JOSÉ LUIS MUÑOZ
Con muy pocos años a sus espaldas, el español Rodrigo Sorogoyen (Madrid, 1981) no solo se ha convertido en uno de los mejores realizadores con que cuenta nuestra cinematografía, sino también como uno de los más versátiles. Indagó en la corrupción política en Levante en la espléndida El Reino; abordó el acuciante tema de los desahucios en la serie Antidisturbios; nos ofreció un espléndido ejemplo de rural noir en As bestas y ahora, cambia por completo de registro, para contarnos la historia de desencuentros y agravios entre el afamado y tiránico director de cine Esteban Martínez (Javier Bardem) y su hija Emilia Vera (Victoria Luengo), que abandonó para establecerse en Estados Unidos e iniciar una nueva vida, a la que le ofrece un papel en su nueva película, Desierto, que filma en la isla canaria de Fuerteventura convertida para la ficción en el Sahara de los años 30 bajo dominación española.
Rodrigo Sorogoyen, valiéndose de diversas texturas cinematográficas (pantalla panorámica, pantalla cuadrada, blanco y negro) pone en pie esa historia de reproches de la hija hacia ese padre, que es un extraño, y el acento en ese progenitor incapaz de asumir su responsabilidad en ese desapego familiar que ha provocado y reconocer su culpa. Parece que Esteban Martínez, al dar ese papel a su hija en esa película, busque algún tipo de redención, pero sus maneras bruscas, su voluble personalidad que le hace incurrir en momento de ira y hasta de violencia verbal, que roza la física, cortocircuitan ese acercamiento buscado.
Pero El ser querido es más que eso, es también un descenso a los infiernos de un rodaje maldito (parte del equipo deserta por los malos modales del director a medio rodaje; las condiciones climáticas de la isla, el viento, ralentizan la filmación de esa película), que podría equipararse a los que tuvo que soportar Werner Herzog con su odioso actor fetiche Klaus Kinski, y Rodrigo Sorgoyen nos enseña con didactismo y detalle las tripas de cómo se hace una película, el arduo y, muchas veces, tenso trabajo en equipo que no siempre está cohesionado y está obligado a convivir en situaciones no siempre cómodas.
Falta, desde mi punto de vista, un tercer plano narrativo a los dos ya expuestos: de qué va exactamente esa película sobre el Sahara que rueda y que, en teoría, es una crítica al papel de España en su descolonización, además de una presunta historia de amor, pero Rodrigo Sorogoyen no da las claves, lo pasa por alto, y eso a pesar del activismo por la causa saharaui del propio Bardem. Una ocasión perdida.
El ser querido tiene un preámbulo de lujo, esa cena de acercamiento entre padre e hija en un restaurante madrileño, contada con plano contraplano con cámara pegada al rostro de los intérpretes, de padre e hija que se va tensando hasta el estallido cuando la hija entra en el terreno de los reproches, y una secuencia catártica que bascula entre la comedia y la tragedia, la filmación de esa escena de la comida, mil y una veces repetida, porque el director la noche anterior ha tenido una enganchada con su hija y la pagan todos los actores involucrados, en especial ella. Esteban Martínez / Javier Bardem se transforma en monstruo en segundos.
El ser querido tiene un elenco de intérpretes espectacular: Raúl Arévalo, como César, el militar casado con Emilia Vera en la ficción, Raúl Prieto, Nuria Prims o la actriz francesa Marina Fois que repite con el director tras As bestas. Un film notable y muy diferente de todos los anteriores el que nos ofrece Rodrigo Sorogoyen con una Victoria Luengo en estado de gracia y llena de matices enfrentada a un Javier Bardem desbordante e histriónico capaz de pasar de la serenidad a la violencia en solo segundos y hacer creíble su voluble e imprevisible personaje, Algo se rompe definitivamente en esa relación padre hija que el primero no puede recuperar a pesar de sus intentos fallidos y la incapacidad de pedir perdón.
Uno de las secuencias finales, y más emotivos, muestra a ese padre incapaz de mostrar cariño visionando en la sala de montaje, y musicada, la que considera la mejor escena del rodaje: su hija caminando tras Raúl Arévalo por las dunas del supuesto desierto del Sahara, y se le humedecen los ojos. Deberá conformarse con tener a su hija en la ficción ya que ha sido incapaz de recuperarla (a lo más que llega es a rozarle la espalda con su mano en otra de las secuencias clave) en el plano real. La película suena a Goya del dueto protagonista.

