JOSÉ LUIS MUÑOZ

No hay cosa peor en la literatura, y en el cine, que la impostación, tener la sensación, mientras se está viendo una película en este caso, de que todo, absolutamente, está forzado, es tan falso que ni el propio director se lo cree, y que para más inri su pretendido mensaje, absolutamente vacuo, esté vestido (y Mother Mary también va de música y alta costura) de pedantería insufrible.

Mary (una Anne Hathaway a años luz de la Penélope de Nolan) es una cantante pop de moda —lo único visible del film de David Lowery son sus puestas en escena musicales y una espectacular fotografía—, que necesita un vestido especial para su nueva gira y recurre a la diseñadora Sam (Michaela Coel, sencillamente insoportable), una antigua amiga con la que ha tenido una relación complicada en el pasado.

Con este argumento tan simple, el norteamericano David Lowery (Milwaukee, 1980) construye su suntuoso melodrama con apuntes de tragedia griega y secuencias dialogadas que se alargan hasta la exasperación (una de ellas supera los quince minutos de verborrea pretenciosa que no conduce a ninguna parte). Casi toda la película, salvo esos números musicales que le dan un poco de aire, transcurre en el taller de alta costura de la diseñadora Sam, entre vestidos muy creativos y modelos vaporosas. Casi dos horas de tortura psicológica —el director mete con calzador una secuencia de espiritismo— al que somete al espectador el director de este film tan irritante como vacuo con ínfulas de intelectualidad y trascendencia.