Ainhoa Escarti
Somos unos mirones, unos voyeurs profesionales desde los comienzos de nuestra especie. Los libros hablan de otras personas y realidades; las canciones, el cine, nuestra cultura y ocios comunes nos hablan de otros. Entonces, ¿cómo no íbamos a vernos envueltos por el siguiente giro de tuerca: los realities?
Desde hace más de veinte años se han ido haciendo un hueco en nuestras vidas, en nuestra cultura, normalizando casi del todo ese «mostrarse gratuito» que trajo al mundo las redes sociales que nos rodean a diario.
¿Por qué nos gusta mirar a los demás? Quizás envuelto en ello hay cierto regusto por regodearse en ser mejor, ejemplos de otras vidas que no vamos a vivir porque no son las nuestras, simplemente nuestra esencia cotilla, o ¿hay algo más?
Desde que somos bebés nos gusta estar con los demás, siendo así socializar una necesidad humana que no solamente nos hace sentirnos menos solos: con el grupo el individuo aprende, evoluciona. Las modas, la cultura, las ideas se fraguan en eso que sucede cuando interaccionamos con los demás. La base de nuestra vida, si nos paramos a observarla cinco minutos, es sin duda el trato con los demás humanos (y a veces, también animales).
Por mucho que los realities sean tachados de sensacionalistas, televisión o «cultura basura», etc., siguen en nuestras pantallas, continúan por alguna razón que nos hace no poder dejar de mirar.
Quizás la mejor reflexión que se haya hecho de este mundo de mirones y observados sea el final de El show de Truman (1998) —alerta de spoiler—, cuando al final él sale de su burbuja y sus mirones simplemente se preguntan qué hay en otro canal. Justamente esa es la cuestión: mirar qué hay en otro canal en busca de más contenido. Buscan más contenido en su afán por seguir consumiendo más, por probar otras vidas, engancharse a otros mundos ficticios o reales.
Los realities, de todas formas, no nos engañemos, no son hábitats no controlados donde todo sucede con naturalidad. Son también ficción guionizada por los que los producen y saben si es X o Y o lo que va a atraparnos más frente a las pantallas. El contenido de los realities, real o no, por extensión no se trata de nada más y nada menos que de aquello que queremos ver.
Ese artificio, sin embargo, ha terminado por desbordar el marco del televisor para colonizar nuestros propios bolsillos. Con la explosión de Instagram, TikTok o los directos en plataformas, la barrera entre el público y el concursante se ha disuelto por completo: ya no solo consumimos la intimidad ajena desde el sofá, sino que nos hemos convertido en los guionistas, directores y protagonistas de nuestro propio micro-reality. Emitimos fragmentos editados de nuestra rutina, medimos el impacto en cifras y esperamos ansiosos la validación ajena en forma de likes, transformando la vida cotidiana en un plató perpetuo donde todos, en el fondo, competimos por no ser expulsados del feed.
¿No sería ahora un excelente momento para encender la televisión, buscar por internet, ver un reality de moda y reparar en lo que nos estamos convirtiendo como sociedad, como especie?

