Ainhoa Escarti
Ha sucedido. Cannes 2026: llega la primera película hecha con IA (que no completamente realizada por IA, pero es algo que queda muy bien en los titulares). No se proyectó en la Sección Oficial, pero ha sido noticia, que es justo lo que se buscaba.
Hay algo inquietante en Hell Grind incluso antes de saber de qué trata. No son sus criaturas, ni el inframundo al que descienden sus protagonistas, ni siquiera esa sucesión de imágenes imposibles que parecen querer demostrar hasta dónde pueden llegar. Lo inquietante es pensar que, detrás de ellas, no ha habido un rodaje como lo entendemos. Comprender que, pese a sus obvias imperfecciones, es el comienzo de algo. Porque no estamos ante algo anecdótico, sino ante un cambio que viene para quedarse y que supondrá otra forma de entendernos con el séptimo arte.
No se realizó como un rodaje al uso. No hubo actores delante de una cámara. No hubo localizaciones que recorrer, decorados que construir, maquillaje, focos, travellings ni una cámara esperando a que alguien gritara «acción». Hell Grind, dirigida por el kazajo Aitore Zholdaskali y coescrita junto a Adilkhan Yerzhanov, es un largometraje de 95 minutos generado mediante inteligencia artificial y presentado en Cannes, fuera de la Sección Oficial, dentro de las actividades profesionales vinculadas al festival.
Y aquí empieza lo verdaderamente interesante.
Porque llevamos años hablando de la inteligencia artificial como una herramienta que puede ayudar al cineasta. Una herramienta más, como una cámara, un programa de montaje o unos efectos digitales. Pero Hell Grind propone algo distinto: un cine en el que la imagen ya no necesita ser capturada; ahora es generada.

La película fue realizada por un equipo de unas quince personas y, según sus responsables, en apenas catorce días. El coste total no habría superado los 500.000 dólares, incluyendo alrededor de 400.000 destinados a capacidad de procesamiento. Para conseguir los primeros 25 minutos se realizaron más de 16.000 generaciones hasta seleccionar 253 planos definitivos.
Es fácil quedarse con las cifras. Son espectaculares. También lo es imaginar que una película que habría necesitado una infraestructura industrial puede ser levantada ahora por un grupo reducido de personas frente a una pantalla.
Pero quizá esa no sea la pregunta.
La pregunta es qué perdemos cuando dejamos de rodar.
Porque el cine nació de una mirada, sí, pero también de cuerpos. Del cuerpo del actor que ocupa un espacio y del espacio que modifica su interpretación. Del error. De la luz que cambia porque una nube tapa el sol. De la espera. De una mirada que dura medio segundo más de lo previsto. Incluso de aquello que el director no había imaginado y que aparece delante de la cámara. Es decir, tratábamos de imitar la vida, aunque fuera fantasía pura; fingíamos, aunque fuera con pantallas azules o verdes de fondo. Pero algo existía.
La inteligencia artificial puede generar una imagen perfecta. Puede generar una ciudad que no existe, un monstruo que nunca ha sido construido, un rostro que pertenece a nadie. Pero que, a la vez, nos resulta realmente familiar, porque cuando ves el tráiler tienes la sensación de: «Esto ya lo he visto». Puede repetir una escena hasta conseguir exactamente aquello que se busca. Pero precisamente ahí aparece una paradoja: cuanto más control tenemos sobre la imagen, menos lugar queda para el accidente.
Y el accidente ha formado parte del cine desde su nacimiento.

No significa esto que Hell Grind carezca de autor. Al contrario. Hay un director, hay un guion, hay decisiones, selección, montaje y una enorme cantidad de trabajo humano. La IA no se ha sentado a pensar una película y después la ha entregado terminada. El ser humano sigue estando detrás. Lo que cambia es la naturaleza de su trabajo. Ya no dirige necesariamente una filmación: dirige un proceso de generación.
Quizá por eso resulte más apropiado hablar de un cine AI native que de un cine «sin humanos». La máquina no ha sustituido todavía al cineasta. Ha empezado a cambiar aquello que significa serlo.
Y mientras observamos estas imágenes generadas en segundos, quizá convendría recordar algo que el cine lleva más de un siglo enseñándonos: que una película no está hecha únicamente de imágenes.
Está hecha también de presencias.
De personas.
De lugares.
De tiempo.
De aquello que ocurre cuando alguien se coloca delante de una cámara y, durante unos segundos, deja de ser exactamente quien era.
Hell Grind puede ser el principio de una nueva forma de hacer películas. O puede quedar como una de esas demostraciones tecnológicas que dentro de unos años contemplaremos con la misma curiosidad con la que hoy vemos los primeros experimentos cinematográficos.
Pero hay algo que ya ha conseguido.
Obligarnos a preguntarnos qué es exactamente lo que llamamos cine cuando ya no necesitamos una cámara para hacerlo.

