Diego Roel nació en Temperley, Provincia de Buenos Aires, en 1980. Sus últimos libros publicados son:  Kyrios (detodoslosmares, 2016), Las intemperies del mar (detodoslosmares, 2017), Shibólet (Griselda García editora, 2018), Kadosh (detodoslosmares, 2019), El infierno es una bestia callada y triste (detodoslosmares, 2020) Andréi Rubliov (Premio Alegría 2020 del Ayuntamiento de Santander, Ediciones Rialp, colección Adonáis, Madrid, 2020), Los cuadernos perdidos de Robert Walser (Premio Internacional Loewe de Poesía 2023, Visor, Madrid, 2024) El cazador suelta en el aire su corona (editorial Cántico, 2025) y Libro de las razones equivocadas (Premio iberoamericano de Poesía Ciro Mendía 2025, La Garúa, Barcelona, 2026).

Ha colaborado en numerosas publicaciones tanto en Argentina como en el exterior. Actualmente dicta talleres de escritura creativa. Reside en Posadas (Argentina).

 

Los premios no mejoran ni empeoran la escritura de nadie

Javier Gilabert: Diego, qué alegría volver a recibirte en Culturamas y reencontrarnos en esta sección. Tu trayectoria en las letras hispánicas atraviesa un momento de una fecundidad y un reconocimiento excepcionales a ambos lados del Atlántico: desde el Premio Alegría 2020 con Andréi Rubliov y el Premio Internacional Loewe de Poesía 2023 por Los cuadernos perdidos de Robert Walser, hasta el XXVIII Premio Iberoamericano Ciro Mendía 2025 que obtuvo precisamente este Libro de las razones equivocadas, sin olvidar el VI Premio Internacional de Poesía de Fuente Vaqueros en junio de 2026 por Último viaje. Ante una secuencia de libros y galardones de semejante exigencia, ¿de qué modo influye esta visibilidad continuada en tu ritmo de escritura y en la intimidad de tu proceso creativo?

Diego Roel: Trato de que no influya en nada. Y creo que lo logro. Los premios cuando llegan, se agradecen. Pero trato de seguir habitando la periferia, como aconsejaba Valente. Los premios no mejoran ni empeoran la escritura de nadie.

 

Mi vínculo con la poesía española es estrechísimo

Gran parte de estos reconocimientos recientes han propiciado la publicación y circulación de tus libros en España a través de sellos emblemáticos como Adonáis/Rialp, Visor, Cántico y ahora La Garúa. Más allá de la vertiente estrictamente editorial o literaria, ¿cuál es tu relación personal e íntima con España, por qué nuestro país se ha convertido en una geografía de afectos tan constante en tu mapa vital y cómo se enriquece tu mirada en este cruce atlántico?

Mis abuelos paternos son gallegos, mi abuela materna, canaria. Me considero argentino-español. Mi vínculo con la poesía española es estrechísimo. Mi abuela me leía, cuando tenía 11 u 12 años, el Romacero Gitano. Yo no entendía mucho, pero escuchaba la música del poema. También leíamos a Alberti, a Aleixandre, a Cernuda. Descubrí también con mi abuela, a tan temprana edad, a Garcilaso, a Lope de Vega, a Fray Luis de León.  Y a los 16 años conocí al amor de mi vida (risas): San Juan de la Cruz. Y ahí me perdí para siempre en la soledad callada de la poesía. Supe entonces que dedicaría mis días y mis noches a ese oficio o arte sombrío. Aunque te aclaro, y esto lo digo con énfasis, que no me considero un escritor: la poesía no es “literatura”, la poesía es “una emanación de la vida”, como afirma Antonio Gamoneda.

 

Hablar de la concesión del VI Premio Internacional de Poesía de Fuente Vaqueros nos remite inevitablemente a la sombra tutelar de Federico García Lorca. ¿Qué significado ético y estético tiene para ti vincular tu nombre a la geografía sagrada de Lorca y qué huella o resonancia guarda la lírica lorquiana en tu propia concepción del canto?

Bueno, tú sabes, ya lo hemos hablado, que soy un lorquiano empedernido. Lorca era un fenómeno de la naturaleza (creo que así lo definía su amigo Vicente Aleixandre). En una carta, Federico dice: «Mi corazón es un poco de agua pura». Qué más decir. Lo amo profundamente (casi como a San Juan de la Cruz). Estoy contentísimo con el premio. El libro se presentará el año que viene en Fuente Vaqueros, en suelo sagrado…

 

Adentrándonos en Libro de las razones equivocadas, el poemario se articula a través de un monólogo dramático/existencial encarnado en la figura de Doménico Theotocópuli, «El Greco». Tras abordar a figuras como Andréi Rubliov o Robert Walser en entregas anteriores, ¿qué atracción ejercen en tu imaginario estas poéticas del recogimiento, la obsesión, el ascetismo o la heterodoxia creativa?

Nunca tuve en mente armar una trilogía, pero de alguna manera estas tres figuras se me impusieron. Creo que estos artistas tienen mucho en común. El Greco, que en vida fue apreciado por la élite intelectual, humanista y eclesiástica de Toledo, pasó a ser un pintor incomprendido tras su muerte. Hasta bien entrado el siglo XIX era considerado en España un artista de segundo o tercer orden. La crítica juzgaba su estilo caprichoso, excesivo y totalmente extravagante. Hasta la primera retrospectiva del Museo del Prado, en 1902, el Greco vivía, dentro del panorama artístico español, en una especie de forzado exilio. El caso de Andréi Rubliov, activo en los primeros años del siglo XV, es muy parecido. Si bien este humilde monje supo ganarse la admiración y el respeto de sus contemporáneos, después de su muerte su obra cayó en un largo periodo de desconocimiento: la mayoría de sus frescos y murales quedaron ocultos bajo capas de suciedad y sucesivos repintados. Y qué decir de Robert Walser, el escritor que escribe para ausentarse, para hacerse invisible. Estos tres artistas habitaron los márgenes, eligieron voluntariamente la periferia. Los tres lograron atravesar con su obra la delgadísima tela de la realidad inmediata.

 

La maquinaria social reduce a los hombres a números

El título mismo del libro evoca una paradoja o una indagación sobre la lógica del arte frente al mundo: las «razones equivocadas». ¿Es el arte —y en concreto la pintura de El Greco o la poesía misma— un ajuste de cuentas con la realidad a partir de una lógica que el mundo terrenal juzga defectuosa o desmedida?

La maquinaria social reduce a los hombres a números. El mundo se convierte así, como oportunamente denunciara Aldo Pellegrini, en un reducto sin puertas ni ventanas, domine el patrón oro, o domine la burocracia. Creo que no hay nada más peligroso para el artista que el aplauso y el concenso elogioso. La aprobación del público debe rehuirse por encima de todo, propugnaba Andre Bretón. El artista cretense, que vivió en el turbulento ambiente de la Contrarreforma, a caballo entre el Renacimiento y el Barroco, cumplió a rajatabla el aserto del poeta francés.

 

La relación entre la pintura y el lenguaje poético ha sido una constante en la historia de la literatura

En tu escritura es evidente una marcada fascinación por la imagen, tanto en su dimensión pictórica como cinematográfica. En Libro de las razones equivocadas, conceptos como mímesis, non finito, trompe l’oeil, macchia di paese o alla maniera greca nombran no solo técnicas artísticas, sino verdaderas categorías del espíritu. ¿De qué modo la pintura se convierte en una herramienta para ensanchar las posibilidades sintácticas y líricas del lenguaje poético?

La relación entre la pintura y el lenguaje poético ha sido una constante en la historia de la literatura. La écfrasis tiene una importante andadura en la literatura española. La ha tenido durante el Siglo de Oro, y también en las vanguardias y la poesía experimental de los años 60. En nuestros días el poema ecfrástico es, podemos afirmar, un objeto autosuficiente. El poeta ya no se limita a describir el cuadro al que elude, no es un mero cronista de museos. Incluso puede asumir una actitud abiertamente antiecfrástica, puede aportar una versión no mimética de lo que en la obra percibe. En la tradición de la poesía ecfrástica reciente, y no tan reciente, se inserta la obra de José Ángel Valente, Olvido García Valdés (recomiendo mucho la lectura de su libro “Exposición”), Antonio Colinas, Jenaro Talens, Pere Gimferrer, Ada Salas. Todos poetas que admiro muchísimo, y que ensanchan y complejizan en su obra la noción de écfrasis. Aquellos que quieran profundizar en este asunto deberían leer a Luz Aurora Pimentel. Ella aborda el tema respetando toda su complejidad y pluralidad.

 

Tendemos a escindir materia y espíritu

Hay en el libro una cita de Luis de Góngora que sirve de pórtico («El pincel niega al mundo más süave, / que dio espíritu a leño, vida a lino»). ¿Hasta qué punto el acto poético busca, como la pintura de El Greco o la sintaxis de Góngora, una transfiguración de la materia física para alcanzar una dimensión metafísica o sagrada?

Tendemos a escindir materia y espíritu. Lo sagrado se identifica con lo espiritual y la materia con el mundo profano. Yo no comparto esta visión dualista. Desde mi punto de vista lo material no es un obstáculo para acceder a una realidad superior. Y traigo aquí otra vez a Valente. Para él el espíritu es la metáfora de la infinitud de la materia. Lo que el acto poético intenta, casi siempre infructuosamente, es responder el enigma de la inmaterialidad de la materia.

 

Varios textos del libro adoptan la forma epistolar (cartas dirigidas a Giulio Clovio, a Jerónima de las Cuevas o la carta perdida a la pintora Sofonisba Anguissola) o notas al margen (como las escritas sobre el libro de Vasari). ¿Qué te permite el recurso de la interpelación directa o del apunte al margen que no consiga la meditación lírica?

El mónologo dramatizado de alguna manera rompe con el monótono discurrir del monólogo lírico tradicional. El interpelamiento directo, la intimidad de la forma epistolar, le permite al sujeto poético ubicarse en un lugar concreto, anclarse en el tiempo y el espacio. Es un recurso que se impone, creo, en este tipo de libros, vertebrados a partir de personae.

 

A lo largo de la secuencia asistimos al retrato de Toledo, la luz áspera de Castilla, el aislamiento del taller y la lucha contra los encargos o el juicio de los contemporáneos. En una era dominada por la inmediatez y la sobreexposición digital, ¿qué lección de resistencia nos sigue ofreciendo el aislamiento radical de un creador del siglo XVI y XVII?

Nos recuerda aquel pedido de Ezra Pound: «Salid y desafiad a la opinión, / id contra esta servidumbre vegetal de la sangre». Sólo que, ante el vértigo estúpido de tik tok y la inmediatez de los estados de Instagram, urge modificar el sentido de la frase del querido Ezra. El llamado que ahora se impone es: “Entrad y desafiad a la opinión, / id contra esta servidumbre vegetal de la sangre”.

 

La mayoría de las veces el creador no sabe exactamente cómo hace lo que hace

A pesar del espesor histórico y estético del Siglo de Oro en el que se enmarca el poemario, la temperatura del libro resulta asombrosamente contemporánea. ¿Cómo lograste el equilibrio entre el rigor de la reconstrucción de la época y la vibración de una voz poética viva para el lector de hoy?

No sé si lo logré… Pero era esa mi principal preocupación durante el proceso de escritura y corrección. Creo que responder esta pregunta es tarea de críticos, reseñistas y lectores, no del propio poeta. La mayoría de las veces el creador no sabe exactamente cómo hace lo que hace. Pero lo hace.

 

No creo que el poeta deba hablar demasiado sobre la propia obra

Si contemplamos tu trayectoria reciente —desde Kyrios, Las intemperies del mar, Shibólet, Kadosh, El infierno es una bestia callada y triste hasta los títulos publicados en España—, se percibe una coherencia férrea en la búsqueda del despojo y la concisión. ¿En qué consideras que ha cambiado o madurado tu voz a lo largo de este itinerario?

Me cuesta mucho responder esta pregunta. Y me da cierto pudor. No creo que el poeta deba hablar demasiado sobre la propia obra. Pero sí me animo a decirte que hay un momento crucial en la evolución de mi voz. Con el libro Dice Jonás se inaugura el ciclo de las máscaras. Ciclo que se interrumpe en algunos libros, o se interrumpe parcialmente porque el poeta, me parece, siempre habla como detrás de un velo: «Je est un autre». Los libros sin máscara, o con máscara difusa o transparente son: Las intemperies del mar, Shibólet, Kadosh, El agua y la primera luz.

 

El panorama de la poesía hispanoamericana actual es interesantísimo

Como poeta argentino que reside en Posadas y dicta talleres de escritura creativa, además de colaborar en revistas como Círculo de Poesía, ¿cómo observas el panorama de la poesía hispanoamericana actual? ¿Sientes que hay zonas de convergencia o diálogos fecundos entre las jóvenes promociones del cono sur y la lírica peninsular?

El panorama de la poesía hispanoamericana actual es interesantísimo. Se caracteriza por una pluraridad de voces. El eclecticismo y la profusión de estilos es la nota imperante. Por eso es importante, y necesario, separar la paja del trigo. Claro que hay un diálogo fecundo entre las jóvenes promociones de américa latina y la lírica peninsular. Pienso en voces como la de la poeta boliviana Anahí Maya Garvizu y la del poeta argentino Lucas Margarit, de este lado del atlántico, y en las de Laura Rodríguez Díaz y Mónica Picorel, en España. Son poéticas que nacen de una urgencia interior, y que entienden la ruptura y la innovación como un retorno a las fuentes, al espíritu. Ese tipo de poesía es la que me interesa, la que apela a la modulación de voces, a la elipsis, al monólogo dramático, a la reinvención del lirismo para luchar contra el vértigo y la desorientación de estos tiempos de penuria.

 

Llegamos a la pregunta obligada de la sección. Si tuvieras que seleccionar únicamente tres poemas de Libro de las razones equivocadas para sintetizar la esencia y la poética de este libro ante un lector que se acerque a sus páginas por primera vez, ¿cuáles elegirías y por qué motivos?

Elegíría “Autorretrato”, el poema que abre el libro; “Mímesis”, porque de alguna manera creo que resume el programa estético del Greco; y “Carta a Jerónima de las Cuevas”, porque intenta iluminar una zona de la vida del pintor, su vida afectiva, de la que sabemos muy poco.

 

Tras un ciclo creativo tan fecundo en el que se han sucedido obras como Los cuadernos perdidos de Robert Walser, El cazador suelta en el aire su corona, este Libro de las razones equivocadas y la recientísima concesión del galardón lorquiano por Último viaje, ¿en qué nuevos proyectos creativos o de investigación te encuentras trabajando actualmente?

Estoy en una especie de … pausa. Habitando un vacío, dejándome habitar. No sé qué vendrá. ¿Vendrá algo? Estoy releyendo la Divina Comedia. Estoy, entonces, en muy buena compañía. Ahora no quiero nada, no necesito nada más.

 

Para cerrar nuestra conversación, Diego, y cumpliendo con la tradición de nuestra sección en Culturamas, ¿de qué autor o autora te gustaría leer su “Primera impresión” en estas mismas páginas?

Te diré dos nombres: Carmen Crespo y Emilia Conejo.

 

 

 

 

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Tres poemas de Libro de las razones equivocadas

 

AUTORRETRATO

 

Yo,

Doménico Theotocópuli, el Greco,

puse todo mi empeño en expresar

-mediante el dibujo y el color-

lo que en este mundo el otro mundo

me decía.

 

No se dejen confundir por la aparente

extravagancia de las formas. No sean

como los que viendo prefieren no ver.

 

Ahora que la luz no hiere ya mis ojos,

ahora que la melancolía no arroja

sus hojas de rojo espanto sobre mí,

firmo con mi verdadero nombre

el libro de las razones equivocadas.

 

 

 

MÍMESIS

 

¿El pincel niega al mundo?

¿Es más suave cuando más profundamente

roza el lienzo?

¿Mezcla la carne con la sangre?

¿Borra o acrecienta el contorno de las cosas?

¿Se parece a una espada, a un espejo?

¿Es el fantasma de mi mano?

El pincel es mi jinete y mi caballo.

 

 

 

 

CARTA A JERÓNIMA DE LAS CUEVAS

 

Por tu culpa hace meses que no puedo

rezar ni pintar.

Me despierto a la noche con tu nombre

en los labios.

Ya lo ves, fueron vanos mis intentos

de inmortalizar tu rostro en el lienzo:

no consigo imitar con precisión

aquello que trasunta la belleza.

Maldigo el día en que vi tu perfil

en la vereda de la calle Azacanes.

Como una gema, como una fruta en sazón

brillaba en la tarde tu cara.

Jerónima, te pido encarecidamente

que no preguntes a nadie por mí.

Te lo suplico.

Eres una espina en la carne.