Por Albeiro Arciniegas

Jorge Brantmayer (Santiago de Chile, 1954), licenciado en Artes Plásticas con estudios en
fotografía, es un maestro de la imagen con amplio reconocimiento en su país y el exterior
gracias a sus diversas exposiciones individuales y colectivas y a los galardones y premios
alcanzados a lo largo de su carrera.
La capacidad artística de Brantmayer se ha podido apreciar y valorar en diversos países que
incluyen, entre otros, a Chile, Cuba, Estados Unidos, Francia, España, Argentina y Bélgica.
A través de sus series –Muchedumbres, La vida está en otra parte o Cuerpo presente– el
chileno muestra una búsqueda continua de las diferencias humanas y los contrastes
sociales.
Durante su trayectoria se le han otorgado becas y premios como Amigos del Arte, el premio
Fundación Futuro, el premio Altazor, el premio del Círculo de Críticos de Arte y el premio
Bicentenario a la fotografía en 2010. El Círculo de Críticos de Arte, en 2017, lo distinguió
nuevamente por su exposición Geografía de la Piel.
En esta entrevista, el chileno habla sobre su obra centrada en el retrato, la primera imagen
simbólica que logró en los duros tiempos de la dictadura de Augusto Pinochet, el coraje
para fotografías en el Bio Bio, el tiempo y la nostalgia como interpretación existencial y la
fotografía enfrentada a la manipulación de imágenes que hoy está de moda.
Maestro, ¿cómo recuerda sus inicios dentro del arte de la fotografía?
Muchas gracias por la invitación. Contento de poder conversar con usted. La verdad inicié
mi oficio desde muy temprana edad.
Imagen o fotografía que considere importante en sus inicios.
Sí; un día fui con mi cámara, por un pescado al centro de la ciudad. Entonces hice una
acción: tomé el pez, lo encadené y lo clavé sobre la madera. Era un pescado muerto,
obviamente, que compré en la pescadería. Y yo apoyé esa foto sobre un muro, atrás se veía
un automóvil como de esos de seguridad de la policía. Y era loco: el pescado, que era una
merluza, el habitante más simple y sencillo de los mares chilenos estaba ahí crucificado. Y
la herida que tenía sangraba y la cabeza del clavo adquiría una textura similar a la piel del
pescado. Ahí había una metáfora: una herida que producía un sangramiento. Esa foto no la
tengo en Internet, pero es muy importante para mí porque me di cuenta de que podía
expresarme con claridad respecto a los sentimientos que tenía en relación con la situación
política que entonces vivíamos. Además, era joven, un rebelde. Y fue una fotografía
maravillosa que me dio muchas satisfacciones: la primera fotografía de autor que yo realicé
en mi vida.
Usted habla de una situación difícil. Vivían (imagino) bajo una dictadura.
Exactamente, en aquel momento estábamos en el año, no sé: 1977 o 78, y llevábamos tres o
cuatro años de dictadura.
La de Augusto Pinochet para ser exactos.
Sí.
¿Ese tipo de situaciones sociales le dieron alguna perspectiva para interpretar la
realidad?
Hay que recordar que en aquel tiempo en Chile hubo un movimiento fotográfico importante
que dio cara a la dictadura. Todos los días los colegas salían a la calle a fotografiar la
violencia que había: el asunto de los detenidos y desaparecidos. Entonces los fotógrafos
chilenos con la asociación AFI, que así se llamaba, sacaban esas imágenes y las distribuían
al resto del mundo. Y a través de ellas el mundo se enteró de cuál era la realidad de Chile.
La fotografía jugó un rol importante en la lucha contra la dictadura.
Hablemos de su oficio. El proceso de una fotografía.
Soy una persona nerviosa, no estoy tranquilo cuando hago una foto. Nunca sé muy bien con
qué me voy a encontrar. Trato de mantener en mí la capacidad de asombro, pero todos los
tramos del proceso me generan dolores de estómago o tensiones. Ya sea con gente conocida
o cuando fotografío a gente que no conozco. Eso en mí no ha cambiado y es bueno porque
me hace enfrentar cada situación con la responsabilidad que ella merece. Hubo un momento
de mi vida en que comencé hacer retratos de personas y ahí encontré un mundo que me
parece inagotable. Creo que no hay un rostro igual a otro. Creo que no hay una expresión
humana que sea idéntica a otra. Entonces, muchas veces me dicen: ‘Jorge, ¿hasta cuándo
vas a seguir haciendo eso?’. Y creo que lo voy a seguir haciendo hasta que me muera. Es un
caudal enorme, de una riqueza infinita. A través del rostro humano se pueden ver la
tranquilidad, la felicidad, el dolor, la inseguridad, la melancolía, el temor. Todos esos
estados anímicos del ser humano. Así que lo voy a seguir descubriendo eternamente o
mientras pueda trabajar.
¿Qué ha descubierto de Chile después de fotografiar tantos rostros y tantos cuerpos?
Las diferencias sociales. Considero que eso. Tengo un proyecto que se llama
Muchedumbre, en el cual he fotografiado a centenares de personas de distintos estatus
sociales y oficios. El ejercicio consiste en conjugar estos rostros. Por ejemplo, tengo un
rostro de una persona de clase acomodada y uno de quien vive en la miseria y encuentro las
similitudes entre los rostros, entre las estructuras de sus cabezas. Y las diferencias de la
piel, la grasitud de la piel, la caspa. Entonces tú te fijas, por ejemplo, en los rostros de la
gente fina, por decirlo así, que son muy cuidados. La gente pobre, la más miserable, tienen
rostros distintos, mucho más curtidos. A través de eso he ido descubriendo, los rostros de
los indígenas, de los inmigrantes, los rostros de los negros que llegaban acá: los rostros de
los chinos. Y eso va construyendo la sociedad con sus diferencias.
¿Cómo enfrenta usted el problema ético de capturar imágenes de personas que se
encuentran de pronto en situaciones de vulnerabilidad?
Es un problema que me cuesta. Yo veo un rostro y tengo que capturarlo. Es como una
necesidad de cazador, de tener ese rostro en mi colección de imágenes. Hay gente que te
grita: ‘¿Por qué fotografías al loco?’. Porque el loco está ahí, qué sé yo, está enfermo, está
mal. Y yo quiero tener ese rostro. Éticamente no sé si es correcto o no. Tengo la necesidad
enorme de capturar esa imagen, de guardarla para mí. Y siempre trato de fotografiar de la
manera más digna posible. Pero lo complicado es eso: utilizar la imagen de los demás. Pero
no para beneficio personal, porque estoy tratando de entregar una historia, una forma de
mirar el mundo y de mirar a las personas.
¿Existe alguna problemática actual de su país o de América Latina que no haya sido
suficientemente fotografiada?
Desde luego que sí. La problemática indígena, la de los Mapuches, la de las protestas
sociales, por ejemplo. El conflicto del Bio Bio que tenemos aquí en Chile: grupos indígenas
que tratan de conservar su historia. Los fotógrafos ingresan ahí, pero la policía, muchas
veces lo que hace es requisar los negativos, los discos duros de los fotógrafos para, a través
de ellos, identificar a gente que protesta, a los –entre paréntesis–, terroristas. Entonces hay
un rechazo general hacia la fotografía en todos esos sectores. Cuesta ingresar. Y es posible
que tengan más acceso los fotógrafos extranjeros, que los chilenos. No sé, aquí en Chile, no
sé si tenemos tantos indígenas, pero hay un conflicto importante en la zona del Bio Bio que
no se puede registrar. La gente tiene miedo. No se deja fotografiar. Cada vez cuesta más.
Entonces, ¿la represión en Chile sigue siendo tan fuerte como en otras épocas?
No sé si hay tanta censura, pero lo que sí acontece es que las clases dominantes son dueñas
de los medios de comunicación y ellos eligen lo que se publica o no se publica.
Un hecho común a muchas otras partes, no cabe duda. Pero vayamos a otro punto, ¿qué
diferencia una fotografía de calidad artística de alguien que simplemente registra
imágenes?
Todo el mundo registra imágenes. Pero el fotógrafo que persigue algún motivo, que
desarrolla una temática con trabajo de investigación más profunda, es otro. La fotografía es
un oficio como el del escritor o del cineasta. Todos tenemos acceso a ella con las nuevas
cámaras y los dispositivos celulares, todos podemos hacer fotos, pero alguien que investiga,
que se introduce en la casa de las personas, que desarrolla un tema de género, pobreza o
desarrollo industrial, los cambios arquitectónicos actuales, es una labor que constituye
proyectos que requieren estudio y años de trabajo. Es diferente.
En relación con la tecnología, ¿tiene alguna preocupación por la manera cómo se
interviene y manipula una imagen?
Desde luego que sí. La fotografía documental va a seguir siempre existiendo, considero, y
creo que es el rol más importante de la fotografía en este momento. Ahora, cuando uno
pone en duda lo que está viendo, incluso me pasó. Subí a Instagram unas historias sobre la
inundación en Nepal y me escribieron diciendo que era inteligencia artificial, y yo estaba
seguro que no. Entonces, claro, uno pierde la noción de la realidad y deja de creer en las
imágenes y eso es complicado. Por eso es que los concursos de fotografía documental
exigen al fotógrafo que entregue el negativo digital; es decir, la versión original sin
manipular. En este caso, sería el RAW en fotografía digital para comparar y evitar la
manipulación. Es muy difícil detectar, pero a través de eso si se puede. Si tú eliminas un
cable, un poste, eliminas a alguien de una fotografía, ya estás interviniendo y no debía ser
así. Es interesante el tema porque las imágenes que se crean son muy lindas, pero la
potencia documentalista, la importancia de estar reproduciendo momentos que sí
acontecieron es lo que se afecta.
En su archivo, ¿existen imágenes que le resulta complicado volver a ver porque son
perturbadoras o recrean momentos históricos de su país?
No, fíjate. No tengo. Lo que ocurre es que el paso del tiempo es una cosa difícil. Cuando
uno ve fotografías de hace 40 años, uno se da cuenta que pasaron 40 años y tú dices,
concha, ¿cómo pasó eso? Ese transcurso del tiempo lo encuentro terrible. Uno cree que la
vida es larga, pero es tan corta que todo parece que hubiese acontecido ayer. Uno se da
cuenta que el mundo ha cambiado y yo creo que hay mucha nostalgia. A mí me pasa, ya
tengo 70. Viejo soy, pero no tanto. Es tan brutal el cambio de los últimos tiempos. Con las
migraciones, con los golpes de Estado, los cambios tecnológicos, no sé: el uso de la
inteligencia artificial. Cambios en las universidades. El diálogo que ya no existe. Las
relaciones sociales a través de las redes. Yo creo que, a través de la fotografía, lo que me
produce es darme cuenta del paso de los días y da nostalgia.
Si tuviera que definir la fotografía en pocas palabras, ¿cómo la definiría?
Es una forma de vivir. Soy fotógrafo desde muy joven y cuando aprendí me quedé ahí.
Cuando fui a la universidad no sabía que estudiar, no había nada que me interesara más que
el mundo de las imágenes. Para mí es un sistema. Mirar, capturar, conjugar, asimilar, hacer
series, crear narrativas. Sí; una forma de mirar el mundo. De testimoniar. Una forma de
decir yo vi esto y estuve ahí. Es lindo.
¿Cuál es la mayor satisfacción que le deja su trayectoria como fotógrafo?
Las relaciones humanas. Generar confianza. Vínculos. Me acuerdo de los momentos
exactos cuando llego a mi casa con material fotográfico que tengo que editar y espero un
día, dos, pero me acuerdo de las circunstancias en que tomé esas imágenes y siento
satisfacción. Es lindo detenerse, fotografiar. Me parece que con ello uno aporta para que el
mundo sea mejor: haciendo fotos.
¿Qué consejo finalmente le daría a un joven fotógrafo que quiera desarrollar una obra
personal como la suya?
La perseverancia es importante. No dejarse amilanar. Porque siempre uno está expuesto a
un mundo violento. Cuando se quiere conseguir algo uno siempre va a recibir rechazos y
momentos difíciles, pero hay que seguir. Hay que tener una obsesión. La obsesión es una
cosa importante. Cuando uno se obsesiona no hay que detenerse. Uno tiene que seguir lo
que quiere. Hay que trabajar. Eso es lo que creo.

