JOSÉ LUIS MUÑOZ

No ha habido mucha suerte en los biopics sobre músicos clásicos. El enfant terrible del cine británico Ken Russell se atrevió con Tchaikowski, Mahler y Lisz en sendas películas desmadradas interpretadas por Richard Chamberlain en La pasión de vivir, Robert Powell en Mahler, una sombra en el pasado y Roger Daltrey en Lisztomania; Milos Forman nos ofreció un Mozart infantiloide y atontado en Amadeus y Ed Harris fue Beethoven en Copiando a Beethoven de Agnieska Holland mientras Gary Oldman interpretó al mismo músico en Amor inmortal de Bernard Rose. Sobre el genial pianista y compositor polaco Chopin tendríamos que remontarnos a la producción española Un invierno en Mallorca dirigido por Jaime Camino y centrado en la estancia del músico y la escritora George Sand en la cartuja de Valldemossa.

Chopin, del polaco Michal Kwiecinski (Varsovia, 1951), es una película ambiciosa que nos muestra a un creador vitalista compulsivo, muy alejado de esa imagen melancólica que se tiene del compositor, que sabe que morirá joven por su tuberculosis y apura la vida a grandes tragos (a veces literales) y despliega sus armas seductoras allí donde se encuentre. Con una exquisita recreación de ambientes y vestuario, el realizador polaco nos traslada al París versallesco, a sus palacios en donde el músico polaco triunfó ejecutando conciertos ante una aristocracia ilustrada después de la revolución de 1830, su rivalidad con Liszt, que duró toda la vida pero se sustentó en un respeto mutuo, su tormentosa, en su literalidad, estancia en Mallorca con su amante George Sand, de la que tiene que salir huyendo por la escasa hospitalidad de sus habitantes, y sus últimos momentos cuando la muerte lo acecha.

Drama suntuoso, exquisito, bien realizado, bien ambientado este Chopin —la reconstrucción del París de la época es perfecta—, con algunas escenas espectaculares —la travesía de regreso de Chopin y George Sand embarcados en la infame bodega, junto a una piara de cerdos,  de un barco en su huida de Mallorca; la ciudad de Genova asolada por la peste— y llevado hacia cumbres celestiales por las composiciones musicales del músico polaco al que el actor Eryk Kulm, con su peculiar fisonomía, da vida convirtiéndose en su creíble personaje; la francesa Joséphine de La Baume es George Sand, a la que un endurecido Chopin despacha negándole su amor;  y Lambert Wilson como el rey Luis Felipe I, el último monarca de Francia.

Michal Kwiecinski firma esta clásica recreación de la vida de Chopin que, a pesar de sus más de dos horas de duración, resulta placentera a la vista y al oído y una muestra más de la solvencia del cine que se hace en el este de Europa.