Ainhoa Escarti

Desde hace varios años hemos visto de forma generalizada en las diferentes producciones cómo el abanico de tipos de personajes se ampliaba en pos de la inclusión de diferentes razas, géneros, etc. Ejemplo de ello son las últimas producciones de Disney, como la adaptación de La sirenita (2023). También podemos verlo en La casa del dragón (2022) y un larguísimo etcétera.

Comulgo con esa actitud de normalizarlo todo, incluso cuando en producciones como Los Bridgerton (2020) se lleva la historia a un mundo paralelo donde coexistían en la Inglaterra de la época de la Regencia diferentes razas en el mismo nivel socioeconómico. Lo puedo entender si partimos de ficcionar y no de representar la historia.

Conviene establecer con claridad la diferencia entre el pacto ficcional y la reivindicación histórica. En la fantasía o en la ucronía pura, el anacronismo es una licencia estética totalmente válida: el espectador acepta las reglas del juego lúdico y sabe que lo que está viendo no pretende ser un documento fidedigno. El problema surge cuando se abandona ese terreno ficcional y se entra en la recreación histórica pretendiendo reescribir los hechos.

Aquí es donde reside el problema. Está genial y ya era hora de que se intentaran hacer series y películas con personajes femeninos más complejos, con visiones más igualitarias. Pero sí hay algo que no se está haciendo del todo bien: cuando narramos algo histórico que no queremos ficcionar y se impone una igualdad que no era real, estamos contaminando la historia. Y, aunque no lo parezca, es importante, porque estamos omitiendo las razones de todas aquellas personas que lucharon para conseguir lo que ya se tiene y lo que aún queda por conseguir.

Esta práctica tiene un nombre: presentismo. Consiste en juzgar y recrear el pasado exclusivamente desde la moral, los valores y la sensibilidad del presente. Limpiar la historia de sus aristas incómodas para evitar que el espectador contemporáneo se sienta ofendido no hace que las obras sean más éticas; las convierte en productos estériles y desconectados de la verdad humana.

El cine y la televisión sí tienen esa responsabilidad con un espectador que, en muchas ocasiones por falta de contextualización, da por válido lo que le narran. Si en esas ficciones se muestran situaciones de igualdad, ¿qué sentido tendrá para ellos toda la lucha pasada y actual?

Al maquillar los conflictos reales caemos de lleno en la infantilización del espectador. Se asume con condescendencia que el público actual es incapaz de procesar la incomodidad, olvidando una premisa fundamental: representar una injusticia histórica en pantalla no significa defenderla ni hacer apología de ella, sino exponerla con crudeza para poder comprenderla y evitar que se repita.

Series como Mad Men (2007) retrataron el machismo institucionalizado de los años sesenta sin paños calientes, logrando que el mérito y la resistencia de sus personajes femeninos tuvieran un valor real frente a un entorno hostil. Del mismo modo, una película como Figuras ocultas (2016) necesitó mostrar la segregación y el racismo explícito de la época para que el triunfo de sus protagonistas fuera verdaderamente heroico y conmovedor.

Así, el cine, cuando trate de hablar del pasado, tiene la obligación de narrarlo poniéndose las gafas de la época que decide contar; no podemos llevar las de nuestro presente porque contamina un pasado que no se vivió así, que no fue fácil, y perdemos el respeto al testimonio de los héroes que marcaron hitos para cambiar la historia.

Porque si hacemos una serie de los años sesenta, por mucho que nos moleste, tiene que ser machista, porque vivíamos en un mundo machista y racista. No podemos olvidar quiénes fuimos como sociedad porque nos moleste a quiénes somos ahora; el pasado no es un espejo donde nos reflejamos, es un libro donde leemos y revisitamos las decisiones que tomaron otros para que nosotros no caigamos en los mismos errores.

Todo arte es responsable de lo que expresa, y el cine, aunque también es entretenimiento, debe hacerse responsable de lo que decide contar y de cómo lo decide contar.

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