Víctor Roque González
¿Qué se puede decir de Christopher Nolan que no se haya dicho ya a estas alturas? Un director más querido que odiado, aunque sus detractores sean incapaces de pasar desapercibidos. Porque Nolan es pretencioso, eso es innegable, y quizá peca de sobredimensionar la aparente inteligencia de sus películas con un montaje que siempre se espera rápido e incluso atropellado, con el que el director entiende que una gran cantidad de información por minuto equivale a que el espectador medio se sienta partícipe de la genialidad de la cinta, cuando esto arrastra precisamente una de las debilidades de Nolan: la sobreexposición.
Nunca sabré hasta qué punto el estilo del director es realmente una decisión y no un temor a que el público pueda desconectar de una película de tres horas si, por ejemplo, decidiese reducir el implacable ritmo de sus conversaciones en un 25 %. Y he aquí su otra gran carencia, el elefante en la habitación: por algún extraño motivo, cada vez muestra menos seguridad en la dirección de los diálogos en plano-contraplano.
En El caballero oscuro (2008) u Origen (2010) podíamos notar una planificación milimétrica en la dosificación de la información, apoyada por una elección de planos que, lejos de hacernos notar el truco cinematográfico, nos sumergía de lleno en las conversaciones de sus protagonistas, dotándolas de naturalidad y, por tanto, de alma. Temo que Christopher Nolan ha optado, con el tiempo, por alejarse de esto y abrazar aquello que lo define: el ritmo del thriller más frenético.

Y no nos equivoquemos, La odisea (2026) es un thriller.
Y funciona.
No porque tenga un elenco impresionante, que cumple en la medida en que su director lo pretende. No por el maravilloso conjunto que ofrecen su fotografía y sus efectos prácticos, decididos a hacer sentir al espectador desde el minuto uno una verdadera odisea de arena ardiente, aguas saladas y embravecidas o guerra y fuego. No por la vibrante y emocionante partitura de Ludwig Göransson. Por supuesto, todo ello convierte la experiencia cinematográfica en algo sublime, pero tras salir de la sala se olvidaría con facilidad. Y, sin embargo, algo que a menudo se repite entre fanáticos, detractores y espectadores que simplemente disfrutan de su obra es que una película de Christopher Nolan es un evento del que es imposible no seguir hablando días después de haberlo vivido.
Y todo se debe al engaño de un hombre.
Sí, es una frase que usa Odiseo (Ulises para los amigos) en la mejor secuencia de la película. Pero también es lo que hace Nolan con cada nueva producción, porque no olvidemos que, ante todo, el cine es una mentira. Y, en la actualidad, Christopher Nolan entiende el cine como muy pocos directores se han atrevido a hacerlo. Conoce a su público y sabe lo que este espera de él. También lo que esperan aquellos que lo detestan. Y no duda en satisfacer a unos y a otros.

Porque Nolan decide colocar la cámara dentro del caballo de Troya y marcarse una de las secuencias más impresionantes y satisfactorias de los últimos años para, una hora después, apuñalarnos el corazón con un clímax que encuentra su eco en la terrible actualidad, como ya podía intentar Oppenheimer (2023), pero de una forma mucho más desgarradora y certera.
De toda su filmografía, tal vez sea esta la encargada de adaptar una trama más «sencilla», pero eso permite que experimente nuevos terrenos, como las formas del terror en determinadas secuencias brillantemente construidas. Y es que quizá La odisea sea una rara avis entre sus películas, pues se percibe como una concatenación de los grandes momentos de la obra original, no como una cuenta atrás hacia una última gran secuencia final con giro incluido. Y, aun así, Nolan consigue hacer suya la historia, conservando los valores universales del poema, pero en traslación al contexto actual, de forma que obtengamos una lectura que no nos abandone al dejar el cine.
Esta es La odisea de Christopher Nolan, no la de Homero. Y, acudiendo a la sala con esa idea en mente, es imposible que un espectador salga decepcionado tras contemplar una epopeya que resucita el interés por los mitos clásicos. Eso por sí solo ya es un triunfo, pero es que la pantalla de cine vive para ver proyectadas historias como esta, inmensas como la vida misma y eternas.

