Magdalena Otsu del Río
Lo último de Hugo Stuvens Casanovas, el cineasta y actor madrileño, es un thriller psicológico que coescribió con Santiago Llanas y César de Nicolás; se adentra en un relato original con un sabor conocido que remite a las producciones de principios de los dos mil de la productora Fantastic Factory. La historia va de Marta, una madre que vive aislada en el bosque, en una casa junto a su madre e hijo. Su madre se encuentra encadenada dentro de la casa, y su hijo, que posee una curiosidad, deja ver que no conoce el mundo más allá del hogar familiar. Son una escueta comunidad autosustentada, apartada de la sociedad, que vive asediada por la creencia de Marta de que un ente maligno habita más allá del bosque. Sin embargo, es un intruso en su propio hogar quien llega a amenazar con exponer la maldad que habita dentro de la morada de la familia.

El cast se compone de Michelle Jenner, Luisa Gavasa y Pablo Derqui, quienes tienen una dinámica palpable en pantalla y que se va construyendo a través de múltiples capas; aquí todos tienen un pasado y una conexión que no es lo que parece a primera vista. También destaca el debut del joven Dylan Radley, quien actúa a la par frente a un reparto adulto y experimentado, con un talento innato. La relación que se desarrolla entre los cuatro personajes, que es lo que sostiene toda la película, va aumentando tensiones y jugando con las expectativas de cuándo estallará todo. A pesar de que muchas de las resoluciones acaben en lugares comunes, logran una complejidad narrativa con una cinética lenta y contenida que robustece la trama y, sobre todo, a los personajes.
A partir del primer acto, la premisa anuncia algo bastante familiar; cuenta con todos los ingredientes clásicos para situar al espectador rápidamente. No obstante, poco a poco la película va adquiriendo profundidad, atravesando diferentes niveles de lo que ha pasado en el hogar y desenmarañando una red de traumas y vejaciones que se ha ido formando durante décadas. La mirada que postula sobre la maternidad es, por sobre todo, muy entrañable y, lejos de perdonar equivocaciones y mentiras, expone las complejidades del abuso y el amor, que no son mutuamente excluyentes. Todos tienen una monstruosidad dentro, una maldad que se manifiesta en distintos niveles y formas, y hay quienes luchan con eso y quienes se entregan a la malicia.
La manera en que se crea un ambiente de tensión con un cast minimalista es una de las fortalezas del metraje. La construcción milimétrica del guion, al igual que la localización, que fue creada desde cero por el departamento de arte, hacen un relato contundente. La musicalización, a cargo de la compositora Vanessa Garde, le añade ese toque de incertidumbre escabrosa a la estética folk atemporal, reforzada por el trabajo de fotografía de Ángel Iguácel. El trabajo de arte, a cargo de Ana Alvargonzález, es notable, especialmente considerando que se construyó la fachada de la casa para los exteriores, mientras que el interior fue recreado en un plató. En especial, destaca el sistema de rieles internos dentro de la casa y su peso narrativo, tanto práctico como simbólico.

Se pueden apreciar claras referencias a Misery, de Stephen King, y La aldea, de M. Night Shyamalan y, sobre todo, un tratamiento bastante americano en cómo filma el director, que ha dicho en más de una ocasión que uno de sus principales referentes es Steven Spielberg. Aunque están presentes estas claras influencias, es posible apreciar el estilo de Stuvens, que, al igual que en su anterior largometraje de ficción, Solo, presenta una puesta en escena minimalista donde la localización influye sobremanera en la psique del protagonista.
Aun así, cabe mencionar que, en el caso de El Nido, podría suceder en cualquier parte del mundo con condiciones similares. Es probable que esta falta de especificación, que más allá de algunos guiños geográficos no tiene mayor implicancia en la historia, juegue un poco en contra a la hora de evitar lugares comunes y darle una identidad particular al terror español.
La protagonista, Michelle Jenner, es sin duda quien lleva la película a cuestas; la claustrofobia a la que se enfrenta cuando lo que intenta mantener fuera se infiltra en su hogar, el nido que ha construido, se presiente desde el primer momento. Hay un juego de ingenuidad y perversidad muy sugerente con su personaje; en un principio se ve que tiene un trato muy hostil con su madre, que luego llega incluso a parecer benevolente. Su contraparte, Velazco, interpretado por Pablo Derqui, el único hombre adulto que aparece, exacerba esta dualidad que ya acarrea, al igual que los traumas que intenta enterrar, pero que cada vez resurgen con más vehemencia.
Aquí nace un discurso muy peculiar sobre la herencia del trauma; la protagonista es, obviamente, una mujer inestable que ha atravesado duras circunstancias en las que fue víctima. Como mujer y madre, hay presencia de esa huella; aun así, hay un esfuerzo por ser mejor y no repetir los mismos patrones con su hijo. Ella es un puente en este proceso, incapaz de dejar ir, al mismo tiempo que cuenta con la sensatez suficiente para no cometer la misma maldad que sus atormentadores. Aquí no se castigan las reacciones de la mujer; más bien destaca la piedad con la que se retrata la candidez y desorientación con la que interpreta el mundo exterior, justificando que estas son las herramientas con las que cuenta para sobrevivir.
Si bien las operaciones no innovan en el género, sí son empleadas de manera efectiva, entregando una producción redonda que cumple. Hay una creación de atmósfera que sostiene la película con una eminente economía de elementos en la puesta en escena, acompañada de una compleja narrativa donde todo tiene una razón de ser. A pesar de recurrir a clichés, logra ser un notable exponente del género de thriller psicológico.

