Por Jesús Cárdenas.

Una vez que Virtudes Olvera hizo de intermediaria, recibí el libro Piedrasantas, de Mar Horno, una autora a la que, hasta ese momento, me sonaba que había leído algún micro. Mi interés no surgió tanto por el marchamo del Premio Andalucía de la Crítica 2026 o del XXXV Premio Tiflos de Cuento, ni siquiera por la cuidada edición en tapa dura de Edhasa (Castalia Ediciones), sino, tal vez, por dejarme llevar por el rumor insistente que, de vez en cuando, sobrevuela las redes —al menos por esas viejunas por las que aún me muevo— y convierte un libro en una conversación entre lectores. Antes incluso de abrirlo, Piedrasantas ya venía precedido por el entusiasmo compartido.

Mar Horno (Torredonjimeno, Jaén) había publicado anteriormente Precipicios habitados (2014) y Náufragos del Océano Índigo, finalista del Premio Setenil al mejor libro de relatos publicado en España en 2022. Confirma, con este conjunto de relatos, una madurez narrativa, en parte gracias a la precisión adquirida en el microrrelato. Esa economía expresiva le permite levantar un universo de extraordinaria densidad sin renunciar a la forma del cuento. En Piedrasantas cada relato posee autonomía y, a su vez, todos participan de una construcción compleja y ambiciosa.

El gran hallazgo del libro reside en la creación de un territorio imaginario que acaba por imponerse al lector con la consistencia de un lugar real. San Juan de Pascua, Redención, Sipanga o La Pobrica dejan de ser sólo escenarios para conformar una geografía moral en la que el peso de la memoria, la venganza o la violencia condiciona la existencia de quienes habitan estos lugares. Al terminar el volumen queda la sensación de haber recorrido un país áspero y fascinante, gobernado por leyes propias.

La localización exacta no deja de ser deliberadamente inexacta. Puede situarse en algún punto donde el Caribe, la selva y la herencia colonial confluyen. Mar Horno no pretende reproducir un espacio reconocible, sino fundar uno nuevo, capaz de sostener una lógica interna en la que lo extraordinario se incorpora a la vida cotidiana con absoluta naturalidad.

Resulta inevitable advertir ecos de García Márquez o de Rulfo, pero reducir Piedrasantas a esas influencias sería empobrecerlo. Puede, incluso, recordarnos a Cunqueiro por la importancia que concede a la tradición oral o a la capacidad de las leyendas para modelar la realidad. Mar Horno se siente heredera de una tradición oral y escrita con la que también dialoga hasta convertirla en una voz propia.

La memoria es importante en los relatos. Lo que recuerda y lo que un grupo decide recordar importan. Por eso los personajes existen dentro de los relatos como si cada uno de ellos heredara un relato que debe seguir. Y de ahí que uno de los relatos explique que los registros desaparecieron y solo quedó la memoria de los hombres; en este punto se resume la auténtica poética del libro: la realidad está sostenida por las narrativas que subyacen a los hechos.

Desde el relato inicial, «Paraísos», esa concepción del mundo queda fijada con admirable naturalidad. La caída de un ángel en medio de un olivar castigado por la sequía completa la lógica del relato. Lo maravilloso aparece como una posibilidad más de una realidad donde el hambre, la fe y el misterio forman parte de la misma experiencia. Esa contención convierte el prodigio en convincente.

Algo semejante sucede en «La Pobrica», uno de los cuentos más logrados del conjunto. A través de Lucinda, Mar Horno retrata una infancia marcada por la pobreza, la violencia y el desamparo, sin recurrir nunca al sentimentalismo. La denuncia nace de la observación. La injusticia resulta perturbadora precisamente porque los personajes la aceptan como parte del orden natural, y esa normalización del sufrimiento termina interpelando con mayor fuerza al lector.

Pero quizá el rasgo más sobresaliente de Piedrasantas sea su arquitectura. Los doce relatos parecen concebidos como piezas de una misma construcción narrativa. Personajes secundarios que reaparecen, episodios apenas insinuados que encuentran eco más adelante y escenarios contemplados desde perspectivas distintas van tejiendo una red de correspondencias que transforma el libro en algo más cercano a una novela fragmentaria que a una simple colección de cuentos.

En este sentido, el verdadero protagonista termina siendo el territorio. San Juan de Pascua adquiere la misma consistencia literaria que esos espacios imaginarios destinados a sobrevivir a quienes los habitan. Cada historia añade una nueva capa de significado a una geografía donde las vidas individuales acaban fundiéndose con la memoria colectiva, hasta el punto de que el lector abandona el libro con la sensación de que ese mundo continúa existiendo más allá de sus páginas.

Es difícil no recordar aquí la intuición que sostuvo algunos de los grandes territorios de la narrativa del siglo XX: la de que un espacio imaginario puede contener una verdad más profunda que la mera reproducción de un lugar real. Mar Horno entiende el realismo como construcción de una realidad autosuficiente, donde la experiencia individual termina integrándose en un relato colectivo. Esa cohesión explica que Piedrasantas deje una impresión de continuidad poco frecuente en un libro de cuentos.  

Lo extraordinario nace del interior mismo de la comunidad y expresa sus miedos, sus creencias y su memoria. Más que introducir una ruptura, completa una forma de entender el mundo en la que lo visible convive con aquello que escapa a la razón. Mar Horno evita así uno de los riesgos más habituales del llamado realismo mágico: convertir lo maravilloso en un catálogo de efectos. En Piedrasantas la imaginación ilumina la condición humana. El prodigio actúa como una prolongación de la psicología de los personajes o como una manifestación simbólica de la memoria compartida. De ese modo, narrar se convierte en una forma de intervenir sobre el destino a través de la palabra.

La misma contención preside el tratamiento de asuntos especialmente ásperos. La pobreza, la violencia contra las mujeres, el fanatismo religioso, la corrupción o la prostitución atraviesan muchos de los relatos, pero la autora rehúye cualquier tentación melodramática. Nunca fuerza la emoción ni convierte el sufrimiento en espectáculo. Confía, con acierto, en la capacidad de la narración para producir un efecto más duradero que cualquier exceso retórico. Esa sobriedad confiere al libro una gravedad serena que lo distingue de buena parte de la narrativa contemporánea.

También los personajes participan de ese equilibrio. Lucinda, Florinda, Doña Piedrasantas, Augusto Chacón, Bernardito el Tonto, Laida o el viejo farero poseen el espesor de quienes parecen haber existido antes de entrar en el libro. Aunque algunos rozan lo legendario, ninguno queda reducido a una función narrativa. Todos conservan una complejidad moral que los hace verosímiles: incluso los más crueles dejan entrever alguna fisura, mientras que los más inocentes proyectan zonas de sombra que impiden cualquier lectura complaciente.

Especial relieve adquieren las figuras femeninas. Lejos de responder a modelos ejemplares o de limitarse al papel de víctimas, son personajes que desarrollan distintas estrategias de supervivencia en un mundo profundamente desigual. Unas resisten mediante el silencio; otras recurren a la imaginación, a la memoria o a la manipulación del relato para alterar el curso de los acontecimientos. La palabra se convierte así en una forma de poder. Quien consigue imponer una versión de los hechos acaba transformando la realidad de quienes lo rodean, una idea que atraviesa discretamente todo el volumen y que dota de especial coherencia a su propuesta literaria.

La prosa de Mar Horno responde a esa misma concepción. Bajo una apariencia de sencillez se advierte un notable trabajo de depuración. El ritmo nunca decae; el léxico alterna vocablos tradicionales con registros de inequívoca oralidad, y los diálogos conservan la naturalidad de las historias transmitidas de generación en generación. Esa cercanía a la lengua hablada vuelve más convincente la elaboración del estilo y contribuye a la impresión de que estos cuentos pertenecen a una tradición anterior a la escritura.

Tampoco el lirismo se impone sobre la narración. Las imágenes aparecen cuando son necesarias para intensificar la percepción del lector. El paisaje —los olivares, el puerto, la zona portuaria, la selva, las callejas de San Juan de Pascua o las casas donde se asienta el tiempo— termina adquiriendo una presencia tan viva como la de los propios personajes.

Con Piedrasantas, Mar Horno confirma el hecho de convertir un libro de relatos en una obra orgánica, donde tradición oral, imaginación, memoria y una mirada profundamente humana confluyen con naturalidad. De esa suma nace un territorio literario que se fija como lugar imaginario en el lector; la mayor virtud de un libro llamado a permanecer.