Los geranios que siguen floreciendo.
Por Marina Díez.
Hay libros que construyen un paisaje. Otros levantan una casa. Los geranios descosíos (Accésit Adonáis 2025), de Rocío Angulo Dorado, hace ambas cosas: convierte una vivienda familiar en un territorio simbólico donde el duelo, la fe y la memoria femenina conviven sin imponerse unas a otras.
Desde la dedicatoria —«A mi abuela Julia, porque sé que allá donde esté sigue cuidando de los geranios de esta tierra»—, el lector comprende que esos geranios no son únicamente una planta. Funcionan como una herencia. Como un hilo que une generaciones de mujeres. Como aquello que permanece vivo cuando quienes lo cuidaban ya no están.
El poemario se articula alrededor de esa ausencia.
La muerte de la abuela no aparece únicamente como un hecho biográfico, sino como el centro gravitatorio desde el que se reorganiza toda la escritura. Cada poema parece buscar una forma distinta de dialogar con quien ya no puede responder. Nombrarla. Recordarla. Mantenerla dentro de la casa, aunque la casa haya cambiado para siempre.
En ese sentido, uno de los mayores aciertos del libro es la construcción de un símbolo sólido. Los geranios reaparecen una y otra vez sin convertirse en un recurso repetitivo. Cambian de significado según avanza la lectura: primero son la abuela, después el hogar, más tarde la herencia y, finalmente, casi una responsabilidad que pasa de unas manos a otras.
Especialmente hermoso resulta el cierre del libro, cuando escribe:
Amo a todas las mujeres
que somos,
[…]
y volverán a tejer, de nuevo,
los geranios descosíos.
La imagen resume buena parte del poemario: aquello que parecía roto puede volver a coserse gracias a la memoria compartida entre mujeres.
Otro de los ejes del libro es la presencia constante del imaginario cristiano.
Las citas bíblicas que encabezan distintos poemas dialogan con el texto y construyen una espiritualidad profundamente atravesada por el duelo. Dios aparece como interlocutor, como ausencia y también como refugio.
Quizá el poema más significativo en este sentido sea la reescritura del Padre Nuestro. No necesariamente porque sea el más logrado desde un punto de vista estrictamente poético, sino porque concentra una de las apuestas más interesantes del libro: transformar una oración universal en una plegaria íntima dirigida a pedir por la abuela ausente.
Hay versos que permanecen en la memoria mucho después de cerrar el libro: «Padre nuestro, ¿dónde estás?»; o ese cierre en el que la voz termina suplicando: «Padre nuestro, cuídala, amén.»
Es un gesto sencillo, pero eficaz. La oración deja de ser una fórmula aprendida para convertirse en una conversación desesperada con la pérdida.
Junto a la memoria aparece otra palabra que atraviesa silenciosamente el poemario: suicidio.
No siempre de forma explícita, pero sí como una sombra que acompaña muchos textos. Rocío Angulo no la utiliza para provocar ni para dramatizar el discurso. Forma parte del vocabulario emocional desde el que intenta comprender determinadas ausencias y determinadas fracturas interiores.
Hay poemas especialmente logrados cuando la autora abandona la explicación y se limita a ofrecer una imagen. Ocurre, por ejemplo, cuando escribe: «Qué ridículo cómo aceptamos desaparecer sin dejar rastro.»
En apenas unos versos consigue convertir una escena funeraria en una reflexión sobre la fragilidad de la existencia sin necesidad de elevar el tono.
También destacan algunos hallazgos expresivos muy naturales. Me gusta especialmente cuando afirma que iba «encalagüela». Es una palabra que parece inventada y, sin embargo, contiene toda una forma de caminar por la memoria, de avanzar todavía impregnada de la presencia de la abuela. Son esos pequeños desplazamientos del lenguaje los que aportan personalidad a una escritura generalmente contenida.
Formalmente, el libro apuesta por una poesía clara, de verso libre y respiración amplia. No busca la complejidad sintáctica ni el barroquismo de la imagen. Su fuerza reside en la acumulación de símbolos y en la construcción de una atmósfera sostenida de principio a fin.
Quizá ahí se encuentre también uno de sus límites. En algunos momentos el poema parece confiar más en la intensidad del tema que en la tensión del lenguaje, y ciertos textos podrían haber asumido un mayor riesgo expresivo para evitar una cierta uniformidad de tono. Sin embargo, esa misma contención termina favoreciendo la coherencia del conjunto y permite que los símbolos principales —la casa, los geranios, la oración o la figura de la abuela— respiren sin competir entre sí.
Los geranios descosíos no habla únicamente de una pérdida familiar. Habla de la transmisión. De aquello que las mujeres heredan unas de otras sin que nadie llegue a escribirlo nunca. De las casas que siguen habitadas por quienes ya no están. De las plantas que continúan floreciendo porque alguien decidió seguir regándolas.
Y quizá esa sea la imagen que permanece al terminar el libro: la certeza de que la memoria, igual que un geranio, necesita unas manos dispuestas a seguir cuidándola.

