Por Jesús Cárdenas.
Hace unos que leo de forma fragmentaria a Fernando Molero Campos. Sus relatos aparecen aquí y allá, casi en secreto, entre los palmarés de certámenes, dejando la sensación de que cada uno pertenecía a un territorio narrativo más amplio. Solo más tarde comprendí que aquella dispersión era engañosa: detrás de esos cuentos, existía un trayecto narrativo nada desdeñable —cuatro novelas y ocho libros de relatos, entre ellos El heladero de Brooklyn (2011), Seres extraños, extraños seres (2020) y Donde termina el mar (2024)—, que ha ido configurando una de las voces más singulares del cuento español contemporáneo.
Nadie está del todo solo (Adeshoras, 2025) corrobora esa impresión desde la primera página, no sólo porque reúne algunos de los mejores relatos recientes de su autor formulados como uno solo, lo decisivo aquí está en cómo los diez cuentos se responden, se matizan y terminan construyendo un mismo espacio de sentido. Su leitmotiv va cambiando, es la soledad.
La división en «Cara A» y «Cara B» nos evoca, desde luego, al viejo vinilo, pero la elección rebasa el mero guiño nostálgico; propone, al tiempo, un modo de lectura. Como quien gira un disco para escuchar la otra mitad de una composición, el lector va atravesando un umbral donde el registro cambia sin que cambie la música. La primera parte permanece anclada en un realismo de apariencia estable; la segunda va desplazando ese suelo lentamente hacia un lugar donde lo fantástico deja de ser una excepción para convertirse en una forma de conocimiento. Existen vínculos temáticos y estilísticos entre ambas mitades, y el libro en su totalidad avanza como una partitura cuyas variaciones regresan sobre el mismo motivo.
Ese motivo es la soledad. Una soledad que acompaña a toda existencia y adopta rostros distintos: el duelo, la culpa, la memoria, la sospecha de una vida no vivida. El título encierra así una paradoja fecunda. Nadie está del todo solo porque todos convivimos con aquello que hemos perdido, con las decisiones que aún nos habitan y con las innumerables versiones de nosotros mismos que quedaron suspendidas en el tiempo. Walter Benjamin escribió que la memoria no reconstruye el pasado, sino que lo hace relampaguear en el presente. Esa intuición recorre silenciosamente el libro: el ayer nunca comparece como recuerdo inmóvil, sino como una fuerza capaz de alterar el ahora.
Desde «El efecto dominó» se advierte esa poética. Un muchacho, doblemente huérfano, continúa visitando una residencia de ancianos en busca de un libro. La pesquisa acaba revelando que el verdadero objeto de la búsqueda nunca fue el volumen perdido, sino una forma de reconocerse en una memoria heredada. Borges intuía que toda biblioteca es, antes que un depósito de libros, un mapa de destinos posibles. Molero parece compartir esa convicción: los libros importan menos por lo que contienen que por las vidas que son capaces de convocar.
Algo semejante sucede en «Muñecas rusas», uno de los relatos de mayor exigencia moral del conjunto. La historia de un padre incapaz de aceptar el asesinato de su hijo va desplegándose, capa tras capa, hasta situar al lector ante una pregunta que la literatura lleva siglos formulando sin clausurar: ¿qué clase de justicia puede aliviar un dolor irreparable? Chéjov sostuvo que al escritor no le corresponde ofrecer respuestas, sino formular con precisión las preguntas decisivas. Esa vieja lección encuentra aquí una de sus expresiones más hondas.
Esa modulación alcanza uno de sus momentos más logrados en «El bar de los insomnes». El establecimiento donde confluyen quienes cargan con pérdidas, culpas o derrotas acaba funcionando como un espacio de suspensión, casi como aquellos lugares de tránsito donde la literatura sitúa a sus personajes cuando todavía ignoran qué clase de revelación los aguarda. La irrupción del hombre «que vino con la lluvia y el viento» desplaza el relato hacia una dimensión simbólica que nunca rompe del todo con la realidad. Al contrario: la vuelve más transparente. No es casual que, por momentos, asome la tradición de Cortázar. Como en el escritor argentino, lo insólito no comparece para abolir las leyes de lo cotidiano, sino para mostrar aquello que permanecía oculto bajo ellas.
Los dos últimos relatos de la «Cara A» anuncian ya ese desplazamiento. «El laberinto de espejos» y «El escultor de golondrinas» sitúan a sus personajes ante la incómoda evidencia de que toda vida contiene otras vidas posibles, otros itinerarios que nunca llegaron a realizarse y que, sin embargo, continúan proyectando su sombra sobre el presente. Cuando el lector gira el disco y entra en la «Cara B», comprende que la frontera entre lo real y lo fantástico nunca fue el verdadero asunto del libro. La imaginación no aparece aquí como una vía de evasión, sino como un procedimiento para explorar con mayor profundidad la experiencia.
Los relatos de esta segunda mitad prolongan esa búsqueda desde registros diversos. «Los breves encuentros» convierte una antigua sala de cine en el lugar donde la memoria resiste a la desaparición; «El teléfono rojo» deja que el pasado irrumpa en el presente mediante una conversación cuya extrañeza termina revelando una verdad histórica; «A quienes me habitan» imagina la casa como depósito de las decisiones que nunca tomamos, mientras «La biblioteca del agua» parece recoger, con una delicadeza apenas insinuada, el eco de esas leyendas de Bécquer donde el agua del río ejerce un poder de atracción extraordinario sobre el protagonista. El volumen culmina con «La metafísica del relojero francés», donde el tiempo deja de ser una medida para convertirse en la materia misma de la conciencia.
En ese punto todas las líneas del libro terminan por confluir. La memoria, el duelo, la culpa, las vidas no vividas y la imaginación dejan de ser asuntos independientes para formar parte de una misma indagación sobre la identidad. Los cuentos dialogan entre sí, corrigen la impresión dejada por el anterior y preparan la lectura del siguiente. Rara vez un volumen de relatos contemporáneo manifiesta una conciencia tan clara de su propia composición.
Resulta significativo que, salvo «El escultor de golondrinas», todos estos cuentos hubieran obtenido previamente distintos reconocimientos en certámenes literarios. Lejos de convertir el libro en una reunión de éxitos dispersos, esa circunstancia confirma hasta qué punto la escritura de Molero Campos ha obedecido, desde hace años, a un proyecto reconocible. Reunidos aquí, los relatos adquieren una resonancia nueva. La disposición modifica su significado, como todo buen elepé.
Como en los mejores libros de relatos, el lector termina comprendiendo que cada historia debe ser completada. Todas permanecen resonando en las demás. Quizá porque, al fin y al cabo, la literatura —Borges lo sabía, Bécquer lo intuía, Cortázar lo llevó hasta sus últimas consecuencias— consiste en revelar las zonas invisibles de nuestro mundo. Ahí reside la mayor virtud de Nadie está del todo solo: en recordarnos que la ficción no ofrece respuestas al enigma de la experiencia, pero sí la creación de un mundo posible que nos hagan que el día a día sea más habitable.

