JOSÉ LUIS MUÑOZ

NAZA no va de nazis, o sí, sino que es el acrónimo hebreo de daños colaterales, ese eufemismo miserable que se utiliza en los conflictos bélicos cuando se asesina a civiles. NAZA es el valiente documental de dos realizadores israelíes, Yuval Abraham y Rache Szor, que ya figuraban entre los directores de No other land galardonado con el Oscar en 2024, que cosechó veinticinco minutos de aplausos ininterrumpidos en el último festival de Venecia y desmonta todo el relato oficial del estado de Israel de que no está cometiendo genocidio en Gaza.

El documental recoge los testimonios de veinticinco militares de las FDI, casi todos ellos ligados a la inteligencia militar y simplemente silueteados sobre el fondo de las viviendas de Tel Aviv —en donde la vida discurre con normalidad y contrasta con el infierno que está solo a cuarenta kilómetros más al sur, la distancia que separa la capital de Israel de la ciudad de Gaza—, a los que no se les ve la cara y se distorsionan sus voces por razones obvias, que cuentan cómo seleccionan los objetivos en la franja de Gaza durante estos tres años de bombardeos masivos.

Mediante sofisticados artilugios electrónicos de última generación, los verdugos digitales se introducen en los hogares de los palestinos a través de sus teléfonos móviles, espían sus conversaciones, incluso ven las caras de sus habitantes y deciden con una simple orden la destrucción de la vivienda con un dron o un misil. Uno de ellos afirma que en una ocasión se eliminaron a quinientos civiles porque habían detectado a un miembro de Hamás.

Estos oficiales de inteligencia, que actúan desde despachos y no están en el frente de guerra (o masacre, porque eso no fue una guerra), decidieron sobre la muerte de al menos setenta y cinco mil civiles, balance a la baja de la masacre que algunas fuentes multiplican por tres. Algunos de ellos cuentan cómo escuchaban la presencia de bebés llorando en las viviendas que iban a arrasar y no dudaban en dar la orden de asesinarlos. No eran decisiones aisladas sino programadas por los mandos del ejército para exterminar a la población gazatí en esa masacre que todavía dura y casi todos los entrevistados muestran ante la cámara una frialdad espantosa cuando narran sus crímenes de guerra y una falta absoluta de empatía hacia sus víctimas. Uno de ellos, incluso, llega a afirmar que era divertida su tarea letal, que era cómo un juego. Otro, por el contrario, reflexiona y llega a la conclusión de que así actuaban los nazis con los judíos durante el Holocausto, que era consciente de que se estaba perpetrando un genocidio, pero aun así, no cuestionaba las órdenes que recibía.

Producido por Jonathan Glazer (el director de La zona de interés sobre la banalidad del mal en Auschwitz) el documental NAZA, premio especial del jurado en el festival de Venecia en donde fue estrenado, es una película de terror, aunque en ella no veamos un solo muerto salvo en las imágenes finales grabadas con teléfono móvil en la franja después de un bombardeo. El film, que trasciende lo estrictamente cinematográfico, es el testimonio verificable de que Israel está cometiendo genocidio en Gaza, es un documento que aportar a la Corte Penal Internacional para llevar a juicio a ese país y sus gobernantes. Que el documental haya partido de dos realizadores israelíes que se la han jugado presentando esos testimonios (desde instancias gubernamentales se pide que se retire la nacionalidad a esos dos traidores a los que tildan de mentirosos y su vida corre serio peligro en una sociedad tan fanatizada y crispada como la suya) resulta esperanzador, lanza el mensaje de que en  Israel, un país mayoritariamente adormecido ante el genocidio que está cometiendo su ejército, aunque muy minoritariamente, hay ciudadanos con conciencia y valor para denunciar las atrocidades que se cometen en su nombre.