Por Mario Álvarez Porro.

Aproximarse a la figura de Miguel Hernández desde la crítica actual supone siempre un riesgo considerable. El de quedar deslumbrado por el mito literario y, por tanto, limitado a una lectura excesivamente académica. Sin embargo, la colección PpQ (Poetas para Qué), editada por Árdora, nace con la vocación explícita no solo de «quitar el polvo a los clásicos», sino de «contrarrestar la insensibilidad que amenaza su transmisión a las nuevas generaciones». En esta nueva entrega, el poeta, investigador y docente Javier Mateo Hidalgo acepta la invitación a articular un volumen que no solo resulte modélico en cuanto a su rigor crítico, sino que deje reflejado con la honestidad de quien comprende que la poesía es, antes que un registro de archivo, una huella de resistencia vital.

Como confiesa el propio Mateo Hidalgo en el prólogo, la idea surgió de forma casi reveladora durante una estancia en un ryokan de Atagawa, donde, tras reparar en que nadie dentro de la colección se había «atrevido» aún con la figura del poeta oriolano, el antólogo asumió el reto de suavizar la rigidez de la imagen del poeta para entregarnos otra mucho más humana, de carne y hueso, herida y palabra.

Lejos de los tópicos habitualmente atribuidos al «poeta pastor» o al de prototipo de miliciano, el estudio preliminar reconstruye la evolución intelectual del autor más allá del panfleto. A través de un acertado cruce de testimonios, fuentes epistolares y memorias —donde destacan pasajes tan evocadores como los recuerdos de su propio abuelo Vicente—, Mateo Hidalgo reconstruye el itinerario de un creador que transitó desde el amparo poético de su amigo Ramón Sijé y el preciosismo neobarroco, pasando por las afinidades mantenidas con el 27, hasta la adopción de la llamada «poesía impura» propiciada por el magisterio de Pablo Neruda.

En relación con los criterios de selección, cobra especial valor la claridad con la que el antólogo los expone en la sección de «Justificación», ya que frente a la arbitrariedad de otras antologías de corte divulgativo, nos ofrece una colección cuantitativa e historiográficamente ecuánime formada por 77 composiciones. La distribución queda como se indica a continuación:

  • Poemas sueltos, I (1923-1932): 15 poemas de los 100 que componen este primer bloque.
  • Perito en lunas (1933): 9 de las 42 octavas reales de las que consta el conjunto lírico.
  • El rayo que no cesa (1936): 13 de los 30 poemas que componen el total de la obra.
  • Viento del pueblo (1937): 7 poemas de la última obra publicada en vida del poeta.
  • El hombre acecha (1937-1938): 10 poemas del libro que fue secuestrado en imprenta en 1939. Tuvo que esperar a 1981 para que viera la luz.
  • Cancionero y romancero de ausencias (1938-41): 23 de las 137 composiciones que vieron la luz en Buenos Aires en 1958 —en la «Justificación» reza que son 24 poemas los seleccionados, aunque luego solo sean verdaderamente 23—.

Asimismo, el respeto por los manuscritos se refleja además en la inclusión entre corchetes de los títulos asignados por el primer verso a aquellos poemas originales que carecen de título, ofreciendo así un aparato textual riguroso que no entorpece en ningún momento su lectura. En concreto, el intervalo de tiempo abarcado en la antología (1923-1943) permite examinar la vehemente evolución de una voz poética imprescindible en la literatura española del siglo XX.

Así pues, la antología nos permite repasar el crecimiento poético de Miguel Hernández empezando por una etapa inicial y de aprendizaje (Poemas sueltos, I), donde se rescata la «etapa pastoral y bucólica», donde conviven la contemplación del paisaje con la asimilación del modernismo rubeniano o el intimismo becqueriano —EL SOL Y EL PASTORCILLO o APRENDIZ DE CHIVO—.

A continuación, en una segunda etapa (Perito en lunas), comprobamos el virtuosismo técnico hernandiano en sus octavas reales, donde lo cotidiano —un gallo, una noria o el horno— se deconstruye en herméticos poliedros metafóricos a modo de adivinanzas que evidencian la impronta gongorina.

Seguidamente, en una tercera etapa (El rayo que no cesa), constatamos la enorme calidad del poeta de Orihuela como sonetista, donde los temas se centran de forma obsesiva en la pasión erótica, el amor y el presagio de la muerte, entrelazándose con una arquitectura métrica impecable: «¿No cesará este rayo que me habita / el corazón de exasperadas fieras / y de fraguas coléricas y herreras / donde el metal más fresco se marchita?»

Más tarde, en una cuarta etapa (Viento del pueblo y El hombre acecha), vemos cómo el estallido de la contienda da paso a la voz colectiva transformando el verso en canto épico y romance de trinchera —VIENTOS DEL PUEBLO ME LLEVAN o ACEITUNEROS—, para virar posteriormente hacia la amargura dolorida frente a la barbarie y la crudeza de la guerra donde «el hombre es un lobo para el hombre» —EL HAMBRE, EL TREN DE LOS HERIDOS o EL NIÑO YUNTERO—.

Finalmente, en una última etapa (Cancionero y romancero de ausencias), se hace patente el despojo lírico marcado por la pérdida de su primer hijo, la prisión y la sombra de la derrota. El poeta depura su lenguaje hasta una brevedad extrema. Piezas como las NANAS DE LA CEBOLLA se erigen como símbolo del dolor ante  la pobreza  extrema consecuencia de la guerra, contrastando con la ternura, la esperanza y la resistencia que se niegan a someterse ante el desaliento: «La cebolla es escarcha / cerrada y pobre: / escarcha de tus días / y de mis noches. / Hambre y cebolla: / hielo negro y escarcha / grande y redonda».

En un panorama editorial como el actual, saturado de antologías repetitivas e inanes, Contra la piedra hostil del desencanto destaca por su honestidad intelectual, su equilibrio crítico y su fidelidad al espíritu creador. La cuidada edición preparada por Javier Mateo Hidalgo demuestra que la poesía de Miguel Hernández no pertenece al pasado ni al academicismo más atrofiado, sino que goza de una urgente actualidad, pues su voz continúa funcionando como un fuego capaz de iluminar, interpelar y resistir. Una lectura imprescindible en nuestros días como advertencia a las buenas personas a quienes unos y otros pretenden confundir para conducirles a todo «menos a un lugar idóneo para personas de mente limpia y alma pura».