JOSÉ LUIS MUÑOZ
El espectador tiene una duda mientras ve la película de Rod Lurie (Tel Aviv, 1962), un director cuyo máximo mérito es haber hecho una versión innecesaria de Perros de paja: ¿cine bélico o un spot publicitario de la marca de tabaco que la titula? Porque un cigarrillo Lucky Strike, una colilla más bien, será determinante para descubrir a un SS infiltrado en las filas del ejército norteamericano, una de las derivadas de Lucky Strike.
Todo transcurre en Bélgica, en los bosques de las Ardenas en donde se libró una importante batalla de tanques que salen, de pasada, recreados con IA. Y mucha niebla, eso sí, de la que emergen nazis despiadados que matan y mueren torpemente. Rod Lurie realiza una más que convencional película bélica que deviene en historia de supervivencia de un lobo solitario, el capitán Castle (Scott Eastwood), que pierde a todos los hombres de su destacamento cuando intenta cortar una carretera al avance de las unidades blindadas alemanas y debe regresar con los suyos ayudado por su radio teléfono del que no se desprende en ningún momento, fumando cigarrillos Lucky Strike y liquidando a cuanto alemán se interpone en su camino.
Un film de hazañas bélicas con escaso suspense, escasa espectacularidad para el que se exige en este tipo de género, por falta de presupuesto, y un guion lleno de enormes agujeros por sus situaciones inverosímiles —cómo se hace el lobo solitario protagonista con un pánzer él solito, entre otras cosas—. Mucha niebla entre los árboles, una fotografía correcta con tonos de la época y la sensación todo el rato de estar viendo a Clint Eastwood en la persona de su hijo, clon perfecto de su padre hasta en su gestualidad, y enfrentado, literalmente hablando, a otro hijo de famoso, Colin Hanks. Y eso casi es lo más destacable de una película muy convencional basada en hecho reales, según cuentan, y uno duda, según ve la película. Quien contó esas hazañas las engordó considerablemente o los guionistas se han columpiado.

