Por Marina Díez. 

Hay días en los que una abre un libro buscando poesía y termina encontrándose con algo mucho más incómodo: la vida. No la vida con mayúsculas, esa que nos prometieron que estaría llena de acontecimientos memorables, grandes amores y futuros luminosos, sino esta. La de los martes. La del café con leche. La de esperar algo que no termina de llegar y descubrir, mientras esperamos, que el tiempo ha seguido pasando.

Ángel González sabía mucho de eso.

Quizá por eso sigue siendo uno de esos poetas a los que se vuelve. Porque no necesita levantar la voz ni disfrazar el poema de trascendencia para hablar de las cosas que verdaderamente nos atraviesan. Le basta con mirar alrededor. Con poner un miércoles donde debería haber un miércoles y, de pronto, convertirlo casi en lunes. Con observar una calle, un tranvía, una tarde cualquiera. Y entonces sucede algo extraño: lo cotidiano deja de ser pequeño.

En Ayer escribe:

«Ayer fue miércoles toda la mañana. Por la tarde cambió: se puso casi lunes».

Y ya está.

O no.

Porque pocas cosas se parecen tanto a estar vivo como esa alteración absurda del calendario. Hay miércoles que son lunes. Tardes que pesan como inviernos. Días en los que aparentemente no ocurre nada y, sin embargo, algo dentro de nosotros cambia de estación.

González consigue hacer poesía precisamente en ese territorio. No necesita que suceda nada extraordinario. Por sus versos pasa gente desconocida, alguien sale a la calle con sombrero, otros meriendan «pan y café con leche». La vida ocurre mientras aparentemente no ocurre nada.

Y quizá ahí esté una de las cosas que más me interesan de su poesía: su manera de pelear contra el tiempo sin fingir que puede vencerlo.

Porque el tiempo está por todas partes en Ángel González. El que pasó y el que todavía no ha llegado. Ayer y mañana. La memoria y la expectativa. Nosotros, mientras tanto, atrapados en medio.

En Porvenir lo resume con dos versos que parecen sencillos hasta que una se queda un rato dentro de ellos:

«Te llaman porvenir porque no vienes nunca».

Hay una ironía maravillosa en esa definición. Llevamos siglos llamando futuro a aquello que esperamos alcanzar, como si mañana fuese un lugar al que pudiéramos llegar. Planeamos. Aplazamos. Imaginamos la vida que tendremos cuando ocurra esto o aquello. Cuando consigamos el trabajo, cuando publiquemos el libro, cuando llegue alguien, cuando se marche alguien, cuando seamos felices.

Pero el porvenir tiene la mala costumbre de convertirse en presente justo cuando conseguimos tocarlo.

Y entonces resulta ser martes.

O jueves.

«Cualquier cosa y no eso / que esperamos aún, todavía, siempre», escribe González.

Probablemente esa sea una de las pequeñas tragedias de estar vivos: esperamos algo excepcional mientras se nos llena la mesa de días normales.

Pero Ángel González no se queda en el desencanto. Y por eso me gusta todavía más.

Porque frente al tiempo que desaparece y al futuro que nunca llega coloca algo extraordinariamente sencillo: la existencia del otro.

Me basta así es, para mí, uno de esos poemas de amor que consiguen escapar de casi todos los lugares comunes del poema amoroso. Comienza con una hipótesis imposible: «Si yo fuera Dios». Podría parecer el principio de una declaración grandilocuente. Sin embargo, González hace exactamente lo contrario.

Si pudiera crear a la persona amada, la crearía igual.

Con su olor.

Con su manera de sonreír.

Con su forma de guardar silencio.

Con su manera de estrechar una mano.

Incluso con su manera de besar.

No quiere una versión mejorada. No quiere una mujer perfecta. Quiere exactamente a esa persona. La que existe.

Y entonces el poema termina convirtiendo el amor en una forma de fe:

«Escucho tu silencio. Oigo constelaciones: existes. Creo en ti. Eres. Me basta».

Hay algo profundamente hermoso en ese «eres».

No serás.

No fuiste.

No podrías ser.

Eres.

Quizá después de haber hablado tanto del ayer que desaparece y del porvenir que nunca llega, Ángel González encuentre precisamente ahí su única certeza posible: alguien está ahora delante de nosotros.

Existe.

Y basta.

Ángel González, una de las voces fundamentales de la Generación del 50, hizo del lenguaje conversacional, de la ironía y de la experiencia cotidiana algunas de las herramientas esenciales de su poesía. Pero las etiquetas literarias explican solo una parte. Sirven para los manuales, para ordenar generaciones y tendencias. Después está lo importante: abrir uno de sus libros muchos años después y comprobar que esos versos siguen hablando de nosotros.

Del miedo a que el tiempo pase.

De nuestra absurda confianza en mañana.

De los días aparentemente insignificantes.

De la necesidad de que alguien permanezca.

Y hay que hablar también del objeto que tenemos entre las manos. La edición ilustrada de Nórdica es impecable. De esas ediciones que entienden que publicar poesía no consiste únicamente en colocar versos sobre una página, sino también en darles espacio, silencio y cuerpo. Las ilustraciones acompañan a González sin invadirlo y el cuidado de la edición convierte la lectura en algo también físico: apetece detenerse, pasar despacio las páginas, volver atrás. En un libro que habla tanto del tiempo, incluso la forma de leerlo parece pedirnos precisamente eso: que vayamos más despacio.

Porque hemos cambiado los tranvías por pantallas y quizá el café con leche por otras prisas, pero seguimos haciendo exactamente lo mismo: recordar lo que perdimos, esperar lo que todavía no ha llegado y olvidar con demasiada frecuencia aquello que está sucediendo.

Quizá la vida sea exactamente eso que sucede mientras esperamos que empiece otra cosa.

Un miércoles que por la tarde se pone casi lunes.

Un poco de pan.

Un café con leche.

Alguien a quien miramos.

Y la certeza, pequeña y enorme, de poder decir:

Eres.

A veces, de verdad, debería bastarnos.