Francisco Javier Gallego Dueñas (Rota, Cádiz, 1968) es poeta, columnista y crítico literario (en su blog Profundamente superficial), doctor en sociología y profesor de secundaria. Editor y miembro fundador de la revista “Voladas”, ha publicado en diversas revistas académicas y literarias (Exégesis, El ático de los gatos, Cuadernos de Roldán, CaoCultura, 142 Revista Cultural, Luz Cultural, Revista Cultural Blanco sobre Negro, Revista Rótula, Cuadernos de Humo, Culturamas…) y aparecen textos suyos en varias antologías, como las dos de escritores locales. Ha participado junto a Gallera Bernal en los proyectos Intrusos y El muelle y en el libro Recuerdos de Rota, de Juan M. Laynez, compilación del archivo fotográfico Quijano. También en el homenaje a los diarios de José Luis García Martín organizado por Hilario Barrero (Leer la vida, Impronta, 2021) y a Miguel Catalán, editados por José Luis Morante y María Picazo (El último peldaño, Verbum, 2022). Como poeta se inició con, Las gramáticas del tiempo (Takara, 2017), seguido de Somos grieta (BajAmar, 2021) y Maravilloso miedo (Liliputienses, 2016).

 

He intentado explorar diferentes perspectivas ante el miedo

Javier Gilabert: Javier, sé bienvenido a Culturamas, una casa que además conoces perfectamente por tus colaboraciones. Es una alegría enorme conversar contigo. Regresas a los escaparates con Maravilloso miedo (Liliputienses, 2026). Tras Las gramáticas del tiempo (2017) y Somos grieta (2021), ¿qué tipo de refugio o de respuesta viene a ofrecer este nuevo poemario en tu trayectoria?

Francisco Javier Gallego Dueñas: Este nuevo poemario responde a un momento concreto, a una necesidad de pensar el peligro y los cuidados. Maravilloso miedo no nace como un refugio en el sentido de un lugar donde esconderse del dolor, sino como un espacio donde poder mirarlo sin apartar la vista. Si Las gramáticas del tiempo exploraba la memoria y la culpa y Somos grieta asumía la fractura como condición de existencia, este libro intenta comprender qué ocurre cuando el miedo ocupa todos los rincones de la vida. Pretende acompañar una experiencia compartida por muchas personas. La escritura ha sido una forma de permanecer, de cuidar y de encontrar belleza incluso cuando todo parece oscurecerse. Aunque el tono confesional también se encuentre, en esta ocasión voy alternando voces. No siempre la primera persona del poema se corresponde con el poeta, he intentado explorar diferentes perspectivas ante el miedo. La adversidad, el accidente, la enfermedad son motivos muy potentes para escribir, sin embargo, aspiro a huir del tipo de texto que pretende ver en la desgracia una especie de bendición. No quiero participar de una mística, al contrario, Maravilloso miedo es un libro de intemperie, de buscar pequeñas esperanzas que se saben que son insignificantes. La actitud de vigilancia, de necesidad de amparo, el paso del tiempo como medicina se intercalan con los momentos de pesadilla, de angustia. No queda otra, dentro y fuera del poemario, que aguantar y cobijarnos unos a otros. El argumento de la obra no es simplemente envejecer y morir, también están los demás, a los que necesitamos y los que necesitan de nosotros para vivir.

 

Existe una tendencia a identificar el miedo con la cobardía o la falta de virilidad

Para aquella persona que decida adentrarse por primera vez en tu obra a través de las páginas de Maravilloso miedo, ¿qué advertencias previas o claves de lectura le sugerirías para que comparta contigo el viaje?

Le diría que no busque una historia lineal, porque este libro está construido como un recorrido emocional. Cada texto es una estancia distinta de una misma casa, una aproximación diferente al miedo, al cuidado, al duelo o a la esperanza. Puede leerse de principio a fin, pero también abrirse por cualquier página y dejar que el fragmento dialogue con la experiencia de quien lo lee. Me gustaría que el lector aceptara el ritmo lento que propone el libro, que se detuviera en las imágenes y que no intentara resolver todos los símbolos. He tenido la osadía de alternar puntos de vista para acercarme mejor a esa sensación de desamparo. Es difícil para un trabajo como este dar algunas pautas cuando se trata de encontrar cobijo, de que cada uno, como he intentado yo, como intuyo que intentaron otros y otras antes y después, afronte el miedo. No como algo que haya que evitar, más bien, como un aliado. Como el fuego, que puede defendernos, cobijarnos o alimentarnos al tiempo que es la destrucción. Existe una tendencia a identificar el miedo con la cobardía o la falta de virilidad, sin embargo, no es así. La valentía, como se suele decir, no consiste en desconocer el miedo, sino en superarlo. No necesariamente es un sentimiento incapacitante. Puede serlo, sin duda, pero, a menudo, nos alerta y aumenta nuestra capacidad para afrontar situaciones complicadas. Hay mucho de gratitud entre los textos, porque nos cuidamos unos a otros, los que estamos más cercanos y aquellos con los que nos cruzamos en un aparcamiento.

 

La música siempre ha sido fundamental en mi vida

El título de la obra es un homenaje explícito a la canción “Maravigliosa creatura” de la italiana Gianna Nannini. En tus textos se percibe un deseo constante de escribir canciones de amor, de buscar acordes y arpegios que laven la tristeza. ¿En qué aspectos dialoga tu escritura con tu melomanía y hasta qué punto la música es la que logra ahuyentar los fantasmas que la palabra a veces sólo nombra?

La música siempre ha sido fundamental en mi vida, aunque los gustos hayan ido cambiando. Me siento ahora como un señor mayor que solo disfruta con discos de más de treinta años y que se encariña con trivialidades contemporáneas que hubiera detestado en su juventud. Es cierto que, en el anterior poemario, Somos grieta, la música estaba mucho más presente. Concretamente una sección entera y algún poema más recogían el título traduciendo canciones de Talking Heads, Tom Waits, Villagers, Neil Young… Aquí hay homenajes explícitos, como el que señalas de Nannini, también a REM o John Cale, quien nos recordaba que “el miedo es el mejor amigo del hombre”. Me he refugiado en canciones desde siempre, ellas me han ayudado a estar triste, a emocionarme o a remontar la depresión. No tanto por entender las letras, sino porque la atmósfera que crean transporta de manera inmediata a otro lugar, o hace más habitable en el que vives. Ojalá pudiera escribir canciones o, al menos, dotar de esa musicalidad a mis textos. Por eso estoy tan agradecido a David Fernández, Stereovac, que ha musicado y mejorando varios de mis poemas.

 

No siento que haya renunciado a la poesía por escribir en prosa

Maravilloso miedo se compone de treinta y un escritos que adoptan la forma de la prosa poética. En tus propios textos confiesas que buscas una vía que, aunque no respete las reglas estrictas del verso, logre gritar la belleza y la brisa. ¿Qué libertades o qué dinámicas expresivas te ha permitido el poema en prosa que no encontrabas en el corsé de la métrica tradicional?

Muy buena pregunta. Podría teorizar mucho sobre esto, pero, en el fondo, sería una racionalización a posteriori. Estos poemas nacieron en prosa. Eso no significa un descuido de las cualidades del verso, al contrario. Me fascinan esos poetas que manejan el ritmo como si cada palabra tuviera su medida exacta y no pudiera haber otra en su lugar, esos que, por muy mal que se lean en voz alta, su melodía se impone. Quizás el escribir en renglones seguidos otorgue visualmente una cualidad de mayor cercanía, que los versos cortados, en bandera, como los llama Pablo García Casado, producen una extrañeza, una singularidad más artificial. El poema en prosa parece menos solemne y me permite respirar de otra manera, acercarme al ensayo, a la narración o incluso a la meditación sin abandonar la intensidad poética. No siento que haya renunciado a la poesía por escribir en prosa. Al contrario, he intentado que el ritmo, la imagen y la tensión emocional sostengan cada texto desde dentro. Como te decía, es simplemente un intento de justificar algo que viene dado.

 

El paisaje siempre termina escribiendo con nosotros

Hay en el libro una sobrecogedora insistencia en un frío que brota desde dentro hacia fuera, un “tatuaje de escarcha” que ni las estufas ni las hogueras consiguen calentar. Curiosamente, en tu trayectoria vital hay un traslado importante desde tu Rota natal hacia el norte del país, donde vives e impartes clases. ¿En qué medida el paisaje y la climatología del norte han modulado tu imaginario poético o han agudizado esa búsqueda de un “Prometeo que devuelva el color a las mejillas”?

Evidentemente, el frío de los poemas no tiene demasiado que ver con el climático; es sobre todo un estado interior. Además, estos poemas fueron escritos en el Sur, entre Rota, Málaga, Granada y mayormente Úbeda. La mudanza ha sido una decisión hasta cierto punto independiente de la necesidad de acabar con el frío. Por otro lado, el paisaje siempre termina escribiendo con nosotros. Vivir lejos del mar de mi infancia y descubrir una climatología distinta está modificado inevitablemente mi imaginario. Todavía estoy madurando la impresión que me produjo la ciudad de Úbeda, y me queda mucho por asumir en paisaje moscón, es decir, de Grado, Asturias. El contraste entre el sur luminoso que permanece en la memoria y los paisajes del norte me están ayudando a construir una simbología donde el cuerpo, el clima y la emoción dialogan constantemente. El calor que busca el libro no procede del sol, sino del cuidado, de la compañía y de la palabra. Afortunadamente, las mejillas ya van tornándose encarnadas.

 

Llegamos a la pregunta obligada de la sección. Si tuvieras que elegir únicamente tres poemas de este libro, ¿cuáles escogerías y por qué motivos?

Escogería los que empiezan con “Quisiera poder escribirte una canción de amor”; “Dos mujeres se dirigen desnudas a un baño nocturno” y “No hay prenda en el mundo que pueda acabar con este frío.” Más que nada por lo que significan para mí los momentos y las sensaciones que llevan aparejadas las anécdotas que dieron lugar a los poemas. El primero intenta justificar todo el poemario, que sí que es una canción de amor. El segundo el espectador se sumerge en una escena que implica mucho más que un simple recreo. No hay nostalgia, hay una promesa. Y en el tercero he procurado asumir un punto de vista distinto, meterme en la piel, nunca mejor dicho, de esa angustia que no puede describirse más que con el frío.

 

Trato con muchísimo respeto la labor de los poetas que reseño

Además de creador, mantienes desde hace años una prolífica labor como reseñista y crítico literario en medios como Culturamas o tu bitácora Profundamente superficial. Al sentarte en el escritorio a dar forma a tus propios poemas, ¿consigues silenciar al analista que llevas dentro o el oficio de crítico vigila y depura tu producción?

Nunca, de hecho, casi me paraliza. Me gusta la labor de reseñista porque me ayuda a comprender detenidamente la arquitectura de poemas que, muchas veces, están muy alejados de la estética en la que me encuentro cómodo. Lo tomo como un aprendizaje, no tanto en el sentido de imitar, sino en descubrir formas distintas de abordar los temas o las soluciones rítmicas. Leo mucha poesía y procuro reseñar con rigor una parte de lo que leo. Trato con muchísimo respeto la labor de los poetas que reseño, en todos hay una sabiduría de la que aprender. Hay en los poemarios publicados un esfuerzo, una voluntad de belleza que merece la pena contemplar. Algunos son extraordinarios e intento mostrar el entusiasmo que me provocan. En comparación, cuando reviso lo que escribo, el crítico salta ferozmente sobre versos y poemas enteros. Reconstruyo y reconstruyo. Sufro a la hora de trasladar a los versos una idea, una imagen, la satisfacción de la escritura tiene mucho que ver, en mi caso, con el esfuerzo. En mi cabeza planea la exigencia de que el poema termine por agotar el tema, o el matiz siquiera del que trata. Y debo convencerme de que no se trata de hacer el poema definitivo sobre la nostalgia, o sobre el silencio, o sobre el miedo. Habrá tiempo para retomar cada argumento con imágenes y palabras nuevas.

 

La poesía, por muy íntima que sea, puede tener un contenido social

Eres doctor en Sociología y profesor de Educación Secundaria. Tu disciplina académica estudia las estructuras, las inercias y los comportamientos colectivos, mientras que la poesía suele nacer de la intimidad más estricta. ¿De qué forma conviven el ojo del sociólogo y la sensibilidad del poeta a la hora de diseccionar la realidad cotidiana?

Bueno, la poesía, por muy íntima que sea, puede tener un contenido social, colectivo en el sentido más convencional de la palabra. Y no solamente en aquella poesía que procura un aspecto combativo a los versos. Siempre tengo presente el lema de que lo personal es político. Por otra parte, mi formación como historiador y sociólogo, –en realidad es mi tendencia natural y automática–, me hace abordar los temas desde una perspectiva que no difiere demasiado entre una isla a otra. Nunca los he sentido como dos figuras separadas. La sociología me ha enseñado que la experiencia individual siempre está atravesada por estructuras colectivas, mientras que la poesía me recuerda que esas estructuras adquieren sentido cuando afectan a una persona concreta. En Maravilloso miedo parto de una vivencia profundamente íntima, pero intento que el lector pueda reconocer en ella sus propios miedos y fragilidades. El sociólogo observa los contextos; el poeta escucha los silencios. Ambos comparten una misma curiosidad: comprender cómo construimos nuestra manera de vivir, de sufrir y de relacionarnos con los demás. He llegado a utilizar el mismo título para un poema que para un artículo académico. La intimidad, por ejemplo, es uno de los temas que me fascinan tanto en la mirada de sociólogo/historiador como en la de escribiente de versos.

 

No soy mucho de idealizar el pasado

Trabajar a diario en los institutos de Secundaria te pone en contacto directo con los adolescentes, una generación que maneja unos códigos de comunicación hiperveloces y muy visuales. ¿Cómo reciben tus alumnos la palabra poética hoy en día? ¿Conserva la poesía algún poder de seducción en un mundo subyugado por las pantallas?

Es curioso cómo abordamos esta cuestión. Por lo que recuerdo de mi época de estudiante en el colegio y en el instituto, no había demasiada gente interesada en lo literario, y mucho menos en lo poético. Tanto entonces como ahora la semilla de la poesía va brotando en espíritus muy escogidos. La labor del profesorado, no solo de Lengua y Literatura, también de otras materias como las artísticas o quienes estamos en la trinchera de las Sociales, de vez en cuando, se sorprende con la respuesta de algún alumno, alguna alumna que va haciendo sus pinitos, escribiendo sus versos, o enamorándose de los versos ajenos. No soy mucho de idealizar el pasado y sospecho que los tiempos hiperveloces de las pantallas también pueden servir y, de hecho, sirven, para transmitir contenido de poesía.

 

Sentí desde el principio que este libro había encontrado un lugar donde podía respirar con absoluta libertad

Publicas en Ediciones Liliputienses, una editorial extremeña periférica, valiente y con un catálogo muy personal. ¿Qué complicidad o sintonía has encontrado en el proyecto de José María Cumbreño para confiarle la salida a la luz de este libro?

Me alegra que me lo preguntes porque la complicidad ha sido total. Estoy más que agradecido de cómo José María Cumbreño ha llevado este proyecto, su compromiso, su eficiencia, su apoyo. Encontré, sobre todo, una manera de entender la literatura desde el cuidado. Liliputienses lleva años construyendo un catálogo muy personal, donde cada libro parece responder más a una convicción estética que a una estrategia comercial. Esa independencia me resultaba muy cercana al espíritu de Maravilloso miedo. José María Cumbreño entiende que editar también consiste en respetar la singularidad de cada proyecto. Sentí desde el principio que este libro había encontrado un lugar donde podía respirar con absoluta libertad. Me ha hecho muchísima ilusión participar en esta editorial a la que sigo y admiro desde hace muchísimos años, una editorial valiente, con una visión de lo que es la poesía muy amplia y que cuenta con nombres de ambos lados del Atlántico de una calidad extraordinaria. Me siento muy orgulloso de estar ahí.

 

Siempre he entendido la literatura como un diálogo continuo

Has sido editor y miembro fundador de la revista Voladas, has colaborado en varios proyectos colectivos e ilustrados (como Intrusos o El muelle) y tus textos habitan en varias antologías. Frente al tópico del poeta que crea en un absoluto aislamiento, ¿qué valor le concedes al tejido asociativo y a la creación compartida entre autores?

A menudo la literatura suele imaginarse como un ejercicio solitario, y en parte lo es, porque escribir exige muchas horas de conversación con uno mismo. Sin embargo, ningún libro nace realmente aislado. Todos somos el resultado de las lecturas, las amistades, las conversaciones y los proyectos compartidos. Las revistas, las antologías o las iniciativas colectivas crean comunidades de afecto y de pensamiento que enriquecen la escritura. Siempre he entendido la literatura como un diálogo continuo más que como una competición. Compartir lecturas, dudas y entusiasmos hace mejores los libros y, sobre todo, hace más habitable el oficio de escribir. Ante todo, debo confesar que soy un desastre en el trabajo en equipo. No me siento orgulloso, más bien todo lo contrario, porque defiendo que el tejido social es esencial. No lo digo en abstracto, en poesía, compartir es fundamental, porque siente uno el apoyo, la retroalimentación, la influencia… más allá de los egos y las envidias que, por lo visto, están muy presentes en el mundillo literario.

 

La distancia no conserva intactos los lugares

Aunque estés instalado en otras tierras, tu vinculación con Rota y con la memoria de sus calles, su archivo fotográfico o sus cuadernos literarios es innegable. ¿De qué modo se transforma la distancia geográfica en un catalizador de la nostalgia o de la mitificación de la infancia junto al mar?

No te creas, tengo la sensación de desarraigo bastante incrustada en mi personalidad. Salí a estudiar a Granada sin haber cumplido los dieciocho, estuve viviendo en Sevilla, Ubrique y cuando volví a la ciudad de mi infancia ni Rota ni yo éramos los mismos. La distancia no conserva intactos los lugares; los transforma. Con el tiempo debemos comprender que la memoria no reproduce el pasado, sino que lo reescribe desde el presente. Rota sigue siendo un espacio fundamental en mi imaginario porque allí aprendí los primeros paisajes, la luz, el mar y muchas emociones que todavía me acompañan. También fueron lugares imprescindibles Granada, Sevilla o, más recientemente, Úbeda. Cuando vuelvo a esas calles descubro que el lugar real y el recordado ya no coinciden del todo, pero esa diferencia también alimenta la escritura. La nostalgia no consiste en querer regresar, sino en aceptar que seguimos perteneciendo a un lugar que ya solo existe parcialmente dentro de nosotros y que no pertenecemos totalmente a un lugar concreto.

 

Para terminar esta conversación, y como es tradición en la revista, ¿de qué autor o autora te gustaría conocer su “Primera impresión”?

Por supuesto, de Mercedes Márquez Bernal. No lo digo porque sea mi pareja, sino porque aprendo constantemente de ella, como poeta y como persona, y porque Humano invento (BajAmar) es un libro muy valioso sobre la palabra, poética y cotidiana, que merece atención y lectura. Es una pena que ella tenga tendencia a rehuir de la exposición pública.

 

 

 

***

Tres poemas de Maravilloso miedo

 

Quisiera poder escribirte una canción de amor. Aunque no respetara las reglas del verso. Una canción que escondiera las penas, las miserias, las decepciones y que solamente gritara la belleza y la brisa. Quisiera poder escribirte esa canción que pudieras tararearla en los tramos de tristeza, cuando está oscuro y una única luz minúscula y lejana acierta a señalar el camino a casa. Las canciones de amor siempre suenan cursis, apenas se pueden bailar y todas parecen una divisa que circula en las aduanas de todas las parejas y todos los amores del mundo. Quisiera poder escribirte una canción, aunque fuera solo para ti y nadie más la entendiera. El dolor, el vacío, la terquedad de un camino de rieles de hierro fundido que no permite salir del hangar al frío y la lluvia… todo congela las cuerdas de la guitarra, atascan las notas en la flauta, se atraviesan en los violines y los pianos. La voz queda muda y no hay canción sino llanto desacompasado y triste. Quizás llegue esa canción que los pájaros ignoran, que los acantilados susurran y que las nubes han olvidado. Cuando los ríos marquen el acorde que lave la tristeza, cuando las sombras esculpan sin miedo las fotografías del pasado, cuando el ballet de las hojas encaramadas a los eucaliptos alerte de que sube la marea y el compás de los transeúntes sea el arpegio más bello del mundo. Ahora todavía suena una algarabía discordante, cacofónica, hiriente, desafinada, que supura el dolor y el miedo.

 

***

 

Dos mujeres se dirigen desnudas a un baño nocturno. Las farolas del pueblo se mantienen dentro del perímetro del paseo marítimo y a la vez se reflejan en el océano. Lejísimos está la orilla de arena mojada por la marea baja. Las dos mujeres se dirigen a las mínimas olas como dentro de una cúpula que las aísla de toda la realidad. Al fondo, la ciudad deja ver sus luces titilantes en un telón para el escenario. El baño nocturno merece una noche serena. No hace más frío fuera que dentro. El agua mantiene la calidez de un útero que las abraza inyectándoles la euforia de lo desconocido. Promesas, sanación, voluntad y la sal mientras pequeños pececillos y camarones se rozan por su piel. Una luz interior las acompaña en su abrazo. Todo va a ser posible. Las pesadillas de la noche y el abismo se diluirán a medida que se sequen las gotas de agua al salir del mar. Un abrazo definitivo dentro de las toallas que protegen la desnudez de los cuerpos y de los corazones.

 

 

***

 

No hay prenda en el mundo que pueda acabar con este frío. Un frío que brota desde dentro hacia fuera. Un bisturí afilado trocea con despiadada meticulosidad cada bombeo del corazón. No hay nada que lo cubra, ni el minúsculo vello, ni las mantas de lana. Las estufas caldean las salas, los dormitorios, pero no el frío del bisturí. El peregrinar movimiento alrededor de la hoguera convocará la lluvia, pero el sol se apaga en el interior. Frío siempre frío, dices, siempre tengo frío. Ni el coñac que nunca tomas, ni los mecheros bunsen, ni la brisa marina que se cuela en la respiración, provocaremos una explosión para que la nieve se derrita y no se quede pegada a la piel como un tatuaje de escarcha. ¿Dónde estará el Prometeo que devuelva el color a las mejillas?