Alejandra Castaño

Hay algo profundamente inquietante en caminar por un lugar que debería estar lleno de gente y encontrarlo completamente vacío. Un hotel sin huéspedes, un centro comercial sin clientes, una urbanización sin vecinos o un pasillo que parece no terminar nunca. Son espacios cotidianos, reconocibles, pero algo en ellos ha dejado de funcionar como debería. Quizá por eso las llamadas backrooms han encontrado en los últimos años un lugar privilegiado dentro de nuestro imaginario del miedo.

El fenómeno nació en internet, pero el cine llevaba décadas preparándonos para él. El resplandor (1980) de Stanley Kubrick convirtió los pasillos del hotel Overlook, sus alfombras geométricas y sus habitaciones demasiado grandes en una extensión de la locura de Jack Torrance. En Exit 8 (2025), una película que convierte un recorrido cotidiano por un pasillo de metro en una pesadilla repetitiva, las anomalías también obligan al protagonista a mirar aquello que preferiría ignorar. Incluso hay una imagen que parece dialogar directamente con Kubrick: una inundación de sangre que remite inevitablemente a la célebre escena de los ascensores del Overlook.

Pero quizá lo más interesante de estas películas sea aquello que no aparece.

En el terror clásico solemos temer a algo: un asesino, un monstruo, un fantasma. En los espacios liminales, en cambio, el miedo puede encontrarse precisamente en la ausencia de todo ello. No hay nadie detrás de la puerta. No hay nadie al final del pasillo. No sabemos dónde estamos ni cuánto tiempo llevamos allí. Es el miedo al vacío, a la soledad, a la nada.

No es extraño que tantas personas describan sueños parecidos como perderse en escaleras interminables, caminar por edificios diáfanos que no llevan a ninguna parte, atravesar habitaciones idénticas o intentar encontrar una salida que parece estar siempre un poco más lejos. Quizá las películas de espacios liminales funcionan porque se parecen a esos sueños en los que conocemos el lugar y, al mismo tiempo, sabemos que no debería existir.

También por eso sus protagonistas no suelen limitarse a escapar. Tienen que enfrentarse a aquello de lo que estaban huyendo. El espacio exterior acaba convirtiéndose en una representación del interior: cuanto más intenta el personaje encontrar una salida, más cerca está de aquello que no quería mirar.

Vivarium (2019) lleva esta idea hasta el extremo con una urbanización perfecta y asfixiante donde la normalidad se convierte en una trampa. Y en el taquillazo de este año, Backrooms (2026), hacen algo parecido con lugares que parecen construidos para nadie. Incluso sus pequeñas puertas recuerdan a otra historia en la que atravesar una puerta significa abandonar las reglas conocidas: Alicia en el País de las Maravillas.

Quizá esa sea la verdadera razón por la que estos lugares nos incomodan. No porque sean completamente desconocidos, sino porque son demasiado familiares. Un pasillo, una escalera, un hotel, un almacén… Todo parece estar en su sitio, pero algo ha desaparecido.