Pol Antunez Nart

Desde su creación, el cine ha experimentado una gran variedad de etapas artísticas que, con ayuda de la cultura pop y de la prensa especializada, han ido haciéndose hueco en alguno de los muchos parajes por los que ha transitado esta industria.Sin ser él un cinéfilo empedernido, recuerdo a mi abuelo sentado en su butaca hasta hace dos días, disfrutando como un niño pequeño de películas como Centauros del desierto (1956), El bueno, el feo y el malo (1966) o Río Bravo (1959). Títulos que —pido disculpas a los fanáticos del western— siempre se me han atragantado, no sé muy bien por qué.

Si hay un hecho constatable en la vida, es que las generaciones avanzan y, en ese transcurso, tienen la costumbre de denostar lo que las generaciones anteriores idolatraban con intensidad. Puede incluso que esa rebeldía generacional fuera la que me impulsara a no saber apreciar esas películas, aunque la verdad es que, como excusa, parece un poco pobre, no os voy a engañar.

También es cierto, para no perder la fe, que en numerosas ocasiones llega un día en el cual, sin saber muy bien por qué, esa ruptura deja de existir. De un modo inexplicable, las generaciones venideras empiezan a reconectar con lo que se veía o se llevaba en épocas anteriores, y es precisamente ese extraño efecto el que hoy nos trae hasta este punto.

Durante los últimos años hemos visto una gigantesca sucesión de remakes totales o parciales de grandes clásicos de la literatura universal y del cine en blanco y negro, a través de títulos como Drácula (que ha tenido más versiones de las que uno es capaz de llevar la cuenta), Frankenstein, Pinocho, Cumbres borrascosas, Ha nacido una estrella (A Star is Born) o La Odisea. Supongo que estas historias resultan a día de hoy más familiares que nunca, entre otras cosas, porque han encabezado gran parte de los éxitos de taquilla de esta última década y han sido la cumbre del mainstream actual.

Esta tendencia tiene, como cualquier otra, a sus defensores y a sus detractores, y está claro que no deja a nadie indiferente, sea para bien o para mal.

Personalmente, no puedo negar que se trata de una fórmula que goza de un indudable atractivo. Desde un punto de vista romántico, me parece de gran valor que el cine ejerza como puente de conservación de relatos que son auténticos tesoros para la humanidad, añadiendo el peso de una ejecución técnica a máximo rendimiento y poniendo todos los recursos actuales al servicio del espectador. De hecho, el mundo está lleno de historias de una enorme épica que se fraguaron mucho antes de poder plasmarse en una pantalla, y es justo reconocer que muchas de ellas piden por sí mismas una adaptación, gracias a su potencial narrativo y a su espectacularidad visual.

Estos nuevos formatos representan también oportunidades idóneas para acercar los clásicos a la gente joven y lograr que los disfrute, reconectando con las tramas que conmovieron en su día a personas de épocas remotas, del mismo modo en el que nosotros podemos redescubrir el cine de los noventa o de los dos mil con la misma intensidad con la que lo hicieron los espectadores de aquel momento.

Por supuesto que el remake exige un vocabulario adaptado, una narrativa distinta y pequeñas licencias que nos permitan reconocernos en el relato desde nuestro propio tiempo. Por supuesto que introduce nuevas variantes y matices de época, y que conlleva una audacia especial por parte de directores y guionistas al intervenir en textos que poseen un componente casi sagrado dentro del imaginario colectivo (lugar donde, precisamente, se atrinchera gran parte de los detractores de esta práctica).

Sin embargo, todo atrevimiento es necesario si queremos tener la oportunidad de hacer nuestras las historias que pertenecieron a otras generaciones y a otras sociedades del pasado. Al fin y al cabo, se trata de recibir una herencia, volverla accesible y transmitirla a quienes vendrán detrás. ¿Acaso no es eso lo más humano del mundo?