Entre lo autobiográfico y la crítica de arte

A lo largo de varios años la profesora y artista Tatiana Abellán escribió una interesantísima columna en el periódico La Verdad, en la que diseccionaba acontecimientos del mundo del arte y sucesos relevantes que agitaban la sociedad del momento que aderezaba con anécdotas de su esfera privada. Elementos que Abellán hilvanaba con maestría, concibiendo una serie de artículos que ahora, en forma de libro, se pueden disfrutar, en orden cronológico, como una prolongada reflexión sobre el impacto del arte en la sociedad actual y su semántica ideológica.
Según la autora, el arte ha perdido su capacidad de seducción, su fuerza transformadora, porque entre otras cosas, un activismo exacerbado consigue desactivar su valor estético. Por supuesto, también concurren otros factores, como la política, las corrientes ideológicas hegemónicas que “cancelan” la disparidad de discursos y una querencia por lo políticamente correcto que, como un fantasma, recorre el mundo del arte y del pensamiento.
Entre los bosquejos autobiográficos, la crítica artística y la reflexión personal, Abellán nos descubre a los no legos en la materia aspectos relevantes como el vaciamiento del arte, un asunto que ella misma, desde su faceta como creadora artística, ha explorado con obras que tratan precisamente sobre el borramiento y lo autobiográfico. En varios artículos descubrimos su interés por esa búsqueda del vacío o de la ocultación como estrategias para dotar de visibilidad la obra: exposiciones sobre reversos de cuadros, una exposición que consiste en un pabellón desencajado, la negación de la muerte o reflexiones sobre la postfotografía de Fontcuberta, donde las instantáneas mienten, creando otra forma de ver la realidad que nada tiene que ver con la verdad.
En la lectura de estos breves textos que, unidos, funcionan como una suerte de manual sobre cómo mirar el arte contemporáneo, comprendemos que éste no debe tener una finalidad, debe ser puro, “inútil”, como ya advirtió Oscar Wilde, y que para descubrir que el emperador va desnudo en ocasiones es necesaria la mirada desprejuiciada de un niño.
También hay espacio en estas líneas para criticar los fanatismos ideológicos de los nacionalismos, lo woke, el retorcimiento del lenguaje “exclusivo” o para racionalizar y poner en contexto mantras del decolonialismo o el apropiacionismo (¿cómo concebir un arte sin apropiación?) que se repiten en discursos tanto políticos como artísticos. De hecho, entendemos con Abellán, que son precisamente estos postulados uniformadores e intransigentes los que achatan la dimensionalidad del arte, del mundo académico y, en definitiva, del pensamiento. Porque el arte también es una forma de pensar, una forma de hacer filosofía desde lo estético que, como cualquier otra manifestación cultural, afecta en lo social y en lo económico.
Este libro es una delicia. Su prosa, tan clara como precisa, y la capacidad de análisis de su autora, rigurosa pero armada con una ironía demoledora, nos invita a transitar por esa zona liminal que es

