Por David Farré /
Hay festivales que simplemente trasladan un cartel de un lugar a otro. Y hay otros que intentan construir algo nuevo en el trayecto. La primera edición barcelonesa de Cosquín Rock pertenece, al menos por intención, a la segunda categoría. El histórico festival argentino llegó a Barcelona dispuesto a tender puentes entre escenas, generaciones y geografías musicales, y encontró para hacerlo un escenario difícilmente más apropiado: el Poble Espanyol.
Cuando comienza a caer la tarde sobre Montjuïc y las luces del escenario empiezan a ganar terreno a la luz natural, el Poble Espanyol adquiere una condición casi cinematográfica. Las calles de piedra, las pequeñas plazas y las fachadas que rodean el recinto convierten el paseo hacia el escenario en parte de la experiencia. No es un festival perdido en una explanada ni una sucesión de escenarios impersonales: aquí la música convive con un espacio que tiene memoria, textura y carácter.
Y el 3 de septiembre, con The Ripples, Estelares, Hinds y Siloé, esa mezcla funcionó especialmente bien. Cuatro bandas con distintas maneras de entender el rock.
Los encargados de levantar el telón fueron The Ripples, que afrontaron con solvencia esa ingrata misión de tocar cuando todavía queda público llegando, conversando y descubriendo el recinto. Su propuesta sirvió como primera toma de contacto con una jornada que iría ganando intensidad progresivamente.
Estelares introdujeron ese acento argentino con toda la carga sentimental del rock rioplatense. La banda de Manuel Moretti aportó experiencia y canciones concebidas desde una tradición en la que el rock nunca ha estado demasiado lejos de la canción popular. Su presencia tenía algo de declaración de intenciones: Cosquín Rock no había venido únicamente a traer nombres, sino también una determinada manera de entender la cultura rock.
Llegaron Hinds para cambiar el voltaje. La banda madrileña convirtió el escenario en una pequeña tormenta de guitarras, actitud y electricidad. Carlotta Cosials y Ana Perrote demostraron por qué su directo funciona tan bien en un contexto festivalero: canciones inmediatas, energía física y una capacidad natural para hacer que el escenario parezca más grande de lo que es.
Pero la noche tenía todavía un último capítulo, el que la mayoría esperaba, era el turno de Siloé.
Su aparición sobre el escenario, el ambiente cambió de inmediato. No porque el resto de la jornada hubiera carecido de intensidad, sino porque la banda vallisoletana posee una virtud especialmente valiosa en un festival: sabe convertir canciones pop en momentos colectivos.
Fito Robles no salió simplemente a interpretar un repertorio. Salió a buscar al público.
El comienzo con “Terrorismo emocional” fue toda una declaración de principios. Ritmo, electrónica, guitarras y una melodía reconocible desde los primeros compases. Después, “Si me necesitas, llámame” terminó de romper la distancia entre escenario y pista. El público ya no observaba: cantaba.
A partir de ahí, Siloé construyó un repertorio que avanzó entre la energía y la emoción, alternando algunos de sus temas más recientes con canciones que ya forman parte de su particular cancionero de directo. “Las palabras”, “Búfalo”, “Reza por mí”, “La oposición”, “La verdad” y “Súbeme al cielo” fueron alimentando una dinámica que la banda conoce bien: dejar que cada canción prepare el terreno para la siguiente.
No hay demasiados secretos en la fórmula, pero sí mucho oficio. Siloé ha entendido que el indie-pop contemporáneo no tiene por qué renunciar al músculo del rock, ni la electrónica a la emoción. En directo, esa combinación adquiere todavía más sentido. La banda suena grande, pero no distante; ambiciosa, pero no aparatosa, y en el centro de todo está Fito Robles.
Fito Robles pertenece a esa clase de vocalistas que parecen sentirse más cómodos cuanto más cerca está el público. Se mueve, provoca respuestas, canta mirando hacia las primeras filas y entiende que un festival se gana tanto con las canciones como con la capacidad de crear un momento.
Su relación con el público fue creciendo durante el concierto hasta alcanzar uno de sus puntos álgidos en “Sangre”, la colaboración de Siloé con Viva Suecia. Pero la auténtica apoteosis llegó con “Todos los besos”.
Era difícil imaginar un cierre más apropiado. La canción convirtió el recinto en un gigantesco coro. Durante unos minutos desaparecieron las categorías habituales de cualquier concierto: artista y espectador, escenario y pista, banda y público. Solo quedó una canción cantada a muchas voces. Y quizá ahí esté la verdadera medida de un buen directo.
Fotos: Cosquin Rock





