Por Jesús Cárdenas.
En el texto dedicado a reseñar Leonora dentro —XLII Premio Leonor de Poesía, convocado por la Diputación Provincial de Soria— me refería a la transmisión de libertad y valentía creadoras que en Josefina Aguilar Recuenco recordaban a los vanguardismos de los años veinte, a esa voluntad de andar zigzagueando por los inalcanzables límites que dejan a los géneros en la cuerda floja y no refugiarse en modelos estético-formales predecibles. Allí hablaba de una «poética indócil». Después de leer La eternidad menguante —VII Premio Internacional de Poesía Juan Rejano-Puente Genil—, aun a riesgo de repetirme, adquiere una dimensión más radical.
He leído este libro de manera salteada, regresando a él en distintos momentos, no como una sucesión de poemas hasta alcanzar una última página, sino como quien vuelve a entrar en una habitación cuya disposición cambia. Tal vez esa esta forma de lectura la que le rondaría a Aguilar Recuenco: una aproximación intermitente, atenta a los intervalos y a las asociaciones. La poesía puede ser casa, pero también espejo: nos devuelve una imagen que no coincide nunca del todo con la imagen que esperábamos encontrar.
Si en Leonora dentro la poeta almeriense y docente rendía homenaje a Leonora Carrington, aquí el punto de partida se encuentra en las fotografías de Lewis Carroll y, con ellas, en la fascinación por el espejo como lugar donde la identidad deja de ser estable. Como señala José Luis Morante, la escritura se plantea como ejercicio introspectivo de reconocimiento de la propia identidad a través del lenguaje. En La eternidad menguante, esa introspección adopta una forma peculiar: los poemas parecen pequeñas sesiones de exploración de entidades abstractas —la luz, la oscuridad, la realidad, el sueño, el espejo, el tiempo, la nada— convertidas en personajes, objetos o espacios de una escena imposible.
No es casual, por ello, que muchos títulos posean la precisión de una acotación teatral o el encuadre de una película. El inicial, «Sesión fotográfica a la oscuridad. La oscuridad está sentada en una silla de luz. Apoya su cabeza sobre un sol durmiente», establece desde el principio las reglas de este universo. El poema inventa una realidad previa mediante el lenguaje. La oscuridad puede sentarse; la luz puede ser una silla; el sol puede dormir. El procedimiento surrealista, onírico, no busca simplemente producir extrañeza, sino desplazar las relaciones habituales entre las cosas para revelar otra lógica.
La propia estructura de los poemas participa de ese desplazamiento. Predomina la prosa poética, pero su aparente libertad está cuidadosamente modulada por pausas, reiteraciones, preguntas y retornos léxicos. Un ritmo interno que nace de la sintaxis y de la insistencia. La frase se prolonga, se repliega y vuelve sobre sí misma como una conciencia que intenta apresar algo que se le escapa. Así ocurre cuando leemos: «Me oye todo lo que sufre, me oyen las paredes de mi cuarto, ellas me oyen encoger la mirada de las cosas, me oyen respirar en el ojo». La repetición produce una anáfora expansiva que transforma el espacio doméstico en organismo sensible. Las paredes escuchan; la mirada puede encogerse; el ojo respira. La sinestesia convierte los sentidos en vasos comunicantes y hace del interior un territorio perceptivo donde ver, escuchar y respirar pertenecen a una misma experiencia.
La palabra se exhibe con toda su capacidad genésica. En otro momento se afirma: «mira al espejo, lo que ves es el no suceso, tú en el no suceso, infinito con tú es lo que llamamos vida». La sintaxis quebrada y la reiteración provocan una especie de lógica paradójica: existir es también aquello que no ha ocurrido, una posibilidad suspendida en el espejo. El lenguaje reproduce esa contradicción. De ahí la relevancia que adquieren las interrogaciones retóricas que nos abren el espacio mental y representan una forma de conocimiento sin fin: «¿Adónde va lo que atraviesa el espejo? ¿Adónde va quien cruza a nado la nada?».
El espejo constituye, por tanto, mucho más que un motivo recurrente. Es el dispositivo epistemológico del libro. Frente a un espejo no encontramos simplemente nuestra imagen, sino una versión desplazada de nosotros mismos. «Eso es otro espejo: un nunca. ¿Has probado a poner frente a frente dos espejos?». La duplicación introduce un infinito que nunca termina de alcanzarse. De ahí que el título resulte especialmente revelador: La eternidad menguante contiene un oxímoron que resume la poética completa. Lo eterno parece destinado a disminuir; lo absoluto se vuelve frágil; aquello que aspiraba a permanecer queda sometido al tiempo.
Incluso Carroll aparece transformado dentro de la propia lógica del libro. Cuando surge Alice, la figura del fotógrafo parece perder su posición de observador y quedar atrapado por aquello que contempla: «Un ojo se parece al agua en que esta se mueve con los ojos cerrados. Todas se llaman Alice. Todas llevan un espejo en el vientre por donde dejan nadar a los hijos». La imagen posee una lógica onírica, pero también una potencia simbólica evidente. El ojo se convierte en agua; el espejo contiene una posibilidad de vida, por lo que mirar equivale a engendrar mundos.
Sobre la cuestión de la imagen, adquiere especial importancia la proliferación de imágenes que han señalado Inés Ramón y Diego Sánchez Aguilar. En un libro nacido bajo el signo de lo fotográfico, la imagen no podía ser secundaria. Pero no se trata de imágenes aisladas: el poema avanza mediante condensaciones sucesivas, destellos que aparecen, se superponen y desaparecen antes de quedar completamente fijados. La autora sostiene deliberadamente esa inestabilidad. Y el lector se encuentra siempre ante algo que parece estar a punto de revelarse y, sin embargo, vuelve a desplazarse.
El campo semántico, concentrado en unos pocos núcleos —luz, sombra, espejo, mirada, tiempo—, es uno de los mecanismos predominantes de cohesión. Puede producir también una mirada túnel, pero esa tensión forma parte de la apuesta: Aguilar Recuenco pretende excavar más profundamente. Como quien fotografía reiteradamente un mismo rostro buscando la diferencia mínima, insiste hasta que lo familiar comienza a volverse extraño. De ahí las metáforas visionarias, los oxímoros, las paradojas y las sinestesias en imágenes que modifican nuestra forma de mirar:
«¿Qué hay detrás de la amapola? Detrás de la amapola están los huesos de la luz, vinieron de un esqueleto doblado en un libro».
En definitiva, La eternidad menguante es un libro sobre la percepción, pero también sobre la imposibilidad de fijarla. La fotografía aspira a detener el instante; el espejo lo multiplica; el lenguaje intenta conservarlo y descubre que toda permanencia contiene ya su desaparición. Por eso la escritura de Josefina Aguilar Recuenco resulta tan inquietante, por esa ondulación con que percibimos la realidad.

