Por Sara Armenteros Monterroso

Judith tiene 42 años, se ha quedado en el paro y, por un error de la administración, recibe una beca de estudios que solicitó cuando era joven. El dinero le viene de maravilla para afrontar sus gastos más urgentes, como el veterinario de su gato, pero hay un gran inconveniente: las bases de la ayuda exigen tener menos de 30 años. Aunque su primera idea es renunciar, sus nuevas amigas de la generación zeta la convencen de seguir adelante. Su plan consiste en camuflarse como veinteañera, tanto en su aspecto como en su actitud.

Esta es la carta de presentación de Millennial Mal, la serie de Lorena Iglesias disponible en Filmin. Aunque a primera vista parece la típica comedia de enredo sobre el choque entre generaciones, bajo esa capa esconde un análisis bastante incómodo y certero de lo que implica envejecer siendo mujer en una sociedad que solo te respeta si disimulas el paso del tiempo.

El edadismo empieza mucho antes de lo que pensamos

Solemos asociar la discriminación por edad con la vejez avanzada, la jubilación o las residencias de ancianos. Sin embargo, para las mujeres la barrera invisible se levanta mucho antes. Alrededor de los 40 años se empieza a notar en pequeños detalles del día a día.

Se percibe en las entrevistas de trabajo, donde las miradas y las preguntas cambian. También se nota en la distancia del lenguaje, cuando el argot de los más jóvenes empieza a sonar ajeno. Además, hay un fuerte juicio social: cualquier interés real por las tendencias actuales ya no se interpreta como curiosidad, sino como un intento desesperado por no madurar. Judith no es anciana, solo tiene la edad que tiene, pero el mercado y el entorno ya la miran de otra manera.

Una comedia que se ríe con la protagonista, no de ella

Lo que hace que esta serie funcione y no se quede en una parodia simple es su enfoque. La historia no ridiculiza a Judith por intentar encajar en un mundo que no es el suyo. Al contrario, señala lo absurdo de un sistema que la empuja a esconder sus años como si fueran una falta grave.

Ahí está la verdadera crítica de la serie. Mientras que a los 20 años se nos permite dudar, equivocarnos, cambiar de opinión e improvisar constantemente, si Judith hace lo mismo a los 42 se considera un fracaso vital. La producción se pregunta con mucha lucidez por qué el derecho a reinventarse y a cometer errores parece tener una fecha de caducidad tan temprana para las mujeres.

El doble rasero de la crisis de los cuarenta

Es en este punto donde el edadismo muestra su lado más sexista. La mirada de la sociedad hacia la madurez cambia por completo según el género de quien la viva.

Cuando un hombre de más de cuarenta años decide renovar su armario con ropa juvenil y salir de noche, la cultura popular lo trata con simpatía. Se ve como una crisis de los cuarenta entrañable, casi como un acto de rebeldía digno de admirar.

Sin embargo, si una mujer hace exactamente lo mismo, la etiqueta suele ser la de desubicada o patética. Se la juzga por no haber cumplido con el manual de vida establecido: pareja, hipoteca, hijos y un perfil discreto. Judith no encaja en ese molde, y aunque la serie la respalda, nos muestra claramente cómo la castiga su entorno.

Una alternativa honesta que huye de los clichés

Lo mejor de Millennial Mal es que no ofrece soluciones fáciles ni discursos condescendientes. No nos dice que la solución sea que Judith aprenda a imitar mejor a los jóvenes, ni tampoco que se resigne a comportarse como la sociedad espera que actúe una mujer de su edad.

La creadora propone un camino intermedio mucho más real y honesto. Nos invita a preguntarnos por qué envejecer de forma correcta para una mujer significa desaparecer en silencio, y por qué seguir buscando tu lugar en el mundo a cierta edad se califica automáticamente de ridículo.

El edadismo silencioso es el que más duele

El tipo de discriminación que retrata la serie no tiene que ver con las arrugas ni con los cambios físicos. Es ese edadismo invisible que te hace sentir que tus proyectos, tus ganas de aprender y tu derecho a empezar de cero tienen los días contados. Una fecha límite que, además, llega mucho antes si eres mujer.

Judith no está haciendo nada malo por intentar reconstruir su vida profesional y personal. Lo que falla es una sociedad que intenta convencerla de que su tiempo útil ya ha pasado.

Si descartaste esta serie pensando que sería otra comedia ligera sobre el conflicto entre millennials y la generación zeta, te recomiendo darle una oportunidad. Merece la pena verla prestando atención a esos momentos de silencio en los que la protagonista se mira al espejo intentando descubrir quién es realmente.

Theards Sara Armenteros

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