Ander Ercoreca

 

Hirokazu Koreeda pretende sumergirse, por primera vez, en la ciencia ficción, pero apenas logra pisar la superficie del género. El cineasta regresa a las salas de cine con la familia, una vez más, en el núcleo de la historia.

Kakeru está situada en un futuro cercano, que muchos podrían llegar a considerar una utopía, donde la tecnología ha avanzado hasta el punto de crear humanos con inteligencia artificial. Una pareja en duelo por la pérdida de su hijo, Kakeru, acoge a una réplica robot del difunto para mitigar su sufrimiento.

Una premisa más que explorada en el medio por películas como Metrópolis, Blade Runner o A.I. Inteligencia artificial a manos de Spielberg. Koreeda comprende su posición y desatiende al niño humanoide para enfocar la narrativa en el conflicto entre los dos adultos. De esta manera, plantea el dilema de si la tecnología puede devolver realmente a quien amamos.

El mayor problema de la película es que el director se limita a responder al dilema y masticar toda la información para un espectador que ya no tiene nada a qué prestar atención porque no tiene nada que descubrir.

Uno de estos síntomas es el de exponer una de sus principales referencias a plena vista: El principito. La propia novela está presente en la película, pero también se ve al principito en bolas de nieve, personajes pintados, etc. La idea de que lo esencial es invisible a los ojos es el diálogo que cimenta la historia y es, a su vez, la característica de la que carece el largometraje.

Más tarde se abre el debate de si la inteligencia artificial tiene o no alma. Una pregunta que Spielberg se encargó de dotar de una emotividad única, y que el videojuego Detroit: Become Human transmitió como una experiencia interactiva para los usuarios. En comparación, la última obra de Koreeda se convierte en una más dentro del subgénero sin ningún elemento distintivo que la diferencie.

En esa misma línea se suman problemas de coherencia dentro de las propias reglas sobre el humanoide en favor de posibilitar otras subtramas que no hacen más que derruir el mundo utópico cuyas bases apenas había asentado.

En este punto la narrativa se disipa en dos: el conflicto que acarrea el duelo por el que pasan los padres y la libertad de los humanoides.

Esta última aterriza sin fuerza ni explicación y, al ocupar buena parte del metraje, deja de lado a algunos personajes importantes como la figura del padre, que desaparece temporalmente del supuesto conflicto central. Una ausencia notable puesto que la primera parte de la historia se resumía en el duelo familiar.

Tal vez Kakeru no sepa diferenciarse dentro del debate sobre el alma de los humanoides, pero consigue el efecto contrario en los paralelismos de la temática. En concreto, la inclusión de elementos como la naturaleza y la arquitectura.

La película indica que, a diferencia de los humanos, los árboles viven más allá de la muerte y, sí, tienen un alma. Esa comparativa entre la naturaleza y los humanoides es el aspecto más sugerente de todo el film y habría merecido mucho más minutaje que la “revolución” de los humanoides. Las escenas del personaje de Kakeru relacionadas con las plantas, los árboles y la madera que pule su padre son lo más llamativo del largometraje.

De igual manera, Koreeda ya introduce a raíz de la arquitectura la idea de que lo esencial es invisible a los ojos. La figura del padre lo menciona claramente: al construir una casa, lo más valioso es intangible y está sostenido por vínculos que no se ven a primera vista. Aun así, decide exteriorizar la frase directamente para el espectador.

Un ejemplo más de la ausencia del subtexto del que sí gozan otras de sus obras como Nadie sabe, donde apenas había diálogos porque la acción y los planos hablaban por los personajes. Incluso Un asunto de familia, con bastantes diálogos, dejaba más a la interpretación y mantenía el interrogante del dilema que ponía en cuestión.

Esta sobreexposición y la subtrama de la libertad o no de los humanoides hacen que el desarrollo de la película se trunque y se resuelva en un final ordinario y sin toda la emoción que pretende poseer y que verdaderamente tiene el resto de sus películas con finales amargos. Si tuviera que aventurarme, diría que la ambición del género ha distraído a Koreeda de la fuerza de la intimidad que establece al comienzo.

A pesar de todo, Hirokazu Koreeda sigue siendo quien es. La familia sin lazos de sangre permanece en el centro de sus historias de nuevo con un duelo que superar, una pérdida que honrar y una elección que tomar. Aquí, en el enfoque más íntimo, es donde su cine florece y alcanza una calidad indiscutible.

Kakeru, gracias a la ciencia ficción, se diferencia en su forma de obras anteriores del director como Un asunto de familia, Nadie sabe o Monstruo, que tratan las mismas temáticas en el fondo de cada historia. Puede que la película más reciente de Koreeda no esté ni de lejos al nivel de las anteriormente mencionadas, pero ese hecho no la convierte en una mala película.

El esfuerzo por buscar nuevas formas de abordar los mismos temas siempre será de agradecer. Y, aunque creo que no ha terminado de dirigir por un camino excepcional la historia, es un trayecto entretenido —en especial por su paralelismo con la naturaleza— que no se merece pasar desapercibido durante su tiempo en las salas de cine.

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