Ander Ercoreca
Las malas noticias venden más, especialmente las que se centran en un único individuo. Ahí reside el verdadero interés humano. Ese es el discurso del que se enorgullece Charles Tatum, el protagonista de El gran carnaval de Billy Wilder. La película de 1951 ya reflejaba el sufrimiento ajeno como mercancía informativa. El negocio mediático que representa la obra chocó con la negación social de la época. Un secreto tan embarazoso que los espectadores trataron de mantenerlo bajo tierra, a metros de profundidad, en el interior de la cueva. Wilder era el único lo suficientemente honesto consigo mismo para adentrarse en ese oscuro agujero y sacar al exterior la cruda realidad: nosotros somos exactamente esa multitud morbosa que Wilder retrata y que disfruta del carnaval con un hombre atrapado bajo nuestros pies. Por este motivo, fue tachado de cínico por gran parte de la crítica y el público.
Seis años después de que Wilder expusiera la verdad incómoda, Elia Kazan dio un paso más allá: no solo la multitud es morbosa, necesita a alguien que la alimente a propósito. En Un rostro en la multitud, Lonesome Rhodes construye su propia imagen para ser consumido, un demagogo consciente de su carisma para aumentar su poder personal y político. Rhodes no explota una tragedia puntual, sino la necesidad emocional de una audiencia que busca cercanía, alimentando esa carencia con una imagen de falsa autenticidad.
Marcia Jeffries, la productora de radio que descubre a Rhodes, es parte del sistema con capacidad moral para detenerlo. Marcia es su creadora y quien decide acabar finalmente con él. Aún en 1957, el sistema tiene un rostro humano para detener lo inmoral de la situación. Rhodes cae porque la conciencia moral de Marcia interviene, movida por el remordimiento.

Network es la más completa de estas tres películas sobre la industria de los medios y denuncia un hecho mucho más inquietante que las anteriores: el demagogo es prescindible, puesto que el poder reside en el sistema que lo explota. Beale no es un manipulador como Rhodes, sino pura emoción real originada en el descenso a la locura del personaje. Diana es parte de ese engranaje y ve una oportunidad en Beale para monetizar su emoción.
Beale se planta ante las cámaras lleno de ira y frustración mostrando un comportamiento caótico. En 1976, un contexto de posguerra tras el desastre de Vietnam y el escándalo Watergate, la audiencia americana encuentra a un representante de su rabia social en Beale, confunde su colapso con una revelación verdadera y se permite salir a la calle para gritar con todas sus fuerzas. De ahí la famosa frase de la película y que resume a la perfección su discurso: “I’m as mad as hell and I’m not going to take it anymore!”.

La ira es convertida en producto de consumo para un espectador que cree rebelarse contra el mundo, cuando tan solo pasa a formar parte del público en directo del programa de Beale donde el realizador indica cuándo debe gritar o aplaudir. Es evidente que Network hereda el cinismo de El gran carnaval, pero profundiza en la culpa, fragmentada entre el negocio televisivo del que forma parte Diana y las estructuras corporativas.
Otro elemento clave que trae a colación Network es la progresiva deshumanización del sistema explotador representado en estas tres películas. Su explicación reside en la subtrama romántica. Para muchos tal vez innecesaria o “de relleno”, pero es vital para entender el comportamiento de Diana, que reside en la diferencia generacional con su pareja. Ella es parte de la primera generación criada con televisión. Diana no vive la realidad, sino que la retransmite. Su brújula moral es la que dicta la pantalla. Para ella, la vida es contenido y percibe la relación romántica como una trama televisiva. Por ende, no existe remordimiento alguno por su parte respecto a la situación de Beale; a diferencia de Marcia, en Un rostro en la multitud, que sí preservaba un mundo anterior a la pantalla desde el cual juzgar sus propias decisiones, Diana estaba encerrada entre los cuatro lados de una pantalla.
Como ya he mencionado, por encima de Diana aún queda otro escalón de responsabilidad. La cadena es adquirida por un conglomerado multinacional. Arthur Jensen, su presidente, protagoniza una de las escenas más memorables de la historia del cine donde explica a Beale que ya no existen naciones ni pueblos, sino un único sistema económico entrelazado de corporaciones. Un monólogo que suena a una distopía de ciencia ficción pero que, cincuenta años después, explica en su totalidad la globalización corporativa del mundo actual. Posteriormente, al igual que Tatum, Beale, que ha alimentado al sistema toda su vida, es eliminado por él cuando ya es prescindible para la empresa.
Si Diana ya carece de rasgos más humanos como la moral y el remordimiento que hacen actuar a Marcia, el algoritmo ya no necesita ni siquiera a la propia Diana. En 2026, la cueva de Wilder es un catálogo de suscripción mensual para acceder a cualquiera de los cientos de documentales true crime de las plataformas. Noticias aisladas como la de Tatum son ahora una industria enorme disponible desde casa. Sí, el sufrimiento real es, desde hace años, un producto de streaming. Y la gente acusaba a las anteriores películas de distópicas o cínicas…
Las redes sociales como Facebook o X no muestran el contenido con el que el usuario se identifica, sino que sirven un feed con el contenido que es capaz de soportar sin cerrar la aplicación. Al igual que ocurre con los videos en directo, sobre todo en Estados Unidos, donde los clips más virales son los que muestran el sufrimiento real del streamer o del entorno ya sea con el uso de armas o de sustancias ilegales. La única pregunta aún por responder es: ¿Cuál es el límite en una realidad donde el rostro humano y la conciencia moral del negocio se han esfumado por completo?
Creo que hemos perdido de vista el horizonte en la industria de los medios si es que siquiera alguna vez lo hemos tenido. En 1976, Network tenía una advertencia que podía ser terrorífica para el espectador. Y no es que la película haya envejecido mal, ni ninguna de las anteriores, es que hemos perdido la distancia irónica para verlas como advertencia. Hoy, en el 50 aniversario de Network, la búsqueda de estética o contenido aspiracional ha supeditado al miedo que podrían generar periodistas como Tatum, figuras políticas similares a Rhodes o gurús de la verdad entre los que se encuentra Beale.

Todo ello acarrea una radicalización de la sociedad que, por desgracia, colapsará en algún momento. Y ahí reside la fuente de la que se nutren estas tres películas: no hay nada más peligroso que vivir en un mundo que ha dejado de saber leer sus propias advertencias.

