
Foto: Pilar Carrera
Jenaro Talens (Tarifa 1946) es escritor. Catedrático emérito en las universidades de Ginebra y Valencia, ha publicado dos docenas de libros de ensayo en español, francés e inglés y más de 30 libros de poesía, entre los que cabe citar El vuelo excede el ala (1973), El cuerpo fragmentario (1978), Tabula rasa (1985), Orfeo filado en el campo de batalla (1993), Un cielo avaro de esplendor (2011), El sueño de Einstein (2015), La lentitud de los crepúsculos (2021, La velocidad de la sombra (2025) o Rosa sin porqué (2026). Ha traducido a numerosos poetas clásicos y contemporáneos como Petrarca, Shakespeare, Goethe, Hölderlin, Trakl, Brecht, Beckett, Pound, Eliot o Basho, entre otros. Tenemos el honor de inaugurar la nueva temporada de Primera Impresión con él, con motivo de la publicación de Rosa sin porqué. O, más bien, con esa excusa: siempre es buen momento para leer a Jenaro.
El lenguaje nunca es transparente
Javier Gilabert: Jenaro, es un auténtico honor y una alegría inmensa darte la bienvenida a Culturamas. En apenas unos meses de diferencia han visto la luz dos entregas fundamentales en tu trayectoria: La velocidad de la sombra (diciembre de 2025) y la edición completa de Rosa sin porqué (Hiperión, mayo de 2026), un libro gestado entre 2001 y 2003 que aguardaba su momento. Me contabas que fue precisamente la escritura de La velocidad de la sombra la que te sugirió rescatar Rosa sin porqué en su integridad, al comprobar que muchos de sus núcleos temáticos nacieron allí. ¿De qué manera dialogan ambos libros a través del tiempo y qué hilos invisibles los conectan?
Jenaro Talens: En un sentido muy concreto. Durante muchos años, prácticamente desde que escribí en 1971 Ritual para un artificio, mi trabajo giró en torno a la reflexión sobre el lenguaje, no tanto porque me preocupasen en exceso las cuestiones puramente formales, sino porque pensaba (y sigo pensando), que el lenguaje no es sólo un instrumento, sino el dispositivo que conforma el mundo en que nos movemos. Cuando discutimos sobre determinados temas, siempre lo hacemos no sobre cosas o hechos sino sobre interpretaciones de esas cosas y esos hechos a través del lenguaje. Es lo que nos distingue de los animales, que tenemos conciencia y la conciencia no existe fuera del lenguaje que la configura. El lenguaje nunca es transparente. Por eso reflexionar sobre él es también hacerlo sobre nuestra relación con el mundo. Eso hizo que, aunque nunca he hablado de nada que no tuviese que ver con mi experiencia, hui como de la peste de todo lo que pudiese ser percibido como confesionalidad autobiográfica, que es algo que nunca me interesó. A nadie debería importarle la vida de quien escribe (que suele ser tan vulgar y mediocre como la de cualquier mortal), sino cómo el discurso construye la imagen de una vida que no necesariamente tiene que ver con la suya. De lo que hablaba no era de mí, pero necesariamente lo hacía a partir de la experiencia de lo que había visto, leído, soñado o imaginado. Por eso, el sustrato temático, si podemos llamarlo así, había dejado por lo general fuera de mi interés hechos que hubiesen atravesado mi biografía en determinadas épocas, como si se tratasen de hechos relacionas con alguien que ya no era yo y que ni siquiera necesitaba analizar, porque no tenían ni el menor interés. Cuando terminé Profundidad de campo y empecé lo que sería Rosa sin porqué, ocurrió algo extraño. Me encontré por casualidad con un viejo amigo de mis años de atleta, Jorge González Amo, y, de pronto, a través de él contacté con otros a lo que no veía desde hacía más de tres décadas. Para mí, hasta ese momento, mis años como deportista se habían borrado de mi memoria y, de pronto, fue como si volvieran a estar presentes momentos, sensaciones que creía muertas y enterradas. Hubo una reunión de antiguos atletas y escribí Penúltima vuelta del camino o los viejos atletas nunca mueren. Ahí arrancó en libro. Nunca antes había hablado, no ya del deporte, sino de cómo el deporte modeló en cierto modo quien sería yo después. En ese sentido, muchas de las cosas que culminaron en La velocidad de la sombra (y no sólo por el hecho de que yo hubiese sido velocista), provienen de aquel encuentro fortuito y del libro que le siguió. Se cerraba un círculo.
La existencia no se nos escapa. La fugacidad es parte de su sustancia
En La velocidad de la sombra reflexionas sobre la fugacidad, la luz que se extingue y el poso del tiempo sobre el cuerpo y la memoria. ¿Hasta qué punto la poesía es un instrumento capaz de medir o fijar esa “velocidad” con la que se nos escapa la existencia?
El título fue azaroso y era a la vez un juego de palabras y un homenaje privado a mi amiga Clara Janés, de quien tomé la cita que abre la colección. Ambos estamos interesados en la relación entre la escritura poética y la física y las matemáticas (de hecho en el bachillerato yo estudié ciencias, no letras y nunca pensé que acabaría abandonando las dos carreras que empecé después, Económicas y Arquitectura para hacer Filosofía y Letras) y en un poema de los varios que ella ha dedicado al tema, escribió : ¿cuál es la velocidad de la sombra?, como respuesta a la famosa velocidad de la luz que tanto juego dio a la teoría de la relatividad de Einstein (cuyos poemas hemos estudiado, traducido y estudiado ambos en el libro Albert Einstein. Poemas y paisajes). Por eso lo de que la luz se extingue no tiene nada que ver aquí. Todo lo que nace, muere. La muerte forma parte integrante de la vida y, en consecuencia, no hay ninguna lamentación ni nada por el estilo en el libro (o eso espero). Sin embargo, cuando vemos brillar una estrella, lo que vemos es el resplandor de una estrella que explotó hace miles de millones de años, los que tardó la luz de la explosión, cuando la estrella ya estaba muerta, en llegar a nosotros. Y eso es lo que servía de metáfora central del libro. Lo que meditamos sobre hechos de un pasado que, como su propio nombre indica, pasado está y bien muerto, es lo que llega, no ya como luz, sino como sombra (y esa es la diferencia con la luz física de la explosión). La existencia no se nos escapa. La fugacidad es parte de su sustancia y la luz de la estrella es aquí una sombra hecha de palabras. Así de simple.
Nunca he escrito una sola línea a partir de lo que sé
En una época tan obsesionada con la hiperproductividad y el sentido pragmático de las cosas, ¿en qué medida la poesía sigue siendo ese espacio irreductible que existe, precisamente, sin necesidad de justificar su presencia?
La poesía es el mejor ejemplo de lo que Nuccio Ordine llamó en su célebre libro La utilidad de lo inútil, que escribir poesía fuese absurdo, aunque en términos de la lógica del Capital sea irreductible a sus principios y, mejor, precisamente por eso mismo. Si Platón decía que a los poetas había que expulsarlos de la república es porque son peligrosos, al ser los únicos a los que no se les puede hacer pasar por el aro, al menos, en tanto poetas, aunque consigan hacerlo como ciudadanos. Cuando Percy B. Shelley en su famosa Defense of Poetry proponía un gobierno de poetas y no de políticos, no era porque la poesía no fuese también (y sobre todo) política, sino porque no utilizaba ese nombre en vano. No hay que olvidar que el inicio del socialismo (utópico y no utópico) y el comunismo en tanto filosofía nació, al igual que el texto de Shelley, como excrecencia del movimiento romántico. Recuerdo una obra del hoy poco citado, salvo por su Marat-Sade, Peter Weiss, titulada Hölderlin. En ella un joven escritor y filósofo llamado Karl Marx acude a la Torre donde pasa encerrado sus últimos años el gran poeta alemán para agradecerle lo que ha escrito y decirle que es una guía para lo que él quiere hacer y que por eso (para que sea posible cambiar las cosas por arriba –la superestructura, diríamos ahora– hay que cambiar antes lo que la sostiene, lo que explicaría, creo yo, que dedicase tantos años a lo que no era su principal objetivo, la economía, en un proyecto que su prematura muerte dejó inacabado). En mi caso, nunca he escrito una sola línea a partir de lo que sé, sino de lo que ignoro. Es la necesidad de entender lo que de verdad me motiva a escribir, no la voluntad de contar nada a nadie y analizando el resultado de lo escrito es como me entero de cosas que luego debo afrontar en la vida real, no en la escritura. Si eso no es asumir la enorme utilidad de la poesía, que venga Dios y lo vea.
Un poema no es un púlpito, ni la lectura una homilía
Para aquella persona que decida adentrarse por primera vez en tu universo poético a través de este binomio formado por La velocidad de la sombra y Rosa sin porqué, ¿qué advertencias previas o llaves de lectura le sugerirías para iniciar la travesía?
Yo no soy nadie en especial para dar consejos. La función del autor llamado Jenaro Talens termina su trabajo cuando escribe. La función del lector, por mucho que se llame igual, no tiene ninguna prerrogativa especial sobre cualquier otro lector, siempre que éste comprenda que leer no es descifrar algo previamente cifrado y clausurado de una vez por todas, sino construir un sentido específico para él. La tradición hermenéutica dominante (de origen eminentemente religioso) dice lo contrario. Yo no lo creo así. Un poema no es un púlpito, ni la lectura una homilía. Por eso desconfío tanto de la escritura “con mensaje” y de quienes se arrogan el tener siempre la última palabra sobre lo que significa un poema. Ya Góngora, que sí era un sabio de los que ya no quedan, escribió en su Polifemo que “también la erudición engaña”.
He sido constante en mis errores y en mis posibles aciertos
Publicar en 2026 un libro escrito dos décadas atrás plantea un ejercicio fascinante de arqueología personal. Al revisar los poemas de Rosa sin porqué a la luz de hoy, ¿qué sorpresas o distanciamientos has experimentado al reencontrarte con la voz del poeta que eras a principios de siglo?
Es como cuando miras en un álbum las fotos de cuando tenías diez, treinta o sesenta años menos. Sabes que, en apariencia, eras alguien parecido a ti, al menos físicamente, con más pelo, menos arrugas y la misma mirada de desconcierto que veo cada mañana en el espejo cuando me levanto. Te puede gustar más o menos, pero es lo que hay, no lo puedes cambiar. Por eso no quiero corregir (salvo las erratas) los libros anteriores (que no suelo leer), porque sería como retocar las fotos de la primera comunión con Photoshop. ¿A quién vas a engañar? A veces lo curioso (es lo que me ha pasado con Rosa sin porqué) es comprobar que cosas que ahora te preocupan, ya te preocupaban entonces, o sea que, quizá, después de todo, he sido constante en mis errores y en mis posibles aciertos.
Los mejores poemas que he escrito son los que he traducido
Has traducido a figuras colosales de la literatura universal: Petrarca, Ronsard, Shakespeare, Goethe, Hölderlin, Trakl, Brecht, Beckett, Pound, Eliot, Rilke o Basho. Convivir tan íntimamente con la sintaxis y la respiración de semejantes gigantes, ¿de qué forma ha modulado tu escritura a la hora de buscar la palabra exacta?
Lo primero que se aprende al traducir es descubrir que no se trata sólo de lengua, sino de cultura en sentido
amplio y que cada tradición te hace conocer un continente entero y eso es muy útil, porque en un contexto tan inclinado a mirarse el ombligo, saber que el mundo es ancho y ajeno, te baja los humos. Por lo demás, es un ejercicio de humildad muy necesario en estos tiempos de egolatría desatada, racismo y xenofobia. Cuando te enfrentas a escritores de esa talla, lo primero que descubres es lo pequeño que eres a su lado y que más te vale asumir que es mejor seguir siendo un aprendiz con los grandes, que pretender ser un modelo para nadie. Para mí, los mejores poemas que he escrito son los que he traducido.
Nunca he traducido por encargo
Tu labor traduciendo la poesía completa de Samuel Beckett o las Elegías de Duino de Rilke representa un verdadero hito de nuestra cultura. ¿Qué le debe el Jenaro Talens poeta al traductor?
Mucho. Nunca he traducido por encargo (salvo a Hesse, aunque no me arrepiento de haberlo hecho), sino para entender mejor lo que intuía que era muy bueno, para poder profundizar en la lectura. A veces, me habría encantado poder volver a traducir lo que hice mal por descuido o por no conocer tanto la lengua de partida como creí en su momento. La única vez que tuve la oportunidad, fue precisamente con las piezas breves para teatro, radio y televisión de Beckett, que apareció con el título de Pavesas, que traduje enteramente para la segunda edición, pero, por lo general, lo hecho, hecho está.
Mi ignorancia crece cada día; cuanto más leo, menos sé
Eres Catedrático Emérito en las universidades de Valencia y Ginebra y has publicado dos docenas de libros de ensayo en varios idiomas. Al sentarte a escribir versos, ¿resulta sencillo despojarse del bagaje teórico y erudito para dejar hablar a la pura intuición lírica?
Eso no ha sido nunca un problema para mí. No es el profesor quien influye en el poeta, sino el poeta en el profesor. Y así me ha ido. No me quejo. He tenido una carrera que muchos consideran de éxito académico, aunque fuese un “raro” y un “excéntrico”, pero a mí, personalmente, me parecen verduras de las eras. Nunca he reflexionado teóricamente más que en aquello que me preocupaba como escritor. Y si tengo una abundante obra de ensayo es porque como he dicho, siempre he escrito empujado por lo que ignoro y mi ignorancia crece cada día; cuanto más leo, menos sé. Al menos conseguí evitar convertirme en alguien especializado en un tema y seguir siempre dándole vueltas a lo mismo. Si algún hilo une mis trabajos en ese campo es la reflexión sobre una serie de problemas (sujeto enunciativo, procesos de subjetivación, identidad, tiempo, amor, muerte, etc.) aunque los ejemplifique en diversos géneros y autores. Nunca he querido ser un erudito ni nada por el estilo. Siempre recuerdo lo que me dijeron en momentos distintos dos escritores que fueron amigos cercanos: Vicente Gaos y César Simón. Poco antes de su muerte, en 1980, Gaos, que llevaba años embarcado en una edición anotada de El Quijote (en aquellos años, sin ordenadores y nada por el estilo, me enseñó un montón de cajas perfectamente ordenadas con más de 25.000 notas) me dijo: «estoy harto, Jenaro; quiero acabar de una vez y dedicarme a mis poemas, que no serán tan importantes como Cervantes, pero son algo mío». Murió sin acabar la edición. Por fortuna, sus poemas siguen vivos. César, a punto de morir, mientras corregíamos juntos las pruebas del que sería su poemario póstumo El jardín, me confesó: «He dedicado a la universidad mucho menos tiempo que tú y, pese a ello, me arrepiento de no haber priorizado dedicarme a la poesía. No cometas tú el mimo error». Espero no haberme equivocado siguiendo su consejo.
Rafael (Guillén) fue muy importante para mí
Hay una figura fundamental que nos conecta y a la que profesamos un profundo afecto y admiración: el gran poeta granadino Rafael Guillén. ¿Cómo recuerdas tu relación con él, qué enseñanzas dejó su magisterio en tu mirada?
Rafael fue muy importante para mí, no tanto por su obra, que aprecié desde que la conocí, como por su actitud hacia mí. Yo tenía 14 o 15 años y escribía diez o doce poemas al día, algo que hoy me resulta inconcebible. Rafael se lo leía todo, lo anotaba, me decía lo que le parecía bien y lo que le parecía mal y me prestaba libros de su biblioteca, que yo devoraba con un ansia propia de la edad. A mí, esa voluntad de ayudar a un adolescente por las buenas, sin esperar nada a cambio, sólo por compartir con él el amor a este oficio, me parecía entonces lo más normal del mundo. Hoy me resulta insólito, porque no he conocido a nadie, salvo a Vicente Aleixandre, que aceptase perder su tiempo en aconsejar a un imberbe de la manera en que ambos lo hicieron (Aleixandre con muchísimos más jóvenes que acudían, como yo a Velintonia, a esperar un consejo o una ayuda providencial). Mi primer libro, En el umbral del hombre, lo publicó Rafael y, cuando años más tarde, comenzó, lo que hoy considero el origen de toda mi trayectoria posterior, tras los escarceos adolescentes, Una perenne aurora, lo publicó Angel Caffarena, en Málaga, por recomendación de Vicente. Mi obra no tiene mucho que ver con ninguno de los dos, pero sin ellos no existiría. Mi abuela materna, Carmen la Reina, a quien mi hermano Manuel convirtió en personaje literario, decía que quien no es agradecido, es un mal nacido.
Ser extranjero en todas partes tiene sus ventajas
Aunque eres originario de Tarifa, tu vinculación con Granada viene desde la infancia y la juventud, siendo una ciudad decisiva en tu formación humana y literaria. En una vida tan académica e itinerante como la tuya —con estancias tan prolongadas en la Universidad de Minnesota, Madrid, Ginebra o Valencia—, ¿de qué manera sigue latiendo la memoria de aquellos años granadinos en tu poesía? Y, si me permites la delicadeza, ¿sientes que tu obra ha tenido el reconocimiento y el abrazo que merecía en esa tierra?
Siempre consideré un honor el que la casualidad me hiciese ver la luz por vez primera en Tarifa. Es algo que me ha acompañado tanto y de manera tan evidente que, incluso todos los ordenadores, discos duros y demás utensilios informáticos que he ido utilizando a lo largo de mi biografía se llaman así: Tarifa. También es verdad que, como parece que dijo Max Aub, uno es de donde hizo el bachillerato, así que, en el fondo, me siendo tan tarifeño como granadino. Mis padres se trasladaron a Granada cuando yo tenía dos años, mis primeros recuerdos conscientes son de Granada, y, pese a que a los 17 años me fui a Madrid, terminé regresando para licenciarme y doctorarme en la que es mi alma mater, así que, aunque mi partida de nacimiento sólo cite un nombre, debería de incluir dos. Respecto a si he recibido reconocimiento, no creo que tenga mucha importancia. Yo mismo no sé de dónde soy en realidad. Para muchos gaditanos soy granadino, para muchos granadinos, o tarifeño o valenciano (viví en Valencia más de la mitad de mi vida adulta) y para los valencianos, un andaluz que pasaba por allí. Un nómada irredento, sería una buena definición. Y a los nómadas no hay formas de reivindicarlos; ¿en nombre de qué podría hacerse o podría yo reclamarlo? Ser extranjero en todas partes tiene sus ventajas. El nacionalismo nunca ha sido mi fuerte. Me acuerdo de Pessoa, «la patria es el lugar donde no estoy».
Los lugares que sueño existen de verdad
Naciste al borde del Estrecho, en ese espacio de frontera, viento y cruce de culturas, y has proyectado tu mirada hacia el mundo. ¿De qué modo permanece el paisaje del origen filtrado en una poesía de vocación tan marcadamente cosmopolita?
Todas las referencias, conscientes o inconscientes, que aparecen en mis poemas (lo descubrí muy tarde, porque no suelo releer lo que escribo) siempre remiten a dos paisajes que no hay modo de eliminar de mi memoria corporal. Hasta en sueños, si aparece el mar o una playa, se trata de Tarifa; sea flora, fauna y hasta las calles por las que deambulo sin rumbo son siempre granadinas. Incluso si tropiezo con un bache en una acera, el bache es granadino. Cuando a veces voy a la ciudad de mi niñez me sorprende comprobar que los lugares que sueño existen de verdad y hasta los socavones están en el mismo sitio. Es algo que siempre me ha llamado la atención.
Hiperión ha sido mi casa durante décadas
Rosa sin porqué se suma a una larguísima y fidelísima nómina de títulos tuyos —tanto de obra propia como de emblemáticas traducciones— publicados en Poesía Hiperión, la icónica colección fundada en 1975 por Maite Merodio y Jesús Munárriz. ¿Qué valor le concedes a esta fidelidad editorial en un panorama literario tan sometido a las modas pasajeras?
Hiperión ha sido mi casa durante décadas, con un corto intervalo de tiempo que coincidió con mi traslado a Ginebra. He publicado también con otros sellos (mis tres volúmenes de poesía reunida y mis dos Antologías de Letras Hispánicas salieron en Cátedra). También he publicado con Visor, Biblioteca Nueva, Eolas y Olé libros, así como lo hice con Fernando Torres en mis primeros años en Valencia, pero sí es verdad que la mayor parte de mi trabajo en formato de libro independiente ha sido fiel a Hiperión. Lo normal era que, en algún momento regresase como hijo pródigo a mi casa de siempre. El jardín secreto salió con su pie en 2023 y cuando decidí recuperar Rosa sin porqué no lo dudé ni un momento. Y me parece lógico. Tener una editorial y un editor fiel, y Jesús (Munárriz) lo es, que creyó en mí desde el principio, cuando me atacaban por la derecha y por la izquierda, no es fácil y en justa correspondencia intento serle igualmente fiel.
Tu obra ha ido contando con diversas ediciones de tu poesía reunida o completa en tres momentos clave de tu trayectoria. Sin embargo, tras más de medio siglo de creación ininterrumpida y con los títulos sumados en los últimos años hasta estas dos entregas tan recientes, ¿no sientes que se hace necesaria una nueva edición definitiva que englobe absolutamente toda tu producción hasta hoy para poder contemplar la arquitectura global de tu universo poético?
Lo de edición definitiva (o completa) no me gusta ni pensarlo así. Completa será cuando me muera y no tengo la menor intención de hacerlo pronto. Otra cosa sería sacar el cuarto volumen o la poesía reunida (el término completa me produce escalofríos) desde 1958 (fecha de mi primer poema salvado de la quema hasta) 2026, siete décadas ininterrumpidas de dedicación a la poesía, que se dice pronto. De eso sí hemos hablado ya. Veremos si se materializa. Son casi mil quinientas páginas, una barbaridad, como diría mi añorado Martínez Sarrión, «considerando sólo el coste del papel».
Lo más difícil en poesía es sugerir mucho con el menor número de palabras posible
Desde títulos icónicos como El cuerpo fragmentario (1978), Tabula rasa (1985), Orfeo filmado en el campo de batalla (1993) hasta El sueño de Einstein (2015) o La lentitud de los crepúsculos (2021), ¿en qué consideras que ha cambiado de forma más sustancial tu búsqueda poética en estos años?
No creo haber cambiado mucho en el fondo. Mis libros han girado casi siempre en torno a los mismos temas y las mismas preocupaciones, que evolucionaban con la edad, el aprendizaje de nuevos modos de mirar, etc. Quizá he buscado cada vez con mayor intencionalidad aquella máxima de que «menos es más». Despojar mis poemas de todo lo accesorio. Porque lo más difícil en poesía es sugerir mucho con el menor número de palabras posible. Lo aprendí del maestro Samuel Beckett, que, a la pregunta de qué opinaba de textos suyos como En attendant Godot desde la altura de sus piezas breves de vejez, contestó, lacónico: «too many words».
La poesía, por muy minoritaria que sea, goza de buena salud
A lo largo de más de cinco décadas has sido testigo privilegiado de las transformaciones de la poesía española e hispanoamericana. ¿Qué diagnóstico harías de la salud de la lírica actual?
He leído mucho, es cierto, pero no tanto como para predecir nada. Cada época tiene quien la analice y la escriba y así me ha parecido siempre que la poesía, por muy minoritaria que sea, goza de buena salud. A veces escucho lamentaciones de que los y las poetas jóvenes, así en general (como si una época o un colectivo pudiese encerrarse en una generalización tan absurda) escriben peor porque casi no leen. No conozco todo lo que se publica (no doy abasto), pero por lo que sí conozco, no es verdad en absoluto. Hay muchas mujeres, por ejemplo, muy jóvenes que me parecen muy buenas y que escriben de modo distinto a como escribíamos los de mi generación (por fortuna para ellas), porque su mundo es distinto y ven las cosas de manera distinta, nada más. Cito sólo a dos de las últimas que he leído, Olalla Castro y Berta García Faet, pero hay muchas más. Bécquer nunca ha sido santo de mi devoción, así que no me creo eso de que aunque no haya poetas, siempre habrá poesía. Metafísica pura. Lo que sí creo es que siempre habrá quien se arriesgue a dedicar sus esfuerzos a este oficio. El día que eso no ocurra, sí que estaremos perdidos. Significará que nos hemos convertido en robots y que la profecía apocalíptica de Un mundo feliz de Aldous Huxley se habrá hecho realidad.
Llegamos a la pregunta obligada de la sección. Si tuvieras que elegir únicamente tres poemas de toda tu producción para presentar tu poética ante un lector del futuro que jamás te hubiera leído, ¿cuáles escogerías y por qué motivos?
Es difícil autoantologarse, pero, aún a riesgo de equivocarme, elegiría uno de mi adolescencia (Autorretrato 1962), Epitafio (de mi libro La mirada extranjera, 1985) y Destino: la intemperie (de El jardín secreto, 2023). No sé si son los mejores que he escrito, pero dan una idea de cómo mi escritura veía al personaje poemático que se atrevía a llevar mi mismo nombre.
Con dos publicaciones tan recientes en los escaparates como La velocidad de la sombra y Rosa sin porqué, y sabiendo que eres un autor incansable que escribe prácticamente a diario, ¿en qué nuevos proyectos creativos, ensayísticos o de traducción estás inmerso actualmente?
Estoy corrigiendo la versión que he hecho en colaboración con Clara Janés de Las cuartetas del Valais con destino al volumen de los Poemas Franceses de Rainer María Rilke, que junto a nuestra versión de Las Rosas (ya publicada hace años), de Las Ventanas (en versión de Gerardo Diego), de poemas varios (en versión de Gabriel Celaya y Huertos (en traducción de Pilar Carrera, que además escribe el ensayo introductorio y se encarga de coordinar y preparar la edición bilingüe) publicará en otoño Hiperión. He traducido este verano una serie de poemas de Ronsard, un viejo proyecto que llevaba pendiente desde que era un jovencito estudiante de Francés, sin decidirme a llevarlo a cabo, por el mero placer de hacerlo y que me ha encantado. Me espera un prólogo a una antología de poetas tarifeños que debo entregar a final de mes. Para estar de vacaciones no está mal.
Para terminar esta conversación, y cumpliendo con la tradición de nuestra sección en Culturamas, ¿de qué autor o autora te gustaría conocer su “Primera impresión” en estas mismas páginas?
Tomás Hernández Molina, porque, además de ser amigos desde hace más de medio siglo, se ha tomado la molestia de leerse de un tirón todos mis libros para preparar una antología de mis poemas sobre tema granadino que saldrá este otoño y que, por eso mismo (ya te decía que no suelo releerme), conoce lo que escribo mejor que yo.
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Tres poemas de Jenaro Talens
AUTORRETRATO
(Granada, 1962)
No sé si sigo siendo, en el mutismo
de este polvo sin luz, arquitectura
con límite de sombras, la escultura
brotada como un rayo del abismo.
No me puedo encontrar conmigo mismo,
aunque busco mi voz por la blancura
de lo eterno, secreta cerradura
del amor. Ciego mar es mi quietismo.
Vivo dentro de mí, y en mí sostengo
este partir conmigo lo que tengo:
una niñez y un poco de fracaso.
Nada más hay después, uno cualquiera
asomado a vivir, cuando quisiera
beberse, al despertar, el cielo raso.
(En el umbral del hombre, 1963)
EPITAFIO
yesca me han hecho de invisible fuego
Francisco de la Torre
Fui un viejo juglar, y conté historias.
Mi nombre os es indiferente.
Sólo dejo constancia de mi oficio
porque fue oficio quien dictó mis versos
no la pequeña vida que viví,
ni su dolor, ni su insignificancia.
Ella murió conmigo, y aquí yace,
desnuda como yo, bajo esta piedra.
(La mirada extranjera, 1985)
DESTINO: LA INTEMPERIE
Las sendas de la vida suelen ser pedregosas;
las de la muerte, blancas como nieve
sin heridas recientes y sin cicatrices
dejadas por los copos de la soledad.
Para escapar del peso de una noche
que plagia los sonidos del otoño,
reconstruyo los pasos que me han traído aquí.
Un paisaje de musgo y jaramagos
se vislumbra al fondo del camino
y hay un olor a hogueras apagadas
con rescoldos de un haz de ramas secas
que olvidaron su etapa de penumbra.
Ya no empuño el amor como bandera, ni
sigo intentando ser más rápido que el tiempo.
Sólo espero que la memoria de quien ya no soy
no disuelva mi sombra en el atardecer.
(El jardín secreto, 2023)

