La destrucción, de Manel Barriere Figueroa

Kaótica Libros, 2026. Págs. 201

 

Matías Escalera Cordero

Qué sucedería si, repentinamente, las rutinas que componen nuestras vidas en las ciudades del Capital, en las que la inmensa mayoría vivimos en el mundo occidental, colapsaran, desapareciesen en un momento cualquiera, mientras regresamos a casa del trabajo o paramos a echar combustible en una gasolinera cualquiera.

Qué sucedería si ese colapso tuviera un carácter violento y catastrófico, pero no debido a las fuerzas de la naturaleza desatadas, ni a la intervención de potencias exógenas: ni terrestres, virus, guerras nucleares o bacteriológicas, ni extraterrestres, sino a causas desconocidas, sí, pero relacionadas con la lógica interna de las leyes que rigen esas rutinas que componen nuestras vidas en la ciudad del Capital.

En La destrucción, de Manel Barriere, no se novela una crisis parecida a la del mundo de los zombis, no obedece, tampoco, el planteamiento de historias como la de La purga; no, pero algo hay en esta novela común a estos esbozos catastróficos, en los que la cotidianeidad sumisa, rutinaria, tensa y ansiosa, aparentemente pacífica, pero solo aparentemente, se rompe súbitamente y esta ruptura catastrófica obliga a los sujetos a replantearse completamente esas bases rutinarias, aparentemente inocuas e inocentes, pero implícitamente violentas, sobre las que se han basado hasta ese momento terrible de explosiva y brutal explicitud de esa violencia contenida y oculta en nuestras rutinas diarias: en el trabajo, en las calles, en las relaciones familiares, en las relaciones sociales, en nuestro propio interior tenso y roto.

Y esto es lo más original del planteamiento del autor de esta novela, que la violencia explosiva y brutal que acaba con el aparente orden rutinario de las vidas en la ciudad del Capital no estaba fuera de la ciudad o de sus habitantes, sino que esa brutalidad sin aparente sentido ya estaba en ella, en las leyes alienantes y brutales en que se funda el orden en la ciudad del Capital, y ya estaba en las vidas, tensas, ansiosas y rutinarias de sus habitantes.

Si se preguntan qué hace que un joven estudiante tirotee y masacre a sus compañeros y profesores en un instituto cualquiera de los Estados Unidos, pero ya, también, esporádicamente, en algunos países europeos; si se preguntan qué hace que miles de jóvenes y adultos se queden prendado de videos sádicos y brutales en Internet y las redes sociales; si no entienden cómo hay gente que paga por hacer turismo en zonas de guerra y tener oportunidad de matar acaso de modo impune a otro ser humano, como si de una pieza de cacería se tratase; si se escandalizan de que haya reseñas legales en la red sobre la calidad de los servicios sexuales de mujeres objeto de trata de blancas; si no entienden cómo puede haber gente que haga turismo sexual para violar, también impunemente, a menores de ambos sexos y que dichas aventuras se compartan entre amigos y en las redes sociales; si no se inmutan siquiera ante las muertes por agotamiento y accidentes laborales debido a la sobreexplotación de los trabajadores; si consideran normal que los capataces y propietarios violen a sus empleadas en las maquilas y en los campos de fresa; si se asombran de que haya gente que se entretenga quemando vagabundos en los cajeros automáticos y los rincones en los que malviven y dormitan; si han normalizado el comportamiento de las manadas o de las turbas que salen a cazar gitanos o jóvenes menas; si ven lógico que haya que sacrificar a otros para poder vivir mejor nosotros, lean esta novela y comprenderán cómo solo ante el desastre definitivo, quizás, tengamos la oportunidad de contemplarnos, por fin, como los seres brutales y bestiales que ya somos; y, acaso, vislumbremos, ante el desastre definitivo en el que Manel Barriere nos sumerge con su vigorosa escritura, algún modo de cambiar esas leyes que nos construyen y que construyen la ciudad del Capital, y, así, quizás, podamos llegar a evitarlo.