difícil es conseguir que, durante dos horas, el espectador deje de ver a un actor y sienta que está ante Michael Jackson. Ese es, precisamente, el reto de interpretar a alguien tan conocido: ir un paso más allá de la imitación.
Ese ha sido probablemente el mayor desafío de Michael. No solo reconstruir la imagen de un icono, sino intentar acercarse al ser humano que había detrás de una de las figuras más influyentes de la cultura popular.
Y, en el fondo, esa es también la ambición de cualquier gran biopic: recordarnos que incluso los mitos fueron, antes que nada, personas.
Cada cierto tiempo se comenta que el biopic musical está acabado. Que ya se ha contado todo, que las historias se repiten o que el público acabará perdiendo el interés. Sin embargo, una película vuelve a romper esa idea y demuestra que el género sigue teniendo algo que decir.
Quizá la respuesta sea más sencilla de lo que parece.
Estas películas no sustituyen la experiencia de escuchar un disco ni pretenden resumir toda la vida de un artista. Funcionan, más bien, como una puerta de entrada. Quizá esa sea su mayor virtud: no sustituyen el recuerdo que tenemos de esos artistas, sino que despiertan las ganas de volver a ellos. Después de verlas, muchos espectadores vuelven a poner canciones que hacía años que no escuchaban, descubren álbumes que habían pasado por alto o sienten curiosidad por conocer mejor a figuras que forman parte de la historia de la música.
Por eso el éxito del biopic musical va mucho más allá de la nostalgia. No se trata solo de revivir una época o de reencontrarse con canciones conocidas. También responde a una necesidad muy humana: poner rostro, emociones y contradicciones a personas que, con el paso del tiempo, han terminado convertidas en símbolos.
Y quizá esa sea la paradoja más interesante del género. Cuanto más famoso es un artista, más difícil resulta separar a la persona del personaje. El cine intenta recorrer precisamente ese camino: acercarse al ser humano que existía antes de que naciera el mito. Nunca lo consigue del todo. Tampoco es su misión.
Porque un biopic no es una biografía definitiva, sino una interpretación. Una forma de mirar una vida y de invitar al espectador a volver a ella desde otra perspectiva.
Mientras sigamos sintiendo esa curiosidad por descubrir qué había detrás de las canciones, los focos y los titulares, el biopic musical seguirá teniendo un lugar en el cine. No solo porque cuenta vidas extraordinarias, sino porque nos ayuda a entender por qué algunas personas terminan ocupando un espacio permanente en nuestra memoria cultural.
Y, al final, quizá esa haya sido siempre la verdadera función de este género: recordarnos que los mitos no nacen de la nada. Se construyen.
Hay historias que nunca dejan de pertenecernos, por muchas veces que volvamos a escucharlas.

