Luis Fernández Mosquera

Reciente aún la victoria de España en el Mundial de fútbol, esta vuelta a la rutina futbolística después del verano parece un buen momento para preguntarse por qué nos entusiasmamos tanto con este deporte en el fondo tan humilde, por qué tantos españoles se han sentido tan concernidos por el desempeño de un reducido grupo de compatriotas en Estados Unidos y por qué a partir de ahora los triunfos y las desgracias de nuestros equipos nos preocuparán tanto hasta mayo o junio.

Una respuesta muy interesante es la que da Santiago Alba Rico en su libro España, básicamente un ensayo sobre cómo relacionarse de manera sana con este país identitariamente tan incómodo a partir de las lecturas de Cervantes y Galdós donde inopinadamente aparecen tres enjundiosas páginas dedicadas a esta pregunta y aun a otra anterior: ¿por qué nos gusta tanto el fútbol? La razón fundamental que da Santiago Alba es, sorprendentemente tratándose de un deporte tan extremadamente apasionado y dado a los estallidos sentimentales, estética, y tiene que ver con un reconocimiento objetivo de la belleza similar al que experimentamos ante una obra de arte: “el fútbol”, dice, “es una forma reglada de dibujar figuras complejas en el espacio y de reconocer, delimitándolo, el espacio mismo como categoría independiente de nuestra voluntad”, definición que hubiera complacido tanto a Mondrian como a cualquier cantero andalusí. Más aún, si nos impacienta un fuera de banda y “nos colma de satisfacción” un gol es también por razones geométricas: “en el saque de banda el espacio se derrite; en el gol se cierra y se consuma”; y, en definitiva, “el fútbol contiene un fondo de belleza objetiva sin el cual no se explicaría su seguimiento «universal»”.

Confieso que no llega a convencerme del todo esta visión tan objetiva y desinteresada del placer, si es que esa es la palabra, que nos produce el fútbol, porque la experiencia común es mucho más apasionada y parcial, y el propio Santiago Alba parece de acuerdo con esta objeción y da por hecho que es necesario como condición previa para disfrutar de un partido de fútbol implicarse en él emocionalmente, como demuestra el hecho de que, cuando no vamos de antemano con uno de los dos equipos, lo elegimos sobre la marcha improvisando cualquier criterio como “el color de las camisetas o el nombre del equipo” (y en efecto: ¿quién podría resistirse a apoyar al César Vallejo en la segunda división peruana).

Así llegamos a la pregunta inicial: ¿por qué nos entusiasmamos tanto con el fútbol? ¿Qué tiene este deporte que no tienen otros para exigir y, más aún, provocar inmediatamente tal adhesión emocional? En su razonamiento, Alba Rico acude a dos conceptos tomados del célebre filósofo palestino Edward Said, los de filiación y afiliación. El primero, la filiación, se refiere a la pertenencia a un grupo dado de antemano dentro del cual llegamos al mundo, por así decirlo, a “aquellos lazos emocionales o afectivos que nos vinculan a una comunidad no elegida, a la que se pertenece de hecho y al margen de la voluntad, como es el caso de la familia o la nación”; la afiliación, en cambio, es electiva y decidida conscientemente, como en el caso de la amistad, el partido político… o, teóricamente, el equipo de fútbol. Pero, por supuesto, es fácil ver que la relación no es tan simple, que no nos limitamos a ir con nuestro equipo, sino que somos de ese equipo, “misteriosísima fórmula ontológica”, dice Alba Rico, con la que expresemos una relación más profunda o al menos más indeleble que otras, o incluso que ninguna otra, porque, como es sabido, en la vida se cambia de todo (nombre, sexo, religión, cónyuge) menos de equipo de fútbol (aunque conozco una persona que sí cambió, y radicalmente, de equipo de fútbol).

Al tiempo, no obstante, es evidente que, en muchos casos, no nacemos en un equipo de fútbol como nacemos en una familia o en un país, sino que lo elegimos, no racional pero sí conscientemente, en algún momento de nuestra vida, con lo cual se da una confusión entre filiación y afiliación que según Santiago Alba solo otros dos ámbitos, el amor y la democracia, tienen en común. Conviene citar por extenso la analogía para no perder precisión en la paráfrasis:

“Mi amada […] ha entrado en mi vida desde fuera y tardíamente y puedo sacarla de ella en cualquier momento; pero mientras la amo la vivo también como «caída del cielo», destinada a mis brazos desde siempre y para siempre, y ello incluso si la eternidad, finalmente, dura solo tres meses o tres años. […] [La] Constitución [es decir, la democracia] es la acción en virtud de la cual una comunidad concreta, unida por lazos filiativos, en este caso nacionales, reafirma sus vínculos mediante un pacto afiliativo consciente que reconoce pero deja atrás la filiación” dando a esa comunidad un conjunto de leyes que garantizan, entre otras cosas, los derechos de quienes no pertenecen filiativamente a ella. Y en el fútbol, por tanto, como en la democracia y en el amor, decidimos, por así decir, sentirnos de la comunidad identitaria o espiritual que forma nuestro equipo o nuestra selección. A este respecto nada más ilustrativo que una anécdota que me contó el propio autor durante una entrevista para la revista Filco y que ilustra perfectamente esta “ilusión filiativa” a la que conscientemente decidimos entregarnos cuando elegimos un equipo de fútbol:

“Como sabes, vivo en Túnez, adonde llegaron muchos libios y subsaharianos cuando empezó la guerra civil en Libia que estuvieron durante meses en un campo de refugiados en muy malas condiciones. Algunos vinieron a protestar a la capital y nos pidieron a algunos militantes que les alojáramos, así que tuvimos en casa a una mujer sudanesa cuyo marido había desaparecido y que vino con sus tres hijos de unos diez o doce años. Y en la cena escucho que están hablando del “klasgu” y están preocupados porque en casa no tenemos televisión. Y yo no entendía qué palabra árabe era esa, ¡hasta que me di cuenta de que era el Clásico! Así que les pregunté si eran del Madrid o del Barcelona y uno de los niños me dijo: “Nos hemos puesto de acuerdo para que mi hermano sea del Barcelona y yo del Real Madrid”. Y fuimos a un bar a ver el Clásico con ellos y fue muy bonito y muy aleccionador ver cómo una afiliación de partida en la que se habían repartido voluntariamente los papeles se convertía en una filiación de lo más seria. Habían decidido que uno era del Madrid y otro del Barça y desde ese momento eran absolutamente coherentes y comprometidos con eso y celebraban los goles con muchísimo calor”. 

Ahora bien, esto explica especialmente bien la relación con nuestro equipo, pero quizás no tanto con nuestra selección, que, al contrario que el club, nos viene ya dada por el país al que pertenecemos, en especial en España, un país mucho más que de clubes que de la selección en el que en gran medida somos de nuestro equipo pero vamos con la selección. Esta idea, por otra parte, ha sido muy señalada en el pasado Mundial, donde un enorme porcentaje de los futbolistas participantes han elegido la selección a la que defendían con el criterio del país de nacimiento, el de acogida, el de origen… o, como en el caso más idiosincrásico de este mundo globalizado, el de Michael Olise, por razones puramente futbolísticas, es decir, sentimentales, apelando a la admiración infantil por el juego de Francia frente a su Inglaterra natal o las selecciones africanas a las que podría haber representado en virtud de su ascendencia. Los casos españoles son también conocidos e importantes, desde Lamine Yamal y Nico Williams hasta Brahim Díaz, que ha cruzado futbolísticamente el estrecho para liderar a Marruecos, y dicen mucho, me parece, sobre la fuerza afiliativa de esta selección, muy superior en este aspecto a la de 2010 porque es mucho más representativa de la España real, plurinacional y plurirracial, del siglo XXI. En ella caben, en efecto, españoles de toda clase y origen, con apellidos de cristiano viejo como Pedro Porro, que bien podría ser vecino de Sancho Panza, hijos de inmigrantes africanos de raza negra y magrebí (no dejo de lamentar que no haya llegado aún a la selección un futbolista de origen hispanoamericano), un grupo muy nutrido de vascos y catalanes con apellidos tan sonoros como Cucurella u Oyarzábal, y también españoles de todo el espectro ideológico, desde el izquierdista comprometido al maguista vergonzante pasando por el indiferente desinformado o incluso el pirado antivacunas de las gafas naranjas.

Diría que esta pluralidad tan representativa de la España contemporánea favorece en grado muy alto la confusión entre filiación y afiliación de la que habla Alba Rico y, en definitiva, una identificación especialmente espontánea con esta selección que permite que nadie, ni siquiera un izquierdista acendrado como él, sienta una íntima incomodidad al ser felicitado en su condición abstracta de español, como confiesa que le ocurrió en 2010. (Y añadiría aún que la alegría de esta ocasión, aunque menos entusiasmada para quienes vivimos ese primer mundial, ha sido posiblemente más inocente y desprejuiciada porque estos jugadores no son tan buenos, no los dábamos por favoritos indiscutibles, y eso ha añadido a la victoria los placeres de la simpatía por el débil y del obsequio inesperado).

Entonces, ¿nos hemos sentido los españoles esta vez, como cabría esperar, más felices, más unidos, más exultantes que en 2010? Mucho me temo que no, que dieciséis años de polarización y desconfianza creciente han impedido en buena medida que el gol de Ferran Torres generara la misma ilusión de consenso y comunión fundacional que el gol de Iniesta. A fin de cuentas, el fútbol es, si se quiere, la más importante de las cosas que no son importantes, sí; pero no es, pese a todo, importante, y su fuerza palidece frente a la erosión continuada de los lazos filiativos que construyen una comunidad democrática.