Durante décadas, la representación audiovisual del conflicto norirlandés estuvo dominada por las bombas, los militares y paramilitares, los controles, el número de víctimas y una solemnidad casi obligatoria. Y, sin embargo, la vida continuaba para quienes crecieron allí: las relaciones, la cultura e incluso las risas se aferraban a su espacio. La creadora Lisa McGee pertenece a esa generación, y su proyecto Derry Girls (2018-2022) nace precisamente de esa contradicción: vivir una adolescencia rodeada de violencia y recordar, al mismo tiempo, que muchas de sus vivencias más memorables ocurrieron durante los Troubles.La serie comienza en Derry —ciudad completamente amurallada que, pese a muchos, oficialmente se llama Londonderry— en los años noventa, cuando el conflicto todavía no ha terminado. Sin embargo, sus protagonistas tienen preocupaciones que parecen pertenecer a otro universo: conseguir entradas para un concierto, escapar de una monja, impresionar a un chico o decidir quién es la mejor Spice Girl. De fondo, casi como un ruido blanco, están los controles militares, las amenazas de bomba, las alambradas y una frontera que atraviesa la vida cotidiana.
Y ahí reside el gran hallazgo de Derry Girls: no convierte los Troubles en el protagonista, pero tampoco permite que desaparezcan del encuadre. El conflicto no desaparece, simplemente no se le permite llevar las riendas de la historia.
McGee ha confesado que durante mucho tiempo se negó a escribir sobre los Troubles porque todas las representaciones que conocía le resultaban irreconocibles. «Nunca había bromas», recuerda. No encontraba en ellas a la gente que conocía. Cuando finalmente creó Derry Girls, comprendió que podía contar aquella época sin fingir que la violencia no existía, pero también sin permitir que ella definiera por completo quiénes eran los habitantes de Derry. Esa decisión tiene algo de resistencia porque el humor absurdo no funciona aquí como una manera de maquillar el enfrentamiento, sino como una manera de negarse a dejar que este maquille la vida.
Existe un precedente cinematográfico evidente en los hermanos Marx, pioneros del humor absurdo. En Sopa de ganso (Duck Soup, 1933), una de las grandes comedias políticas de la historia del cine, Groucho convierte la diplomacia y la guerra en una sucesión de decisiones estúpidas, egos infantiles y caos. Los Marx no necesitan explicar que la guerra es absurda: la esconden en lo ridículo. Derry Girls recoge esa misma intuición y la lleva a un terreno cotidiano. No hay un Groucho declarando una guerra desde un despacho, hay adolescentes intentando atravesar una ciudad militarizada sin que sus padres descubran que han hecho algo que no debían. La diferencia es fundamental: en Sopa de ganso, el absurdo sirve para desmontar a quienes gobiernan; en Derry Girls, sirve además para recuperar a quienes viven debajo de ese poder.
El trabajo académico de Elisa Scavolini sobre el humor negro irlandés señala precisamente esta función: el humor puede actuar como mecanismo de supervivencia frente al trauma, pero también como una forma de recuperar el control sobre la manera en que una comunidad es representada. En el caso de Derry Girls, la comedia permite mostrar que la experiencia de los Troubles no puede reducirse al conflicto sectario y la violencia: también estuvo formada por pequeñas miserias, amistades, deseos y absurdos cotidianos.
Y quizá por eso sea tan importante que las protagonistas sean chicas adolescentes, no porque su edad haga menos grave aquello que ocurre alrededor, sino porque sus vidas demuestran que una generación no deja de ser joven y moderna porque haya nacido durante una guerra. Y James, precisamente por ser inglés, convierte incluso la cuestión nacional en una fuente inagotable de absurdo.
La serie entiende que el conflicto político puede estar presente en todas partes sin ocupar necesariamente todos los pensamientos de quienes lo viven. Eso también explica por qué el humor funciona de una manera especialmente poderosa cuando los personajes hablan de política sin solemnidad. La serie puede reírse del IRA, del unionismo, de la Iglesia, de los militares británicos o de las tensiones entre católicos y protestantes porque no está construyendo un discurso desde fuera. McGee creció en Derry y ha explicado que le preocupaba especialmente no trivializar aquello que seguía siendo una herida abierta. Por eso hay límites infranqueables: el Bloody Sunday, por ejemplo, no es tratado en ningún momento como material cómico.
Es importante aclarar que la comedia no significa que todo pueda ser objeto de burla: significa saber desde dónde se ríe uno. Y quizá ahí esté la diferencia entre reírse de un conflicto y reírse dentro de un conflicto. Derry Girls pertenece a lo segundo. La serie tampoco pretende borrar las diferencias entre comunidades. Al contrario: las introduce constantemente en las conversaciones más banales. Pero las convierte en parte de una realidad más amplia en la que los personajes no existen únicamente como católicos, protestantes, unionistas o nacionalistas. Son hijas, amigas, alumnas, madres, vecinos, adolescentes insoportables.
Personas.
La escena final de la serie lleva esta idea hasta sus últimas consecuencias. Mientras las protagonistas continúan preocupándose por sus pequeñas tragedias adolescentes, la televisión informa de la votación del Acuerdo de Viernes Santo de 1998. Y entonces la comedia se detiene durante unos segundos porque precisamente después de tres temporadas ha conseguido que entendamos qué había detrás de todas aquellas bromas.
La risa no ocultaba el conflicto: era una de las formas que encontraron para vivir dentro de él. Lisa McGee ha explicado que necesitaba encontrar una manera de hablar de los Troubles que fuera divertida y verdadera a la vez. «Quiero que el programa aporte alegría, pero que sea real», decía. Y en otra entrevista lo resumió de una manera todavía más reveladora: cuando la gente se ríe, puedes «introducir la verdad» sin que tenga que entrar acompañada de toda la solemnidad de un discurso histórico. Derry Girls no maquilla esa historia, sino que hace algo mucho más difícil: sana desde el sentido del humor a quienes tuvieron que vivirla.

