Silvia Pérez Molina
Hay películas que hablan de la pérdida de la identidad como un acontecimiento violento y repentino. Un secuestro familiar (Feels Like Home), de Gábor Holtai, nos invita a un debate mucho más inquietante: la identidad no siempre se rompe; a veces se negocia. Poco a poco, casi sin que el espectador lo advierta, aquello que parecía irrenunciable empieza a ceder frente a una necesidad más profunda: encontrar un lugar al que pertenecer.

Desde sus primeros minutos, Rita, la protagonista, intenta resistirse a la lógica de la familia que la ha secuestrado. Se ve sumergida en una especie de búnker y le invade la confusión. Hay pequeños gestos que funcionan como actos de resistencia silenciosa a interpretar el papel que se le impone. El más significativo es escribir su verdadero nombre en el cuaderno de poesía, una forma de recordarse a sí misma quién cree ser antes de que otros comiencen a definirla. Sin embargo, la película no entiende la identidad como un núcleo estable, sino como algo sorprendentemente frágil cuando entra en conflicto con el afecto, la dependencia y la supervivencia.
Hay frases que atraviesan el relato y funcionan, a mi modo de ver, como pequeñas grietas por las que se cuela esa transformación. «Miklós ama más ser Miklós que a Szilvi» revela que incluso el amor está subordinado a la necesidad de conservar el lugar que uno ocupa dentro de esa estructura familiar. Pero quizá la línea más devastadora sea aquella en la que Marci, quien a priori resultaba un personaje de piedra que tortura a Rita, admite: «Antes me dolía cuando me pegaba y ahora tengo que fingir que me duele». La violencia ya no necesita imponerse; ha sido interiorizada.
Al aproximarnos al eje final de la película, resulta especialmente significativo que Rita regrese después de haber conseguido escapar. La narrativa evita cualquier explicación simplista: no vuelve porque haya olvidado quién es, sino porque el vacío que encuentra fuera resulta más insoportable que la violencia que deja atrás. La necesidad de pertenecer pesa más que la libertad recién recuperada.
En este sentido, Feels Like Home me ha recordado de manera inesperada a El miedo a la libertad, de Erich Fromm. Más que entender la libertad como una aspiración universal, el filósofo y sociólogo alemán plantea una cuestión profundamente incómoda: ¿queremos realmente ser libres? La libertad suele imaginarse como el estado más deseable para cualquier individuo, pero también implica asumir la incertidumbre, la responsabilidad de decidir y, en muchas ocasiones, la experiencia de la soledad. Frente a ese vértigo, pertenecer ofrece algo aparentemente más sencillo: unas reglas, un lugar y una identidad ya construida. Rita termina abrazando precisamente esa promesa, no porque deje de valorar la libertad, sino porque descubre que sostenerla exige un esfuerzo que quizá no todos estamos preparados para asumir.

La puesta en escena acompaña ese desplazamiento interior con una sutileza admirable. Conforme avanza la historia, las tonalidades oscuras van dejando paso a colores más claros y neutros. No es una transformación estridente, sino casi imperceptible, como la propia absorción psicológica que experimenta.
El desenlace resume toda la tesis de la película con una serenidad escalofriante. Sentada presidiendo la mesa familiar y vestida de verde, Rita afirma que se siente «como en casa». Cuando Marci anuncia que el padre ha desaparecido, ella responde con naturalidad: «No os preocupéis. Volveremos a encontrarlo». Esa mujer que escribía su nombre verdadero para no desaparecer es ahora quien sostiene el relato colectivo de la familia. Su antigua identidad ha sido sustituida por otra capaz de llenar el vacío que dejaba la soledad.
No me quiero despedir sin dar lugar al último plano, el cual devuelve al espectador exactamente a la misma imagen que abría la película: una mujer de espaldas, con los brazos abiertos hacia los rayos del sol, rodeada por un paisaje montañoso y desierto. El encuadre se repite, pero su significado ya no es el mismo. Cuando una idealización desaparece, construimos otra; cambian los nombres, cambian las personas, cambian los lugares. Lo que permanece es la necesidad profundamente humana de sentir, por encima de todo, que estamos en casa.

