Alejandra Castaño

Hubo un tiempo en el que jugábamos con canicas. Teníamos una Famoplay en casa y Messenger era nuestra forma de comunicarnos con el mundo. En ese entonces, todavía podíamos pasar una tarde entera sin mirar un teléfono inteligente porque, simplemente, no existía. Para muchos millennials, esos años se han vuelto una especie de territorio perdido al que regresan cada vez que el presente parece demasiado complicado.

Y la industria cinematográfica lo sabe.

No es casualidad que muchas películas y series que nos llevan de vuelta a la infancia o adolescencia estén hechas para esa generación. La sirenita (2023), La matanza de Texas (2022) o Cobra Kai (2018) usan, cada una a su modo, algo que ya traemos con nosotros antes de entrar al cine o poner a reproducir: el recuerdo.

El caso de La sirenita es especialmente claro. Quien creció con la película de 1989 no necesita que alguien le diga quién es Ariel. Recuerda a la sirena sobre una roca mientras una ola la golpea. Recuerda las canciones, los personajes y, sobre todo, recuerda quién era cuando vio esa película por primera vez. Ahora puede volver a verla con sus hijos, sus sobrinos o cualquier niño de una generación que no vivió ese estreno. La industria no solo vende una película, también vende la oportunidad de compartir una emoción que pensábamos olvidada.

Con La matanza de Texas pasa algo similar, aunque desde otra perspectiva. La secuela de 2022 trae de vuelta a Cara de Cuero y se relaciona con una película que, para muchos espectadores, no forma parte de su infancia, pero les permite pertenecer a esa memoria cinéfila que también puede volverse un objeto de culto. Cobra Kai muestra que ni siquiera es necesario repetir el pasado. Solo hace falta traer de regreso a Daniel LaRusso y Johnny Lawrence para que una nueva historia crezca sobre el recuerdo de Karate Kid (1984).

Pero esto no es nuevo. La industria ha pasado décadas aprendiendo que un recuerdo también puede servir como herramienta de venta. El precio del poder (1932), por ejemplo, parece haber quedado en un segundo plano para parte del público. En cambio, la imagen de Al Pacino (1940) como Tony Montana en Scarface (1983) sigue presente. Una película puede desaparecer en parte de la memoria colectiva. Sin embargo, un personaje, una escena, una estética o una actuación pueden sobrevivir y tener una vida comercial propia.

La nostalgia funciona porque baja la incertidumbre. Cuando una película es completamente nueva, no sabemos qué vamos a encontrar. Cuando trae de vuelta algo que conocemos, ya hemos comprado parte de la experiencia antes de verla. No sabemos si será buena, pero sí sabemos qué queremos sentir.

Eso no significa que la fórmula funcione siempre. La nueva trilogía de Star Wars de 2015 mostró que volver a un universo querido también puede sentirse como una falta de respeto para quienes vivieron el estreno de la trilogía original. Para quienes crecimos con las precuelas, esas películas tenían algo del alma de nuestro Star Wars.

Hace décadas, Fredric Jameson hablaba del cine de nostalgia como un síntoma de una cultura que no podía mostrar su propio presente y que se refugiaba en estilos del pasado. Tal vez por eso hoy miramos tanto a los años 2000. Para muchos, fue la última época antes de llevar un ordenador conectado a internet en el bolsillo.

Y así entramos en un ciclo. La industria ve que la nostalgia funciona. Nosotros respondemos comprando nostalgia y, al hacerlo, mostramos que funciona. Cada nueva generación tendrá sus propias canicas, su propio Messenger y sus propias películas que, algún día, podrán usarse para venderle el pasado.

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