Cristina Osuna

Cien años de soledad cuenta la historia de siete generaciones de la familia Buendía y de Macondo, el pueblo fundado por José Arcadio Buendía y Úrsula Iguarán. Los nombres se repiten de generación en generación y las historias familiares se cruzan constantemente. Hay varios José Arcadios y varios Aurelianos, mientras que el tiempo tampoco avanza siempre de la manera que esperamos. Pasado y presente parecen encontrarse una y otra vez.

Lo que en un libro puede resultar fascinante, en una pantalla puede convertirse en un auténtico laberinto.

Pero ese no es el único reto. En Macondo suceden cosas extraordinarias y sus habitantes las aceptan con una naturalidad que es parte fundamental del universo de García Márquez. Los muertos pueden seguir presentes en la vida cotidiana. Una lluvia puede durar años. Lo imposible aparece en mitad de una escena sin que nadie tenga que detenerse para explicar que aquello no debería estar pasando.

Ahí está una de las claves del realismo mágico: lo extraordinario no necesita romper la realidad. Forma parte de ella.

Y trasladar eso a una pantalla no es sencillo. En un libro, cada lector crea esas imágenes en su cabeza. En una serie, alguien tiene que decidir cómo es Macondo, cómo es la casa de los Buendía, cómo se ve esa lluvia interminable o qué aspecto tiene cada uno de sus personajes.

Netflix asumió ese reto muchos años después de las negativas de García Márquez. Tras la muerte del escritor, en 2014, sus hijos Rodrigo y Gonzalo participaron en el desarrollo del proyecto. En 2019, Netflix anunció el acuerdo con la familia para adaptar la novela como serie. Desde el principio se planteó una condición fundamental: la producción se rodaría en Colombia y en español, con un equipo y un reparto mayoritariamente sudamericano.

No es un detalle menor. Cien años de soledad está profundamente ligada a Colombia y al mundo caribeño de García Márquez. Macondo es un lugar inventado, pero no está separado de la realidad que rodeó al escritor. Rodar la serie en otro lugar o convertirla en una producción pensada principalmente para el mercado anglosajón habría cambiado inevitablemente parte de su identidad.

La serie se rodó íntegramente en Colombia y contó con el respaldo de la familia García Márquez. La primera parte llegó a Netflix el 11 de diciembre de 2024 y estuvo formada por ocho episodios, dirigidos por Alex García López y Laura Mora.

La segunda parte se estrenó el pasado 5 de agosto y añade otros siete episodios. En esta ocasión, la dirección corre a cargo de Laura Mora y Carlos Moreno. Y todavía queda un último capítulo: el Gran Final llegará a Netflix el 26 de agosto, dirigido por Laura Mora. Con él quedará completa la adaptación audiovisual de la novela.

El proyecto, como era de esperar, también ha generado debate.

Y probablemente no podía ser de otra manera. Cuando una novela lleva casi sesenta años formando parte de la imaginación de sus lectores, cualquier adaptación tiene que enfrentarse a algo más que al libro. Tiene que enfrentarse a las imágenes que cada lector ha creado por su cuenta.

La primera parte fue recibida de forma positiva en términos generales, aunque también hubo críticas sobre la manera de trasladar la novela a la pantalla. Para algunos espectadores, su fidelidad al texto era una de sus mayores virtudes. Para otros, esa misma fidelidad hacía que en determinados momentos la serie pareciera demasiado pendiente de reproducir lo que estaba escrito.

Es un debate habitual cuando una novela se convierte en película o serie, pero aquí adquiere un significado especial. En Cien años de soledad, la manera de contar es tan importante como lo que se cuenta. El estilo de García Márquez, su forma de tratar el tiempo y su manera de presentar lo imposible como algo cotidiano forman parte inseparable de la experiencia de leer el libro.

Una serie puede acercarse a todo eso, pero no puede reproducir exactamente la experiencia de estar dentro de la novela.

Y quizá tampoco tenga que hacerlo.

Una adaptación no tiene por qué sustituir al libro. Puede ser otra forma de acercarse a él.

Eso es lo interesante ahora que la segunda parte ya está disponible y el final está a pocos días. Por primera vez, quienes nunca habían imaginado cómo podía ser Macondo pueden recorrerlo a través de imágenes concretas. Y quienes sí lo habían imaginado tienen que enfrentarse a una versión diferente de ese lugar que, durante décadas, solo existió en sus cabezas.

Puede que algunas de esas imágenes coincidan con las que cada lector tenía en mente. Puede que otras no tengan nada que ver.

Y ahí está, probablemente, la parte más curiosa de todo este proyecto. García Márquez pasó buena parte de su vida defendiendo ese espacio entre sus palabras y la imaginación del lector. Ahora, millones de espectadores pueden ponerle un rostro a sus personajes y una imagen a Macondo.

Pero eso no significa que la imaginación desaparezca.

Quien llegue a Cien años de soledad a través de Netflix todavía puede abrir el libro y construir su propio Macondo. Y quien ya lo leyó puede volver a él con unas imágenes nuevas en la cabeza.

Después de casi sesenta años, quizá esa sea la mejor manera de entender esta adaptación: la pantalla ha encontrado su Macondo, pero el de cada lector sigue siendo suyo.

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