Por Andrés González-Barba.

En un panorama literario donde el erotismo suele oscilar entre la provocación y la confesión descarnada, Teresa Floro ha encontrado una voz propia que reivindica el poder de la sugerencia. Periodista de profesión y escritora por vocación, concibe la poesía como un espacio donde el deseo, el amor, la pérdida y la esperanza conviven con una reflexión sobre las relaciones humanas en una sociedad cada vez más marcada por la inmediatez y la superficialidad.

Su primer poemario, Secretos empolvados, publicado por Ediciones Sakana, ilustrado por Paloma Ripollés y con prólogo del escritor y periodista Andrés González-Barba, se ha convertido en una de las propuestas más singulares de la nueva poesía de los últimos años. Lejos de buscar la provocación gratuita, sus versos invitan al lector a descubrir distintos niveles de lectura, una escritura «por capas» en la que cada poema cambia según la experiencia vital de quien lo lee. El libro, ya en su segunda edición y con más de seiscientos cincuenta ejemplares vendidos, ha recorrido numerosas ferias literarias y presentaciones, consolidando una trayectoria que combina la creación con una intensa labor de difusión cultural.

Comprometida con acercar la poesía al gran público, Teresa Floro defiende una literatura capaz de emocionar sin renunciar a la reflexión, convencida de que los versos siguen siendo una herramienta privilegiada para explorar aquello que permanece oculto bajo la superficie de las palabras y de los afectos.

 

—En Secretos empolvados el deseo aparece constantemente, pero nunca como un fin en sí mismo, sino como una puerta hacia emociones mucho más complejas: el amor, la pérdida, la nostalgia o la transformación personal. ¿Dirías que el erotismo es el verdadero tema del libro o simplemente el lenguaje con el que hablas de otras cosas?

—Es el lenguaje del poemario y mi universo poético propio. Considero que la muerte en vida es la falta del deseo, cuando la apatía persiste y la indiferencia se vuelve profunda el ser humano es secuestrado por la vida. Ahí es cuando se acaba la esperanza de la motivación y el deseo y solo nos queda esperar la muerte física. Y por deseo me refiero al sentido más amplio de la palabra: cualquier anhelo que activa las ganas de vivir, de superarse y que, para lograrlo, nos alienta a intentarlo y, por tanto, todo ello implica una poderosa acción, incluso un arduo trabajo de disciplina y de adquisición de nuevos hábitos. «Desear» de forma activa impulsa a la acción de lograr lo deseado —algo o alguien, o que tenga lugar cierta circunstancia o se haga realidad—.

Por cierto, según mi experiencia, a veces el deseo es tan intenso que termina convirtiéndose en obsesión. Profundizo en mi poemario en todas estas cuestiones y además hago referencia a la muerte como la antítesis del deseo.

Y en cuanto al impulso sensual en sí mismo, el término deseo es muy poderoso porque, en mi caso, se convierte en el combustible de mi inspiración literaria y, a su vez, logra que, ante una situación cotidiana, un objeto o una persona, nazcan pensamientos inexplorados.

—Defiendes una poesía sensual y social, una combinación que no es demasiado frecuente. ¿Crees que la poesía ha renunciado demasiadas veces a hablar del cuerpo o, por el contrario, que hoy se habla demasiado del cuerpo y demasiado poco del alma?

—Los dos extremos no son nada buenos, a mi juicio. Mi expresión artística es la poesía, la mejor forma de manifestar mi desencanto por una sociedad superficial donde se hace patente la falta de equilibrio entre el cuerpo y el alma. En los versos que escribo pongo en evidencia las incoherencias del ser humano de lo que expresa, siente, piensa y hace. Al lector le he encomendado la dura tarea de mirarse a sí mismo para resolver esas contradicciones a través de la reflexión acerca de su propio modo de entender el deseo.

—En varias ocasiones has explicado que escribes «por capas», de manera que un mismo poema puede ofrecer distintas lecturas según la experiencia vital del lector. ¿Escribes pensando conscientemente en ese segundo o tercer nivel de interpretación o surge de manera natural durante el proceso creativo?

—Surge de forma natural porque en la vida todo es relativo y cada circunstancia o vivencia contiene numerosos matices. Una misma persona no suele pensar de igual manera en diferentes etapas de su vida. Y condensar en unos pocos versos tanto conocimiento adquirido —parte del cual está muy fijado en la conciencia colectiva— es el camino más viable que he encontrado desde mi interior.

—En tu obra hay una crítica bastante evidente a lo que llamas el «amor líquido», a unas relaciones cada vez más rápidas y superficiales. Sin embargo, ¿no existe el riesgo de idealizar el pasado y pensar que antes se amaba mejor que ahora?

—Mejor dejar al pasado donde está, en el pasado. En todas las épocas hay pros y contras. Hay personas que no han encontrado el equilibrio entre el deseo y la emoción y muchas que sí lo han hallado no han sabido mantenerlo en el tiempo. Por suerte, algunos privilegiados sí lo han hecho y esos momentos merecen ser vividos. Ese desequilibrio se produce por represión de la sexualidad o el deseo o bien, por todo lo contrario, por la consumición de cuerpos hasta dejarlos cadáveres emocionales tirados en el camino sin el más mínimo remordimiento. Quiero seguir creyendo que el deseo y el amor bien entendido mueven al mundo.

—Has dicho que escribes «al revés»: no partes de una vivencia concreta para llegar a lo universal, sino que tomas los grandes temas de siempre y los haces pasar por tu propia mirada. ¿Qué ventajas tiene ese camino frente a la poesía más confesional o autobiográfica?

—Muchos de nosotros nos hemos reinventado o hemos empezado de cero porque la vida nos ha obligado a ello, muchos de nosotros nos hemos enamorado de alguien y no hemos sido correspondidos, muchos de nosotros hemos sentido el dolor de la pérdida de un ser querido, algunos de nosotros hemos tenido un sueño erótico con alguien cercano que en la vida real no tenemos ningún deseo, etc. Los poemas pertenecen a los lectores, con sus experiencias vividas y sus interpretaciones más íntimas.

—Tus poemas están atravesados por el deseo, pero también por una cierta contención. ¿Dónde está para ti la frontera entre el erotismo literario y la provocación gratuita?

—Insinuar es más efectivo que enseñar. Por esta razón, los poemas cuentan y callan a la vez. El lector tiene que conseguir leer entre líneas. Una vez que se adentra en mi universo creativo entiende más de lo que pudo imaginar. Estoy muy feliz de que personas desconocidas me hayan escrito para decirme que quieren conocer más acerca de ese universo diferente que he creado para las que quieran permanecer en él. Para entrar y quedarse se requiere estar cómodo en ese universo poético, de ahí que puse el límite. Me desagrada la provocación gratuita, porque los temas tabúes se merecen que se cuenten o se muestren con respeto y sensibilidad.

—En una época en la que muchas relaciones parecen medirse por su inmediatez, tus poemas reivindican la espera, el misterio e incluso el tabú. ¿Crees que hemos perdido la capacidad de sugerir y que vivimos en una sociedad donde casi todo necesita mostrarse de manera explícita?

—Lo explícito tiene una muerte rápida, porque cuanto más explícito sea algo, más entra en escena el aburrimiento o la desidia a la larga. Lo implícito y, a su vez, suficientemente comprensible, necesita pensamiento, reflexión y, por tanto, queda fijado en la mente.

—Además de periodista, eres una persona muy implicada en la difusión de la literatura a través de recitales, ferias del libro y encuentros con lectores. De hecho, tu labor al frente del Grupo Poético de Estepona está siendo fundamental desde hace años para dinamizar la vida literaria de la ciudad. ¿Qué has aprendido de ese contacto directo con otros poetas y con el público?

—He aprendido mucho más que en los cinco años de carrera universitaria de Periodismo. Todos los implicados en el Grupo Poético de Estepona hemos evolucionado en nuestros estilos literarios, a través del fomento de una personalidad poética propia e intransferible. También hemos conseguido, con mucho esfuerzo, transmitir la poesía para que sea bien acogida por el gran público, que no sea exclusiva de unos pocos intelectuales. Nos hemos sorprendido de que cientos de personas de distintas edades y nacionalidades hayan respondido a nuestras convocatorias, cada miércoles, de reunirse en una plaza al aire libre para disfrutar de la poesía durante horas, con toda la ilusión del mundo. Para ello hemos combinado el talento literario con el espectáculo. Agradezco a todos los escritores que forman parte de nuestro grupo poético porque sin ellos no existiría dicho grupo ni tampoco hubiéramos llegado a tanto como escritores a nivel individual. El dicho de «la unión hace la fuerza» cobra aquí todo el sentido del mundo. Doy las gracias al propietario de la enoteca Take a Wine y a sus padres, quienes nos han facilitado todo lo necesario para que estuviéramos durante estos años en dicho establecimiento y en la plaza. Son parte de nuestro grupo y grandes amigos. También a la librería La Pluma, que desde hace unos meses nos ha acogido para continuar nuestro trabajo de difusión de la literatura.

—A menudo se dice que la poesía vive de espaldas a la sociedad y que interesa a muy pocos lectores. Sin embargo, tú llevas años empeñada en sacarla de los círculos especializados. ¿Qué crees que necesita la poesía para volver a convertirse en un fenómeno verdaderamente popular?

—Que el lector tenga la paciencia necesaria para reconocer que la poesía ha de ser sentida, no entendida al completo. En la poesía nos comunicamos con un lenguaje diferente y, si conseguimos habituar a la población en general a este lenguaje, ya hemos ganado.

—Has afirmado que la creación literaria puede establecer conexiones muy profundas entre personas destinadas a encontrarse. ¿La literatura puede llegar a crear vínculos emocionales más intensos que muchas relaciones nacidas fuera de los libros?

—Escribí este libro porque, cuando caminaba con una amiga por la arena de la playa y me detuve para sentarme en una piedra de gran tamaño, conocí a la persona correcta para mis historias de ficción. El encuentro fortuito duró solo un instante. Esa persona me provocó un clic en el cerebro, me llevó a algo no resuelto de mi inconsciente y, sin saberlo entonces, se convirtió en mi inspiración literaria por la intensidad de la conexión. Si no la hubiera conocido y, a pesar de que escribo poesías y relatos desde pequeña, no hubiera publicado nunca. Ese breve momento, de forma imprevista y sorpresiva, lo cambió todo para bien porque encendió en mí la llama del deseo de poner el foco y la atención plena en mi propósito de vida.

Ilustración de Paloma Ripollés- ojo

—Las ilustraciones de Paloma Ripollés forman parte de la identidad de Secretos empolvados. ¿Hasta qué punto esas imágenes dialogan con tus poemas? ¿Las entiendes como una interpretación de tus versos o como una obra artística que adquiere vida propia?

—Las dos opciones son correctas. Con Paloma tuve una conexión artística inmediata. La conocí en un encuentro empresarial en un hotel y sus cuadros estaban expuestos allí. Desde que contemplé el primero me entró la urgencia de ir a conocerla en persona y ese mismo día nació una gran amistad y respeto profesional por ambas partes que durará toda la vida. Era obvio que fuese mi ilustradora y la autora de la portada de Secretos empolvados. Ella ha sabido entender mi poesía a la perfección y creó una obra artística en torno al poemario que adquiere vida propia y que, a su vez, dialoga con mis poemas.

—Tras la buena acogida de Secretos empolvados y su segunda edición, ¿has sentido en algún momento la presión de escribir un libro diferente para sorprender al lector o prefieres seguir profundizando en el territorio poético que ya has hecho tuyo?

—El siguiente poemario, que todavía no está publicado, es muy diferente al anterior. Sigo profundizando en mi territorio poético porque, como he mencionado antes, estoy expandiendo ese universo poético para dar cobijo a los lectores que se encuentran cómodos en él y pueda ayudarles a activar o aumentar la intención de evolucionar en sus vidas.

—También estás inmersa en la escritura de tu primera novela. ¿Qué puede ofrecerte la narrativa que no encuentras en la poesía?

—En la poesía es donde me siento más cómoda. Entiendo que resulta fundamental explorar el campo de la narrativa, porque es la opción idónea para las personas a las que no les apetece asomarse al género de la poesía. En la novela me estoy tomando mi tiempo, preparándome con disciplina y recibiendo mentorías de escritores que ya han publicado novelas de una calidad extraordinaria, como Teresa Potoc, Julio Peces Ruiz y Andrés González-Barba.

—Después de tantos años escribiendo, ¿cómo definirías en una sola frase el acto de crear un poema?

—La necesidad de expresar mi realidad en el universo poético creado y compartirla con quienes sientan que tienen que vivirla. Creo que les hará bien.

—Tras todas las experiencias vividas desde la publicación de Secretos empolvados —presentaciones, encuentros con lectores, reconocimientos y nuevos proyectos—, ¿qué te gustaría que permaneciera cuando, dentro de muchos años, alguien abra este libro por primera vez?

—La sorpresa en la lectura, la emoción, la pasión e intensidad, la genuinidad y el fuerte deseo de vivir y de sentirse vivo.

 

Dos poemas

La templanza de fuego con alas inmensas
Viniste a incendiar aún más el ardor de mi cuerpo.
Había olvidado ya mi propósito.
Había dejado de sentir el fuego a máxima temperatura.
Lo hiciste
sencillo, contundente y armónico,
echando la carne en el asador
con dos grandes copas de lava
exentas de amargura.
Viniste con la energía de un ángel dócil
que bate sus alas inmensas
y que me suplica paciencia,
con la promesa
de que algún día
todo
llegará a su comienzo.
Al tiempo que me ordenas mesura,
desciendes las yemas de tus dedos
por mis muslos
para hacer balance
de cómo va la situación
entre nosotros.
Solo con tocarme y poner a prueba tu tacto
percibes el olor a mí al instante,
ese que te resulta tan agradable.
Sabes que te has ido al filo
de la cuestión
y por otro lado,
sé que no das puntadas sin hilo.
Así estamos enzarzados
en lo que te recorre la mente
y mis labios no dicen.
Luego tus gestos no verbales se pronuncian
y me invitan a escondernos en la luna.
Mientras, yo quiero
que bajes del cielo,
y que te quedes conmigo
para poder consumir en la tierra
las últimas cerillas de placer
que quedan encendidas,
bajo el polvo que nos envolverá
y en el que nos convertiremos
en última instancia.

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Estar en el banquillo

Hay atenciones líquidas que empapan
los mensajes estuosos en línea
enviados de madrugada
a hurtadillas,
a media luz,
con esos ojos velados
y el cerebro vendado.
Van persiguiendo
un medio interés para tantear
si, por si acaso,
aún te deseo
como crees que mereces.
Solo te sientes atractivo
si me ves en el banquillo
tanto tiempo
y más.
Tú sigues altivo,
esperando que me ilusione
con la promesa de vernos pronto
en persona.
La realidad es más digna
que el paraíso sexual
que nos has inventado
con dígitos y caracteres
durante miles de noches.
Tu forma digital
de ganar autoestima
para a ir a trabajar contento
cada mañana
te devora,
te aleja a fuego lento
de lo que significa
zambullirse
en una vida
bien vivida
con fusiones,
pulsiones
y manifestaciones
a pleno rendimiento corporal
entre ambas partes
concernientes.

~