Francisco J. Márquez (Jerez, 1983) entiende la poesía como una forma de habitar el mundo. Vinculado desde muy joven a la docencia y a la escritura, participa activamente en la vida literaria andaluza. Es autor de Pequeños trazos (2017) y Cantar de grillos (2021). Miembro del consejo de redacción de la revista Enverso (Ateneo de Jerez) y presidente de la Asociación Cultural Pie de Página, con Un mismo idioma obtuvo el Premio Gerardo Diego 2025.
Hay que insistir en una pedagogía de la mirada
Javier Gilabert: Querido Francisco, es un verdadero placer darte la bienvenida. Tu trayectoria reciente suma un hito muy destacado con la concesión del Premio Literario Gerardo Diego 2025 de Gobierno de Cantabria por Un mismo idioma. En el título de este libro resuena una vocación de entendimiento y comunidad, de búsqueda de un código compartido frente al aislamiento. ¿Cómo nace este proyecto y en qué momento sentiste que habías encontrado la tónica adecuada para articular este diálogo poético?
Francisco J. Márquez: El proyecto nace de una casualidad. Leía con mis hijos un álbum ilustrado en el que escogía diferentes palabras de otros idiomas que no tenían traducción al español. Y llegó la gracia, porque algunas de esas palabras junto a otras que yo conocía me sirvieron de excusa para escribir un puñado de poemas que miran desde la comunión de la belleza con la vida, sin importar la lengua desde las que están escritas. A partir de ahí se articula el esqueleto del poemario en cuatro estancias desde las que ofrezco mi mirada hacia el mundo a través de la rendija del poema.
José Mateos me ha enseñado a callar
Recibir un galardón cuyo jurado —integrado por poetas y gestores como Marcos Díez, Juanjo Prior y Maribel Garrido— ha reconocido bajo el nombre de Gerardo Diego invita a pensar en las filiaciones y en la labor de orfebrería del verso. En tu caso, la figura de José Mateos emerge como un referente fundamental, tanto en lo humano como en lo estrictamente literario. ¿De qué modo ha influido su cercanía y su magisterio en tu forma de mirar el poema y de entender la honestidad de la escritura?
José Mateos me ha enseñado a callar, a alejarme del poema, a dejar que la emoción palpite por sí sola. Para ello, además del rigor métrico y formal, nuestros dogmas (que yo he hecho míos) son la concentración, el diálogo directo sin ruido ni artificios y un verso sin baratijas ni sensiblería, sin pornografía emocional, simplemente dejando a las palabras hablar por sí mismas, respetándolas y poniendo en valor la sencillez como camino hacia el temblor.
No creo que la poesía tenga un carácter terapéutico
En Un mismo idioma conviven la observación atenta de la cotidianidad y una viva conciencia de la fragilidad. Hay momentos en que el poema parece levantarse como una trinchera cuando el aire pesa o las fuerzas flaquean. Frente al desamparo o la certidumbre de nuestra propia vulnerabilidad, ¿en qué medida la escritura se convierte en un refugio o en una tabla de salvación?
En mi caso no creo que la poesía tenga un carácter terapéutico, me parece una concepción un tanto cursi que
ha hecho daño a la misma y más ricos a Mr. Wonderful y a toda una generación de pseudopoetas de stories. Lo que te salva de la poesía es precisamente que, desde esa contemplación, desde esa mirada pausada y atenta, conseguimos valorar todas esas cosas que la vida nos pone delante y que con tanto ruido o estímulo gratuito no nos paramos a disfrutar ni tasar en su justa medida. La poesía no me salva a mí: me permite salvar del olvido mucho de cuanto tengo.
Tu poesía suele detenerse en los gestos mínimos: el agua de la lluvia contenida un instante en la mano, un pájaro que cae a la piscina o el abrazo que resguarda de la tormenta. ¿Cómo se trabaja la contención para lograr que lo doméstico y lo diminuto adquieran una trascendencia casi sagrada sin necesidad de recurrir al artificio?
Pues de eso sabes mucho tú, porque es como cuidar un bonsái [risas]. El poema comienza a arraigar y a crecer, y quizá la primera contención sea la métrica, que hace de tiesto. Después suelo dejarlo crecer a su aire, aunque la experiencia y, sobre todo, el oído ayudan a tutorizar los versos para que no se derramen sobre el papel. A partir de ahí toca sacar la lupa y la tijera: eliminar todo aquello que sobra, elegir las palabras más cercanas sin caer en arcaísmos y dejarlo reposar. El barbecho es esencial. Luego hay que volver a él y comprobar si el mensaje continúa temblando como lo hacía en nuestra cabeza antes de escribirlo.
Creo que la trascendencia de lo pequeño nace precisamente de esa atención. No se trata de convertir lo cotidiano en algo sagrado mediante el artificio, sino de mirarlo con el suficiente detenimiento como para descubrir lo que ya tenía de sagrado.
Debemos ofrecer espacios para la pausa, la conversación, la lectura y la creación
Eres maestro en la escuela pública y mantienes un compromiso constante por llevar la poesía y la cultura a las aulas a través de proyectos ilusionantes, como es el caso de “Viceversos”. En un tiempo dominado por la inmediatez y el consumo rápido de imágenes, ¿de qué manera logras que tus alumnos descubran el tempo pausado de la palabra y la capacidad de asombro ante lo cotidiano?
La exposición a la palabra es fundamental. Hay que insistir en una pedagogía de la mirada. Nietzsche decía que «aprender a mirar significa acostumbrar el ojo a la calma y a la paciencia, dejar que las cosas se acerquen a nosotros». Eso es precisamente lo que intentamos hacer en proyectos como Viceversos: detenernos ante una imagen, un objeto o una experiencia cotidiana; observarlos, nombrarlos y descubrir que en ellos hay algo que merece ser contado.
Frente a la cantidad de estímulos que recibimos y a la necesidad de reaccionar inmediatamente ante ellos, debemos ofrecer espacios para la pausa, la conversación, la lectura y la creación. En ese propósito, la poesía y las humanidades son nuestras grandes aliadas. Desenchufar al alumnado es, más que un reto, una metodología necesaria para que aprenda el sabor del deleite y descubra la espera como un catalizador de la reflexión, de la duda y del asombro. Porque detenernos a mirar y encontrar palabras para lo que vemos es también una forma de conectarnos con la vida.
La cultura no se construye desde el aislamiento
Jerez cuenta con una vida literaria muy activa en la que ejerces de motor incansable, ya sea desde el consejo de redacción de la revista Enverso en el Ateneo o al frente de la Asociación Cultural Pie de Página. ¿Cómo valoras la salud del panorama poético en tu entorno y qué importancia le das al trabajo en equipo y a la creación de redes culturales en la ciudad?
El panorama poético de mi ciudad no atraviesa, a mi juicio, su mejor momento. Precisamente por eso, desde Pie de Página tratamos de generar espacios de encuentro, creación y difusión, siempre desde una apuesta por la elegancia, el rigor y el cuidado. En cuanto a Enverso, mi querido Sergio Moreno ha desarrollado una labor ingente para convertir la revista en uno de los principales focos poéticos de la provincia.
Ninguno de estos proyectos sería posible sin el trabajo en equipo y sin la creación de redes culturales. La cultura no se construye desde el aislamiento, sino propiciando encuentros entre escritores, artistas, lectores, docentes, librerías e instituciones. Para que esas redes sean verdaderamente fértiles, es necesario partir de unos criterios compartidos y de una filosofía clara: cuidar las propuestas, los actos y, sobre todo, a las personas que los hacen posibles.
Soy un firme defensor de acercar la poesía a todos los públicos y de sacarla de sus espacios habituales, pero acercarla no significa rebajar su exigencia. Cuando hablo de poesía, me refiero a una escritura nacida del trabajo, la lectura, la honestidad y el rigor, y no a productos de consumo inmediato que, bajo una apariencia poética, responden más al narcisismo que a una verdadera voluntad de creación. Abrir la poesía a todos no implica aceptar que todo sea poesía.
Quienes leyeron Pequeños trazos (2017) y Cantar de grillos (2021) encontrarán en Un mismo idioma una voz reconocible, pero también una evolución en el tono. ¿De qué forma ha madurado tu mirada sobre el poema desde aquellos primeros libros hasta este nuevo trabajo?
No sé si debo ser yo quien haga esa apreciación, pero sí creo que es un hecho que en mi voz empiezan a oírse los ecos de otras lecturas, que son las que poco a poco van conformando la mía propia. Intento construir una identidad reconocible sin renunciar a aquellos elementos con los que creo que mejor me escucho. Y, por supuesto, tengo el convencimiento de que esa búsqueda es Ítaca: que el empeño y el tesón por encontrarla son la verdadera meta, y no tanto el hecho de llegar a ella.
Pequeños trazos y Cantar de grillos son los primeros esbozos de mi identidad poética. En ellos hablo desde un yo muy distinto del que soy ahora y, por tanto, los poemas están escritos desde otro prisma, uno en el que a veces ya me cuesta reconocerme. Sin embargo, en Un mismo idioma todavía puede apreciarse parte de aquel andamiaje sobre el que, de alguna manera, sigue sosteniéndose mi voz poética. Que este libro haya sido premiado supone, además de una enorme satisfacción, una forma de reconocimiento a ese camino y, de algún modo, me reafirma en la identidad lírica que he ido construyendo.
La poesía es una manera de vivir
La compasión y la piedad hacia el ser vivo —humano o no— laten con fuerza en tus versos. Hay en tu mirada una atención constante al sufrimiento ajeno y al valor de la empatía. ¿Es la poesía, antes que un ejercicio formal, una actitud ética ante el dolor del mundo?
No sólo ante el dolor. La poesía es una manera de vivir, de considerar sagrados todos los aspectos de la vida, incluido el dolor que a veces nos traspasa y del que uno regresa agradecido, porque es él quien nos pone delante de nuestra auténtica medida, de nuestra fragilidad. Y desde ahí solo nos queda la celebración de este erario que es el tiempo y de esta vida que, a pesar de todos los momentos en que nos enseña los dientes, siempre está dispuesta a entregarnos alguna alhaja en forma de gesto, de horizonte o de paisaje que nos recuerde lo afortunados que somos.
A lo largo del libro se percibe un hilo invisible pero muy firme en torno a la filiación, la paternidad y la transmisión de la piedad a quienes nos suceden. ¿Hasta qué punto la mirada de los hijos nos enseña a nombrar de nuevo la realidad y a reescribir nuestra propia escala de valores?
Los niños poseen una extraordinaria capacidad para contagiarnos su entusiasmo cuando descubren algo por primera vez. Esa disposición para el asombro, que los adultos vamos perdiendo con los años, constituye un auténtico caladero de emociones y una oportunidad para que alguien como yo redescubra vivencias que permanecían dormidas en la memoria. Ser maestro y padre me permite estar muy cerca cuando suceden esos pequeños milagros. La mirada de los niños no sólo devuelve intensidad y novedad a las cosas, sino que también nos obliga a revisar nuestra escala de valores: aquello que juzgábamos importante puede volverse accesorio, mientras que lo pequeño, lo cotidiano y lo aparentemente insignificante adquiere una dimensión nueva. Me siento muy afortunado de poder presenciar esas revelaciones. De hecho, ocupan un lugar especial en Un mismo idioma, pues en una de las secciones del libro escribo precisamente desde ahí: desde la mirada prestada de los niños y niñas que me rodean.
El agua es el camino de la vida
El mar, la lluvia, el agua que se desliza o se escapa entre las manos son motivos recurrentes en tus textos. ¿Qué dimensión simbólica guarda el elemento acuático en tu poética a la hora de medir el paso del tiempo y lo movedizo de nuestras certezas?
El agua es el camino de la vida. Mientras la corriente nos mueve, el camino continúa. Creo que mi poesía nace, en buena medida, de esa intuición: el curso del agua no representa la muerte, sino la vida misma en su transcurrir. El agua es el tiempo sobre el que avanzamos, siempre movedizo, imposible de retener entre las manos. Y quizá por eso nuestras certezas también lo son: cambian, se desplazan, se nos escapan. Solo permanece una: la conciencia de que ese tiempo tendrá un final.
Puedo escribir en cualquier momento y en cualquier situación
Compaginar la docencia, la gestión cultural comunitaria y la creación literaria requiere encontrar espacios de silencio muy acotados. ¿Cómo organizas tu rutina de escritura entre el pulso diario de la escuela y la actividad cultural?
No soy nada rutinario y, de hecho, considero que esa es una de mis carencias. La escritura, al menos en mi caso, no se somete a ninguna sistematización: puedo escribir en cualquier momento y en cualquier situación. Cuando llega la gracia, intento retenerla de alguna manera y después trabajo sobre ese apunte hasta alcanzar el poema. Normalmente lo hago de noche, cuando todos duermen; de ahí que mis ojeras estén cada día más señaladas. Pero, como bien dices, es entonces cuando encuentro mi pequeño coto de silencio.
La docencia ocupa buena parte de mi tiempo y, sobre todo, están mis hijos: su crianza es donde debo poner la mayor parte de mí. La actividad cultural, por su parte, suele colarse entre los flecos de mis quehaceres y, especialmente, durante los fines de semana. En definitiva, vivo con la balanza siempre tambaleándose, tratando de equilibrar tantos frentes y, por supuesto, con la sensación permanente de que los desatiendo todos.
Te pongo en un aprieto: si tuvieras que invitar a un lector a adentrarse por primera vez en el universo de Un mismo idioma a través de tres momentos o composiciones clave del libro, ¿cuáles le indicarías y por qué?
Invitaría al lector a asomarse a un poema de cada sección, no tanto para advertir sus diferencias como para descubrir que, en realidad, las tres forman una sola: distintas maneras de contemplar la vida desde perspectivas que comparten un mismo idioma, el de quien intenta nombrar la belleza.
Como pequeño mapa de entrada al libro, propondría Gurfa, Gorrión y Malas noticias. Los elegiría porque, puestos en diálogo, permiten recorrer las distintas tonalidades de Un mismo idioma y, al mismo tiempo, reconocer la voz que las reúne.
Procuro seguir con los ojos bien abiertos por si la poesía tiene a bien visitarme
Tras el reconocimiento del Premio Gerardo Diego y la puesta de largo de Un mismo idioma, ¿en qué nuevos horizontes de creación o proyectos asociativos te encuentras trabajando actualmente?
Pues me gustaría que Alejandro Martín Navarro se pasara por aquí. Es un autor al que he leído recientemente y que hasta entonces no conocía. Además, no parece tener demasiada presencia en redes, lo que hace aún más apetecible saber algo más de él y de su obra. En su poesía resuenan ecos de autores que a mí también me fascinan, como Eloy Sánchez Rosillo, y posee un verso de gran hondura construido desde una aparente sencillez formal. Esa combinación me atrae doblemente.
Para concluir la entrevista y siguiendo la tradición de esta sección, ¿a qué autor o autora te gustaría invitar a responder a este mismo cuestionario en nuestras páginas?
***
Tres poemas de Un mismo idioma
GURFA
a Almudena
Termino de fregar
los platos del almuerzo.
Es domingo y la lluvia
se arroja a los cristales.
¿Cuánta agua me cabría en una mano?
-Según dicen, los árabes
llaman a esta medida gurfa.
Mi mano aún mojada, con espuma
la entrego al aguacero
y la cierro intentando sujetar
una gurfa de tiempo,
que escapa
de mi puño
igual que todo.
GORRIÓN
Me avisa de que un pájaro ha caído
de nuevo a la piscina.
Aunque no es el primero,
le impresiona.
Sacamos con la red ese grumo sin vida.
En su cuerpo se esbozan varias plumas
con el cielo anegado.
Abre la mano para recogerlo.
-Está frío papá- me dice
mientras
los ojos se le tiñen
con esa tinta húmeda de la misericordia.
Y pienso: esa es la bendición que yo querría,
qué mejor homenaje que esa lágrima
al acabar mi vuelo.
MALAS NOTICIAS
Hay días
en los que todo es noche.
Hay días en que duele
respirar
y en el mar
ya no quedan más tablas
a las que uno agarrarse.
Hay días
de rutina,
de telediarios
sucios,
paleolíticos.
Hay días como truenos en que el único
refugio para mí,
animal tembloroso en la tormenta,
está en la madriguera de tus brazos.

