JOSÉ LUIS MUÑOZ
Poco se sabe de lo determinante que fue el tiempo climático para el éxito del desembarco en Normandia, así es que el título de la película es muy pertinente. Los neófitos en la materia mucho nos extrañamos de que la operación militar para acabar con el III Reich se hubiera realizado en un día tan poco apacible, con oleaje considerable, viento y escasa visibilidad por la presencia de nubes y niebla. El australiano Anthony Maras (Adelaida, 1981) nos lo cuenta en una película espléndida que funciona como un thriller climático y en la que un obsesivo y perfeccionista meteorólogo británico llamado James Stagg (el siempre brillante Andrew Scott), que desaconseja el día indicado inicialmente por fuerte tempestad, debe enfrentarse a su colega norteamericano, el coronel Irvin P. Krick (Chris Messina), que opina exactamente lo contrario para no contradecir a sus mandos que tienen el plan de ataque cerrado.
Anthony Maras construye toda esta filigrana argumental relacionada con el viento, las nubes y el sol que se desarrolla, casi todo él en un único escenario, en el cuartel general del mando aliado del que es responsable absoluto el general Eisenhower (Brendan Fraser se quita la espina de La Ballena con una interpretación muy sólida) y el británico general Montgomery (Damian Lewis), partidarios de no posponer el día del desembarco y muy escépticos con las pesimistas teorías climáticas de Stagg que les echan sus planes por tierra, o por agua. La británica Kerry Condon, como Kay Summersby, la secretaria de Eisenhower que empatiza con el atribulado James Stagg a quien todo el mundo ataca por decir la verdad y lo defiende de los ataques de ira de su jefe, completa un elenco actoral sumamente eficaz que hace creíbles todos sus personajes secundarios.
El director de Hotel Bombay reconstruye con detalle ese centro de mando, ubicado en un castillo del Reino Unido, en donde se debe tomar una decisión crucial que implica, además de la muerte de miles de soldados, el fracaso o el triunfo de un complejo desembarco anfibio, y consigue meternos en el suspense que conlleva esa decisión. Finalmente, el rigor de ese británico, que se enfrenta a sus superiores en forma muy agría, encuentra ese pequeño resquicio climático, en medio de una impresionante tormenta, que posibilitó el día D y su triunfo.
Tiempo de victoria se ve como un elegante y modélico thriller bélico, nos muestra el lado humano de ese obstinado y aparentemente glacial meteorólogo, cuya mujer va a dar a luz en un hospital bombardeado y sobre la que no sabe su suerte, y hasta de los mandos de ese operativo, especialmente Eisenhower (Montgomery no sale tan bien parado), que luego fue presidente de Estados Unidos, y termina ilustrándonos con imágenes reales, y otras ficcionadas, de lo que fue ese día histórico en el que el mundo civilizado comenzó a derrotar al nazismo a costa de millares de vidas humanas que se sacrificaron en las playas de Normandia. Las imágenes del desembarco son precisas y realistas, aunque a horas luz de la impresionante recreación que de ese momento hizo Steven Spielberg en Salvar al soldado Ryan.
Cuando Kennedy, años más tarde, le preguntó a Ike por el éxito del día D, la respuesta fue muy clara: teníamos mejores meteorólogos que los nazis. James Stagg fue condecorado.

