
El principal problema de las llamadas sociedades avanzadas es el negacionismo: esa repulsiva e inveterada tendencia del ciudadano medio a resistirse a decirle al poderoso que sí… ¡a todo!.
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Empiezas negándote a comulgar con ruedas de molino… y acabas tomando la Bastilla o el Palacio de Invierno. ¡Ojo con eso!
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En todas las constituciones democráticas, debería figurar en su preámbulo, y en letras de oro, esta divisa: «obedecerás a tus gobernantes, aunque sean injustos». ¿Qué otra cosa dijo Solón de Atenas? ᾿Αρχῶν ἄκουε κἂν δίκῃ, κἂν μὴ δίκῃ. Y se le venera como a un santo laico.
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Para el buen ciudadano, su Presidente es Dios en la tierra, un nuevo emperador con un traje distinto según las épocas y los lugares. La diferencia es que, bajo una democracia, dicho culto parece que solo se le rinde si el que manda viste la camiseta de nuestro equipo favorito; de lo contrario… ¡arden las calles!
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La aspiración a que la Verdad sea única e indiscutible, antaño ostentada por la religión, ha sido absorbida por la ciencia moderna. La diferencia es que, mientras que aquella propugnaba certezas eternas (dogmas), esta cambia de opinión… ¡casi todos los días!
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El científico tiene de la realidad la imagen que le permite formarse el instrumental del que dispone en cada momento. Por eso no puede dejar de contradecirse con relativa frecuencia: y es que su visión no puede ir más allá de la técnica vigente… salvo que quiera arrojarse en brazos de la poesía o de la metafísica (a las que ahora se conoce con el respetable nombre de… física teórica).
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Lo que ayer era una verdad avalada por la ciencia, hoy es otra y mañana, otra. Abonarse a la verdad científica, lejos de proporcionar esa certeza empírica que promete, es como hacerlo a un tren sin conductor.
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Ya no es que se nos niegue la posibilidad de poner reparos al informe «científico» del día, es que ni siquiera podemos encogernos de hombros y seguir con nuestras vidas.
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Desde que me dijeron que no era el sol el que se movía alrededor de la tierra, sino el suelo firme que piso, dejé de confiar en mis sentidos: yo ya solo me creo lo que me cuente el poderoso de turno.
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El planeta Tierra, ¿es plano? ¿Esférico? ¿Geoide? ¡Qué sabe nadie! Con poder mantener la vertical cuando camino, me basta y me sobra…
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¡Ves ese punto blanco en la pantalla negra de tu ordenador? ¿Sabes qué es? ¿No? ¡Ignorante! ¡Es un agujero negro! Bueno… o un puñado de píxeles iluminados electrónicamente (que para el caso, si no lo mismo, sí es equivalente).
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En pleno siglo XXI, cuando todo el saber de todas las épocas está al alcance de la mano pulsando una tecla, las cosas no han cambiado tanto: hay quienes siguen empecinados en que solo confiemos en lo que nos cuentan… ellos, solo ellos y nadie más que ellos. Sí, como en plena Edad Media.
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Entre la credulidad de la oca, que se traga todo lo que le inyectan los medios oficiales, y la del conspiranoico, que postula teorías cuya demostración tiene que ser, por su propia naturaleza, indemostrable, los ciudadanos sensatos debemos plantarnos y enarbolar la única bandera que vale la pena izar: la del sano escepticismo y la irónica prudencia, a la misma distancia de la obsequiosidad del siervo y del irredentismo del necio.
Max Brot

