JOSÉ LUIS MUÑOZ
Película con perro que habría espantado a Alfred Hitchcock que los detestaba, a nivel de rodaje, como a los niños o a Charles Laughton. Podría haber sido En el corazón de la bestia una película sobre un relato de Jack London, y seguramente habría salido mejor. David Ayer (Champaign, 1968) construye una película de supervivencia de la que son protagonistas un exsargento de las Fuerzas Especiales de Estados Unidos —sus hazañas bélicas en alguno de los países invadidos por la gran potencia militar aparecen en flash backs recurrentes a lo largo del metraje en colores saturados como indicadores del síndrome postraumático que padece— llamado John Belmont (Brad Pitt), y su perro de combate Odin, al que le falta una pata debido a una explosión, en las inhóspitas tierras de Alaska tras sufrir un accidente en la avioneta.
Contra todo pronóstico, el realizador no sabe sacar partido del espectacular paisaje de la conocida como la última frontera (rodada en invierno hubiera sido mucho más impactante) y nos ofrece una película muy física en la que el astro americano, que la produce junto a Damian Chazelle, ha de bucear por lagos (sin que se le mojen las cerillas con las que, a continuación, abre un buen fuego), se pasa una semana sin comer, sobrevive a una caída en aguas bravas cuando cruza un puente de troncos, pelea contra lobos, consigue esquivar el ataque de un oso no mirándolo a los ojos y se mete en un barrizal.
Como película de aventuras, entretiene sin más —este espectador no hacía otra cosa que pensar en El renacido mientras la veía—, pero el perro le roba muchos planos a Brad Pitt, y al encuentro en el lago con ese otro solitario, Watkins (el alaskeño J.K. Simmons, el profesor psicópata de Whiplash) con el que el desconfiado James Belmont se limita a cruzar unas cuantas frases para decir que se cargó a los tipos que le amputaron la pata a su perro, le saca el realizador poco partido. Puro entretenimiento sin más pretensiones. Que el perro es mucho más inteligente, empático y generoso que muchos seres humanos, pues es evidente y ya lo sabíamos.

