Irene Gil Giménez

 

Con Tiempos modernos, Charles Chaplin se posiciona frente a la imparable vorágine del cine sonoro a través de la que sería la última película muda de Hollywood. La película se estrenó en 1936, pocos años después del gran impacto que supuso la Gran Depresión de 1929. El cierre de innumerables fábricas, junto con el creciente desempleo y el descenso de los salarios, desembocó irremediablemente en una pobreza inminente. Durante estos años se impuso un modelo de producción industrial que adaptaba el cuerpo humano al ritmo frenético de las máquinas, lo cual provocaría la caída de la idílica idea del progreso industrial como mejora del bienestar humano.

La película muestra de manera clara, a través de la figura de un obrero, cómo el cuerpo humano se subordina al ya mencionado ritmo industrial. Un ejemplo de ello lo encontramos en la archiconocida escena de la cadena de montaje, en la que el personaje debe apretar las tuercas que se suceden por una cinta mecánica. En ella, el cineasta muestra, mediante este gag cómico, cómo el cuerpo pierde su autonomía y, mientras la máquina aumenta su velocidad, el ser humano necesariamente debe hacer lo propio.

Si echamos la mirada atrás, podemos atisbar lo que Chaplin ya advirtió en su momento. Y es que, además de la enorme carga social que conlleva, la película se sitúa justo en el momento en el que la sociedad comenzaba a pisar el acelerador. Esta urgencia es satirizada por el autor mediante la hiperbólica escena de la «máquina de alimentación automática», artefacto creado, como su propio nombre indica, para alimentar a los trabajadores durante su jornada laboral, de manera que pudiera eliminarse el «innecesario» descanso. Todo ello se representa de una manera obviamente exagerada y mediante otro de sus míticos gags cómicos.

Este concepto se vuelve realmente interesante cuando lo relacionamos con el ritmo de vida actual. Se aprecia de una manera más clara entre la gente joven y en el impacto de las redes sociales. Estas últimas se han adaptado excelentemente a este ritmo y al funcionamiento del cerebro humano, pues requieren poco esfuerzo mental y recompensan constantemente mediante nuevo contenido. Como resultado, se genera una creciente problemática en torno a valores como la concentración y la comprensión lectora. Hasta en los sectores académicos se ha reducido la exigencia en cuanto a la literatura. La problemática reside en que cada vez resulta más difícil abordar un tema que, de entrada, no se comprende. El esfuerzo por comprender parece una cuestión desacorde con las generaciones venideras, fruto de la costumbre a una recompensa fácilmente accesible e inmediata.

Sin embargo, a pesar de que el sector de la sociedad señalado sea siempre la juventud, la realidad es que el ritmo de vida acelerado es un fenómeno masivo que afecta, en mayor o menor medida, a toda la humanidad. Hoy en día, todo el mundo tiene prisa. En el cine, lo que antes eran planos sostenidos, silencios, pausas o escenas cotidianas se ha convertido en una rápida sucesión de planos, un flujo constante de estímulos y un texto mucho más rápido y directo.

El arte, como reflejo eterno de la época a la que pertenece, es hijo innegable de nuestro presente. La lógica de producción masiva y consumo acelerado que Chaplin satiriza no se limita al trabajo industrial: también ha terminado absorbiendo el ámbito artístico. Anteriormente, los artistas requerían largos periodos de elaboración para crear sus obras; hoy en día, gran parte de la producción cultural se reproduce de manera serial, casi industrial. Bajo esta lógica, corre el riesgo de convertirse en un producto de consumo inmediato, destinado a un espectador acostumbrado a recibir estímulos de manera rápida y continua. De esta manera, se desplaza el proceso de reflexión, crítica y asimilación de la obra.

En este contexto, tal y como retrata Nathaniel Kahn en el documental The Price of Everything (2018), el valor artístico queda con frecuencia subordinado a dinámicas económicas y especulativas en las que unos pocos agentes terminan condicionando gran parte del panorama cultural. La obra pasa entonces a dirigirse hacia un consumidor casi bulímico, habituado a absorber contenido de forma inmediata y compulsiva, bajo una dinámica permanente de renovación y demanda.

En definitiva, la sátira con la que Chaplin abordó la mecanización industrial en Tiempos modernos no solo retrató la angustia de su época, sino que prefiguró el ritmo vertiginoso de la nuestra. De la cadena de montaje a la pantalla del teléfono, la búsqueda incesante de productividad e inmediatez ha transformado no solo la forma en que trabajamos y vivimos, sino también la manera en que consumimos y creamos arte. Al convertir la cultura en una mercancía de consumo rápido y subordinarla a semejantes dinámicas económicas, corremos el riesgo de perder el espacio para la pausa, la crítica y la contemplación. En consecuencia, tanto el espectador como el artista pierden la oportunidad de conectar profundamente con la obra. Por ello, proteger y generar nuevos espacios de reflexión y pausa es, en última instancia, el verdadero desafío cultural de nuestro presente.