La llama y la ceniza  (Antología poética)

Manuel Neila

Editorial Olifante Zaragoza 2026

 

ENTREVISTA A MANUEL NEILA

Por Íñigo Linaje

 

Aunque siempre ha cultivado varios géneros, más que como poeta, traductor o ensayista, a Manuel Neila (Hervás, Cáceres, 1950) le gusta presentarse como hombre, como ser humano, como persona. Y la elección no es gratuita. Alejado de cenáculos literarios, escuelas o tendencias, Neila es un hombre que, por encima de todo, valora su independencia como creador, porque -asegura- se siente incómodo ante el gran público y sabe que el lugar del escritor es otro. “Hay poetas que escriben para publicar y otros que lo hacen con el ánimo de conocerse, que es la diferencia entre el que escribe para verse en el papel impreso y el que escribe porque no puede dejar de hacerlo”, dice en la terraza de una cafetería al lado del parque de la Alameda, en Soria, en cuyo festival, Expoesía 2026, participa estos días.

El autor extremeño, afincado en Madrid desde los 26 años, ha venido a la capital castellana para presentar su último libro, La llama y la ceniza, una antología que ha publicado Olifante (con prólogo de Javier Lostalé y solapa de José Luis García Martín) justo un año después de la aparición de Las horas sucesivas, la reunión de su poesía completa. Autor de seis poemarios, cinco libros de aforismos y varios tomos de ensayo y traducción (Nerval, Baudelaire y Alex Susanna, entre otros), Manuel Neila editó su primer poemario en 1978 y hasta 2005 no publicó su obra reunida, con la salvedad de la antología Las líneas de la vida, en 1996.

Un silencio editorial, que no escritural, que explica de esta manera: “Al derivar en otros géneros, perdí la concentración en la poesía. A partir de 1980, me dediqué a la traducción y el ensayo y comencé una tesis sobre Lezama Lima. En esa época leí a fondo la obra de autores como Aleixandre y Octavio Paz”. Licenciado en Filología Románica por la Universidad de Oviedo, ciudad donde vivió sus años de juventud, el autor ha dedicado toda su vida a la docencia y, desde hace tres lustros, es director de la colección A la mínima, en la editorial Renacimiento. Además, ha realizado ediciones críticas de Montaigne o Ángel Sánchez Rivero y, recientemente, ha publicado La elegancia del desánimo, una selección de los poemas de Juan Benet.

Incluido por José Luis García Martín en la célebre antología Las voces y los ecos, una respuesta a los Nueve novísimos poetas españoles de Castellet, la obra de Neila guarda ciertas concomitancias con otros miembros de su generación como Eloy Sánchez Rosillo o Abelardo Linares. Sin embargo, su poesía -de raíz neorromántica y existencial- aglutina tal variedad de registros formales que la hace única y diferente del resto. Y es que, en La llama y la ceniza, el lector encontrará desde estructuras clásicas como el soneto hasta poemas en prosa pasando por aforismos y haikus orientales.

-Encuentro una diferencia entre el escritor que se pone al servicio del género y el que pone los géneros a su servicio. Si quiero reflexionar me escoro hacia la filosofía o el pensamiento, que va más con mi temperamento; y si quiero expresar mis emociones me dirijo hacia la poesía. Y, dentro de la poesía, intento hacer una simbiosis entre la lírica occidental y la oriental. Entre esos dos mundos busco un espacio común.

Bajo el prisma de esa combinación de poesía y pensamiento, que en ocasiones recuerda tanto a las sentencias de Antonio Machado, Neila ofrece algunos de sus mejores hallazgos. Así, en uno de los últimos apartados del libro, que reúne una treintena de aforismos, escribe: “El tiempo fluye de igual manera para todos los hombres. Y cada hombre flota en el tiempo de distinta manera”. ¿De qué manera ha flotado en el tiempo Manuel Neila?

-De una manera que quiere ser una conciencia vigilante de lo que me rodea. No soy otra cosa que la materia que se piensa a sí misma y piensa el mundo. En el momento que se apague mi conciencia el mundo seguirá existiendo, pero no con mi conciencia propia. Porque cada uno somos parte de esa conciencia general. Y por eso nuestra conciencia tiene que ser una conciencia vigilante y no mecánica; esto es, crítica.

En ese presente continuo que es el tiempo para él, sigue trabajando el autor: en tres frentes. “Estoy haciendo un resumen de mi obra poética, pero también de mi obra ensayística y aforística… Como suelo decir, se van acercando los años oscuros y hay que dejar las cosas claras. Estoy trabajando en esos tres campos y me siento relativamente conforme con el proyecto. Si algo podía aportar a la literatura ya lo he hecho, en un tono menor y personal”. Y aclara, con humildad vehemente, que nunca ha pretendido escribir una obra maestra ni ha albergado ambiciones más altas. Y, de pasada, se refiere a nuestro mundo de hoy, tan lleno de mentiras y conflictos armados: “Lo que estamos viendo en Ceuta, en Irak o en Estados Unidos es insoportable. Nos estamos pasando los Derechos Humanos por la entrepierna”.

Hombre amable y receptivo, mesurado y buen amigo de sus amigos (“La amistad es saber que estamos vivos, porque nos vemos en el otro y el otro se ve en ti”, afirma), la contemplación de la naturaleza y la conciencia del paso del tiempo -que aborda con estoica entereza- son los dos temas que han dado sentido a su escritura. Y los dos aparecen constantemente a través de las páginas de La llama y la ceniza, de igual manera en sus pensamientos aforísticos que en los poemas más contenidos o discursivos. Siempre bajo una mirada transparente y serena, ajena por completo al pesimismo.

-Yo sabía desde muy joven que tenía que morir, y eso te da una dimensión del paso del tiempo y de la fragilidad de la vida… Pero no me angustia la idea de la muerte. He pasado el año anterior por los problemas propios de la edad, con tres intervenciones, y mi mujer y mi hija me decían si no estaba preocupado. Yo les decía que lo único que me preocupaba era dejarlas aquí… Hay que agarrarse a la conciencia del presente, a lo que tenemos ahora, porque el futuro no existe.