Soledad Falero.
María Jesús Manzanares es una persona cálida que, en cuanto llegas, te ofrece sentarte y tomar una taza de té. Se licenció en Bellas Artes y cursó un doctorado y un Master en Estética y Teoría de las Artes en la Universidad Autónoma de Madrid. Desde entonces, desde Plasencia, busca experimentar y mezcla todo tipo de materiales y disciplinas en un difícil equilibrio entre tradición e innovación. Su estudio es de una calidez impecable, con paredes blancas y suelos de madera. Creo que es el primer atelier que piso y me sorprende su orden, su pulcritud y la cantidad de piezas que esperan pacientes, colgadas, en las mesas y, hasta en el suelo.
La saludo con dos besos y abordo las primeras preguntas con la complicidad de pasillos y aulas compartidas. Conozco su obra, he visto catálogos de varias de sus exposiciones y bien querría colgar algunas de sus piezas en mi salón. Soy curiosa y no puedo evitar interesarme por esa manera suya tan personal de entender el arte. Ella, con generosidad, me cuenta: “Es un proceso de investigación que comenzó en la facultad. Siempre hay varias fases: la investigación, el entorno y las experiencias vividas”.

Otro principio básico que destaca en su trabajo es la autenticidad. “Buscar en lo propio, en lo que no me es ajeno”, me aclara. Y yo la creo, porque destila verdad. Le confieso, en un guiño, que no esperaba menos. Y la interrogo, mientras aparco la taza de té, sobre el valor de la libertad en sus creaciones y en su vida. Ella sin rubor, se desnuda. “Para mí, la libertad es absolutamente todo”.
Reconoce que si puede crear y ser libre, es gracias a su trabajo. “En clase, además de disfrutar de los chavales, obtengo sustento y me ayudan a tener los pies en la tierra”. Sonrío pícara y le aseguro que yo no sufriría si tuviera más tiempo y espacio para escribir. Pero ella se mantiene firme en sus convicciones. “Si me dedicara exclusivamente a crear para una galería o un marchante, no tendría la libertad que tengo. Sé que algunas veces me pierdo muchas cosas al carecer de un registro continuo pues se trabaja una serie y luego otra”.
Al hilo de esto se declara “bastante rebelde. En el momento en que agoto las claves de una serie, inicio la siguiente, con continuidad, pero con nuevos hallazgos. Estar repitiendo la misma estructura no me parece que tenga mucho sentido”.
Entiendo, le digo. Y le hablo de la falta de tiempo, de la dificultad de crear entre tanta exigencia cotidiana. Caigo ahora en que, como yo, María Jesús, además de dar clases, es madre y esposa, y lo compagina todo con maña. Tiene una hija y se me ocurre preguntarle si ella le cambió mucho la vida y la mirada de artista. “El hecho de haber sido madre no me ha cambiado la mirada ni la necesidad de crear, pero me ha aportado otras cosas en mi vida”.
Insisto en la dificultad de armonizar tantos deberes. Sé bien de que hablo y ella me entiende, aunque afirma que se ha resistido a abandonar su hambre pictórica. Relata entonces como preparó, embarazadísima, su exposición para el Museo Vostell y lo complicado que fue inaugurarla con un bebé de tres meses. Me deja ver su lado más reivindicativo y saca las uñas: “En muchos casos, me ha costado más que si fuera un hombre. Pero, pese a la sobrecarga, también fue un reto”.

Asoma a sus ojos el orgullo maternal y aprovecho el resquicio para aproximarme. Sé que Andrea, su hija, comparte con ella el amor por la creación y le pregunto si esto las condiciona. “Andrea me enseña muchísimas cosas. Por su formación, aprendo mucho con ella. Y creo que ella también aprende algo de mí”, asegura con modestia.
La María Jesús más humana domina ahora el estudio, así que sigo por ahí y le hablo de su cariño hacia las cosas sencillas y el entorno. El último sol del verano se cuela, curioso, por las rendijas mientras ella desgrana, con ternura, imágenes infantiles de su familia entre exposiciones y museos, sembrando el poso de esa peculiar manera de contar. “Mi madre se sentaba y yo veía como bordaba o hacía bolillos, eso era un aprendizaje”, proclama con orgullo mientras rememora esa imagen materna y reconoce que su madre sigue siendo un pilar fundamental en su vida.
Señalo el mantel bordado de la mesita y asiente, casi más satisfecha que de sus propios cuadros. Ahora entiendo su amor por lo textil, por la tradición y la lana que nace de esos recuerdos que se unen a la experimentación. Todo cuanto nos rodea tiene sentido. Me gustaría saber cuál es su lugar favorito. Sé que hace rutas larguísimas en bici y que en la naturaleza encuentra parte de su inspiración. “La naturaleza me ayuda a reflexionar y pensar”, admite. “Pero el lugar mágico, el lugar donde se produce la lucha conmigo misma es este estudio, sin duda”.
Observo sus trabajos, de diferente factura, con materiales y texturas diversas… y le pregunto qué le queda por hacer. Con una enorme sonrisa, me aclara: “No lo sé, si lo supiera ya habría acabado, sería el final de mi vida. No sé, ahora me interesa todo, todos los materiales, lo que tenga que vivir y probar, todo lo que no he probado” Sin duda, nos sorprenderá. A día de hoy, me encantaría saber a quién admira y qué cuadro le habría gustado pintar. Ella, con poderío, no duda. “Me gusta mucho Zurbarán, Velázquez, Louise Bourgeois, Anna Mendieta, Esther Ferrer… De los antiguos aprendo la técnica, la luz, la composición, los ejes…, pero el arte contemporáneo me alucina. Como concepto me interesa mucho lo combativo que es, cómo te hace reflexionar, eso me parece esencial”.
Mientras habla, María Jesús acompaña sus palabras con ojos y manos. La penumbra se ha apoderado del estudio y comprendo que le he robado demasiado tiempo. Pero me falta saber con qué artista fetiche tomaría un café. Su respuesta me arranca una sonrisa. “No me tomaría un café, no. Mejor jugaría al ajedrez con Marcel Duchamp, un revolucionario al que le gustaba mucho el ajedrez. Y jugaríamos con un tablero que creó Yoko Ono, un tablero blanco, de cristal, un tablero imposible. Juntaría a los dos y esperaría a ver qué saldría de esa partida”. Toca terminar y agradezco su generosidad con un abrazo. Antes de salir, miro una vez más, con orgullo ajeno, cada pared del estudio donde la pintora crece, crea, vive y es feliz.

